LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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LO QUE NOS REVELA UN BODEGÓN (de Santiago Elso Torralba)

                                 


                                   (para mi hijo Guillermo)

No te admiras, hijo, lo comprendo.
Hay tanto a cada instante y en cualquier lugar,
que es imposible, ni siquiera enumerarlo:
rectas, planos, bultos que vienen y que van,
cosas que parecen importantes, pero no,
a las que habrá que dar algún
tamaño, cuerpo, nombre, longitud.
¡Esa turba de colores, ese enjambre de apariencias!
Es probable que sea lo que vemos algo incierto,
pero hay sólo un segundo para saberlo
antes de girar el cuello, de cruzar la calle,
de caer rendido, de pasar de página al suceso.

Distinto es con un cuadro,
donde el mundo es poco y cabe en un vistazo:
caja de jalea, rosca de pan, enfriador de botella,
mantel, bandeja, vaso y un cubierto;
objetos que parecen vanos, pero no.
Aunque humildes, nos ruegan
que paremos ante ellos un momento.
Quizá no sea eso que vemos lo que vemos,
sino formas portentosas que nos fuerzan
a mirar cómo las miramos.

No te apresures, nos dicen esas cosas.
Admíranos y, después,
admírate de que te admiras.



Luis Meléndez
Bodegón, 1770
Museo del Prado, Madrid


EL MISTERIO DE LA GIOCONDA (de Santiago Elso Torralba


 



Sonríes, luego cambias al desdén
y siempre son tus expresiones nuevas.
“Mal si alabas, peor si desapruebas,
todo aquello que no comprendes bien",

dijo el autor que te pintó, Leonardo.
Y, sin embargo, ¿cómo no alabarte
pese a que no comprendo el raro arte
con el que muda tu apariencia? Aguardo


un gesto, ofreces otro, Monalisa.
O yo no entiendo bien esa sonrisa,
o tú eres una y muchas diferentes.

Quizás en vida fuiste muy sincera;

pintada ahí pareces verdadera.
No sé por qué, si el caso es que nos mientes.

LÍNEA CUATRO (de Santiago Elso Torralba)

Monje frente al mar, 1809
Caspar David Friedrich
Berlín Alte Nationalgalerie























Ya quisiera yo,
mi muy amado monje frente al mar de Friedrich,
verte aquí, en este otro lado fuera de tu lienzo,
zarandeado, no por el vaivén de lo sublime,
sino a merced de, por ejemplo,
el traqueteo de la línea cuatro interurbana,
mi pequeño templo de diaria meditación.

En tu niebla, donde todo es impreciso
y huele sólo a yodo y a salitre,
también sabría yo ser contemplativo
y amar  a la entera humanidad.
Pero en la cuatro,
entre brumosos rostros taciturnos
que ni un saludo te dirigen, ni una mirada,
tan noble mandamiento te ha de parecer más complicado.

No, mejor amar tan sólo a unos pocos
seres con nombre y apellido,
y no sentirse obligado a más con otros,
sino al respeto.

Visto desde el cuadro,
el autobús avanza entre una lluvia que lo azota,
peor pintada que en el óleo, aunque más real.
En él, compartimos viaje algunos, pero no destino;
igual espacio, pero diferentes mundos.
Si un lazo de hermandad nos une a todos,
un aislamiento nos separa,
ya que, aun dignos de la misma conmiseración,
unos se apean antes, otros lo harán después, 
sin que a nadie le interese quiénes son ni a dónde van.
Si hubiera un accidente, seríamos salvados,
no en bloque, sino escogidos por las pinzas del azar.
¿Cuántos cederán, entonces, sus asientos
si, ni ahora, en un trayecto sin peligro,
parece hacerlo nadie?

Claro, claro, mejor tu playa, monje,
donde el agua siempre permanece quieta
y la gente es una abstracción.
Imposible detener aquí esta marea humana
que no para de subir y de anegar la línea cuatro.
Cuanto más y más apretujados,
más lejanos nos sentimos, más incomprensibles somos,
semejantes sólo en el mismo malhumor.

¡Vayan hasta el fondo, se lo ruego!,
para que pueda respirar un poco
este pobre fraile dominico.

UNA RÁFAGA DE VIENTO REPENTINA (de Santiago Elso Torralba)



Jeff Wall
Una ráfaga de viento repentina (a la manera de Hokusai), 1993
Londres, Tate Collection
























Una ráfaga de viento repentina
me arranco de las manos la carpeta.
Las hojas, asustadas palomas,
revolotearon en todas las direcciones.

La gente, sin que supiera, perseguía poemas,
una hojarasca de palabras extrañas,
como si fuesen documentos importantísimos.
Alguno los cazaba al vuelo,
pero casi todo el mundo los atrapaba con el pie.

Los capturados fácilmente parecían dóciles,
desconcertadas, indefensas criaturas.
Pero la mayor parte se batió con fiereza,
arremolinándose, buscando alguna escapatoria,
furiosos de libertad; y si un instante, exhaustos,
se detenían y se agachaba alguien para apresarlos,
¡zas!, de un brinco se alejaban de nuevo.

Honor para ellos, sabida su derrota,
abalanzándose contra postes y piernas,
tan lejos del corazón y las lágrimas.

La gente echaba una furtiva ojeada al devolvérmelos
y yo sonreía avergonzado.
Gracias, muy amables, gracias.

¡Qué recital! Jamás lo olvidaré
porque nunca antes había tenido tanto público.





LA LAVANDERA (de Santiago Elso Torralba)



Lavanderas, 1901
Abraham Yefimovitch Archipov

Moscú, Galería Tretiakov
Parece un ángel de Durero esta anciana.
Muestran ambos un gesto similar:
el codo en la rodilla
y, apoyada en un puño, la cabeza.

Sólo que ella no tiene alas, sino edad;
no es un compás, sino un barreño,
la herramienta de su afán;
no la coronan los laureles
sino un pañuelo de humilde lavandera;
no es el sol de la melancolía quien la abate,
sino el cansancio, la fatiga.

Pero ¿cómo no va a ser un ángel quien,
cada jornada, entre los vapores del taller
escalda, enjuaga, estriega, aclara, tiende
y plancha la ropa de los demás?

Como cuando cesa de llover
y gruesas gotas caen aún de los aleros
prolongando así la lluvia en la aceras,
y luego ya clarea, queda limpio el aire
y el mundo nos ofrece su no estrenado aroma,
así el sudor de esta mujer cuando resbala,
en un descanso, por su frente pensativa.

NOCHE DE LUNA EN EL DNIEPER (de Santiago Elso Torralba)


Noche de luna en el Dnieper, 1880
Arkhip Kuindzhi
San Petersbugo, Museo Estatal Ruso 
 


























Cuando cae la noche
y se abre el gran telón de nubes sobre el mundo,
yo bajo hasta ese río.

En la orilla del Dnieper me espera
la vieja barca de madera que me legaron.
Lo que se oye es sólo el chapoteo de mis remos,
y yo me siento como un poeta antiguo.

Silenciosamente
me deslizo por las aguas negras.
Mejor de espaldas para contemplar el cielo.
Saco mis pies por un costado
y los hundo en la pintura de un gran maestro.

DOÑA JUANA LLEVANDO EL FÉRETRO DE SU ESPOSO (de Santiago Elso Torralba)


Su insano amor furioso le emponzoña
el alma de delirios, su actitud
es la de viuda perturbada, Doña
Juana. Recela usted de la virtud

de la abadía y deja el ataúd
de su hermoso Felipe de Borgoña
al raso. Es tanta, Reina, su inquietud
por otras hembras, que hasta la carroña

que es ya su esposo aleja del convento
que ha encontrado camino de Granada.
Acampa bajo el cielo de Castilla,

reza Su Majestad una sencilla
plegaria junto al fuego. Sopla el viento,
se pierde un humo en él: vuestra mirada.
 
Doña Juana la Loca
Franciso Pradilla y Ortiz, 1877
Madrid, Museo del Prado
 



























SÉ TÚ TU TEMPLO (de Santiago Elso Torralba)



La iglesia del mercado de Halle, 1929
Lyonel Feininger
Nuea York, Museo de Arte Moderno
 ¿Cómo no va a ser sagrado, hijo,
si hasta su estructura entera vibra
con los magníficat de dentro?

Muchos edificios se han construido
sobre la tierra, y aún más altos; pero mira,
nada tan cerca de los cielos como las catedrales,

pues no se sabe si sólo son del hombre
o también divinas, y al vez del infierno,
porque acaban siendo torres de Babel.

Poco somos frente a ellas, nada más
que algún brochazo: unas mínimas pinceladas
para el cuerpo, otra rápida para la sombra.

¿No ves, acaso, en esos trazos, al que, temeroso
de su muerte, mira la fachada?
¿O a esa viuda diciendo a su retoño que tañen

las campanas alados ángeles de mármol?
Así que, ¿cómo no va a conmoverse tu corazón
por esta gente, tu corazón sagrado, que vibra

con su música de dentro?, ¿cómo no va a enternecerse
su estructura entera, si hasta las piedras de esas torres
se disuelven en esos cubos azulados?

ELIGE BIEN, GUILLERMO, APRENDE DE ESTE HOMBRE (de Santiago Elso Torralba)


El Padre Jofré protegiendo a un loco, 1887
Joaquín Sorolla
Diputación de Valencia






Elige a los mejores, su amistad,
a quien protege sin temer la muerte;
y a quien arroja piedras con maldad
no quieras ni siquiera parecerte.

No te abandone nunca la piedad,
ni al débil tú abandones a su suerte;
rechaza al cruel, que no es ni la mitad
de hombre -y que, sin duda, es menos fuerte-

que el compasivo. Escoge estar con quien
te enseña a ser mejor, elige bien.
Si a alguno ves que a otros los socorre,

ahí tienes un amigo, y una torre
en que apoyarte, y un bastión robusto
desde el que hacer, del mundo, un sitio justo.







VEN A VERLO (de Santiago Elso Torralba)









Es preciso que vengas, hijo,
y lo veas con tus propios ojos.
¿Es esto el mundo? ¿Todo lo que hay?

No lo sé.

Pero adondequiera que se dirija
la sombra de tus pensamientos
encontrará al final
un día luminoso.





Roberto Aizemberg
Padre e hijo contemplando la sombra de un día, 1963
Buenos Aires, Museo Nacional de Bellas Artes

UNA CONVERSACIÓN JUNTO AL VOLGA (de Santiago Elso Torralba)

Ilya Repin
Los sirgadores del Volga, 1897
San Petersburgo, Museo Estatal



















No hay nada nuevo bajo el sol, murmura.
¿Qué saco de mi afán? Alguna llaga,
por ser un sirgador; escasa paga
y harapos, por tirar de mi atadura

aquí en el Volga, y ser el que procura
botar un barco, halar del que naufraga
o ha encallado luego, y en la aciaga
orilla ser –lo dice tu pintura,

que me retrata- el de mirada triste.
¿No hay nada nuevo bajo el sol, dijiste?,
le responde el pintor, dejando su arte

a un lado. Tú eres nuevo, y lo es el río
a cada instante, y lo será el gentío
que acudirá a un palacio a admirarte.

LA GITANA DORMIDA (de Santiago Elso Torralba)

La gitana dormida, 1897
Henri Rousseau
Nueva York, Museo de Arte Moderno
























     Este cuadro, Guillermo, es sólo el fragmento de una más extensa historia. Habrá que darle, entonces, su antes y después, su ayer y su mañana. Ven, desde aquí podremos ver sin miedo qué sucede; la deslumbrante luna ha vuelto nítidos los contornos del desierto y de las dunas.

     Al llegar la irrevocable noche, la gitana se ha sentido exhausta y, en este decorado de tragedia, se ha tumbado en una manta de igual tejido que su ropa. Mira cómo duerme, aferrada aún a su vara de madera que le sirve de cayado, arma, protección contra las sombras. Pero, en verdad, está indefensa, y no es sólo por el sueño. ¿De qué le ha de servir frente al peligro que la acecha? Ya un león inquieto y de ojos ambarinos la olfatea.

     Ha estado la gitana, durante mucho tiempo, huyendo de la fiera. Pávida, atribulada por su pesarosa condición de presa, yerra por los páramos. Ha cruzado precipicios, lastimosas cañadas, se ha internado por parajes últimos. Sólo encontró consuelo musitando para sí plegarias de la viaja aldea.

     Hoy, después de la fatiga bajo el sofoco del sol, superados los montes y la árida planicie que han quedado a su espalda, creyó encontrar, en esta suave ondulación del arenal, un mejor refugio y un descanso para sus pies quemados por la tierra férvida, cuarteados por las piedras.

     Semanas antes, sabiéndose perseguida -pues que varias veces lo vio rondándole los pasos por las inmediaciones de la selva-, imaginó que se pondría a salvo llevando a su enemigo lejos del verdor, donde ni siquiera las hierbas adventicias arraigan. Supuso, equivocadamente, que no se adentraría en una tierra desacostumbrada.

     Para ser más ligera en esta travesía de escasez, lleva consigo sólo un cántaro con agua, y un laúd, que nunca hace sonar, para no afligirse más con dulces melodías y para evitar ser descubierta. Ella no sospecha que, aun sin verla, tal como intuye al deleitable antílope con el olfato, o al bisonte y su pisada con el oído a kilómetros de distancia, el león siempre sabe en qué lugar se encuentra.

     Pero esta noche la bestia ya se acerca. Lo anima el recuerdo del venturoso día en el que vio algo extraordinario. Ocurrió cuando vigilaba, desde su regio promontorio, la formicante columna de los ñus, a alguno de los cuales, tras la caza, desmembraría para saciar el hambre con su carme. De pronto, las veleidosas nubes descargaron una lluvia tenue y, entonces, vio un arco rutilante tensarse sobre toda la extensión de la sabana rasa. Sucumbió al hechizo de sus colores, a su curvatura hipnótica hecha de sustancias ilusorias. Nada igual ni tan hermoso había contemplado nunca y se lanzó hacia él tan resuelta como inútilmente. El espacio que recorría era lo que el arco se fugaba, y no servía de nada acelerar el paso, porque siempre huía más allá.

     A lo lejos pudo divisar a una muchacha vestida con los mismos tonos que el celeste prodigio. A sus pies había un cántaro, y tañía un instrumento del que brotaba un sonido extraño. Cuando dejó de hacerlo, los colores del cielo se embebieron en el ánfora, y el arco despareció de súbito.

     Renunció a sus dominios, a sus leonas, a sus usuales matanzas por un amor imprudente y, desde entonces, va detrás de la muchacha y la persigue por los alfoces de la floresta, por los senderos que conducen al río, por los caminos perfumados de flores domésticas.

     Aullidos de hombres y torbellinos de antorchas y de lanzas lo hostigaron durante muchas noches; hervía la selva con cánticos intimidantes. No le importó la pesadumbre de saberse odiado; él nunca renunciaría a ella.

     Y ahora ahí, en lo alto del montículo, refrescado con la plácida brisa que desordena su melena, el león imita, con el hopo de su cola -pues es un pincel-, el poder de la gitana; y está pintando el cielo, las estrellas y las dunas, porque es él quien crea este desierto, y lo hace inhóspito, yermo, sin principio ni final, sin origen ni término, inhabitado, donde nadie puede entrar ni interrumpir el sueño de quien guarda el arcoíris en una tinaja.

DESPRECIA LA GUERRA (de Santiago Elso Torralba)

Pablo Picasso
Masacre en Korea, 1951
París, Musée National Picasso
.

Mira, Guillermo, a quien empuña un sable
y se dispone, con el arma alzada,
a dar la orden de… ¡disparen! Nada
le detendrá y la salva insoportable 

ha de atronar cuando el soldado hable.
¿No ves que no es un hombre el de la espada?
¿No ves la humana tropa transformada
en máquina; que nadie que eche un cable

queda, las ruina que hay al fondo, el acre
cielo que acepta la brutal masacre?:
Madres y niños con la muerte enfrente, 

y a esos que sienten una prisa urgente
por matar, antes de que el más pequeño
consiga hacerse de esas flores dueño.








HAY ALGO MÁS FUERTE QUE EL TIEMPO Y LA DISTANCIA (de Santiago Elso Torralba)

Murillo
Muchacho en el antepecho, 1675
Londres, National Gallery  
Murillo
Muchacha en la ventana, 1675
Londres, Corras



La suya es una historia paralela.
Se asoma a la ventana el sonriente
mozalbillo, que está, con evidente
picardía, mirando a la chicuela;

ella se quita el velo con cautela.
Es digno de elogiar el insistente
celo que se profesan frente a frente,
pues los pintaron, a él en una tela,

a ella luego en otra, y ni por esas
se dejan de mirar. Desde Sevilla
envían a uno a tierras escocesas

y al otro a América. Su unión se trunca,
pero aún se buscan. ¿Qué lección sencilla
dan? Que el primer amor no muere nunca.



UN TIPO ELEGANTE (de Santiago Elso Torralba)

Franciso de Goya
El marqués de San Adrian, 1804
Pamplona, Museo de Navarra




Con fusta, espuelas, botas de alta caña,
algo tiene de dandi o de galán
el séptimo Marqués de San Adrián.
De cuerpo entero, un poco con desmaña,

desenfadado, amable, con extraña
desenvoltura posa y sin afán
de aparentar, pues mira, su ademán
es más de Lord que de Señor de España.

Cultísimo, tradujo del francés
dos libros: Lógica y Los elementos
del Arte de Pensar, que aquí el Marqués

lleva en la mano; y, aunque ya son cientos,
otra elegancia veo en él: la calma,
que es el donaire con que viste su alma.


LA GENTE SE REÚNE EN EL MUSEO (de Santiago Elso Torralba)



Edvard Munch
Asesino en la alameda, 1919
Oslo, Munch-Museet

Se ha perpetrado un crimen
hace un momento.
Alguien muere en el camino
confundido con la sombra de ese álamo.
Quienquiera que se acerque,
llega tarde para salvarle;
quienquiera que regrese años después,
lo hará de nuevo con un instante de retraso.

Se está alejando el asesino
y, dentro de un momento, ya no veremos más
a quien tiene su mirada abigarrada
con las piedras del sendero.
Aquel que venga tiene aún tiempo
para ver al homicida;
aquel que vuelva años más tarde
lo hará otra vez con un segundo de adelanto.

Aquí la gente se reúne, y nadie acudirá
más pronto ni después que otros;
aquí, al fin, nos encontramos todos: los de ahora,
los que ya se fueron, los que aún no han venido.




EL BELLO AMOR DE MARC CHAGALL Y BELLA (de Santiago Elso Torralba)


Las cosas nos anhelan,
se sienten solas sin nosotros,
vacilantes, huérfanas, absurdas,

y, por eso, se vueven posesivas,
ávidas de afecto,
nos rondan con angustia,

nos imantan,
nos colman de pesadas atenciones,
nos retienen con su terco afán de sumisión.

No importa no tener dos alas,
si se tiene amor,
para poder alzar el vuelo

y suavemente
desasirse de ellas; para ser
como Chagall y esposa, allá en lo alto:

                 dos ángeles que pasan
                              por encima de las cosas.



Sobre la ciudad, 1918
Marc Chagall


DÍA DE APATÍA (de Santiago Elso Torralba)


Dia de apatía, 1951
Musée National d’Art Moderne, Centre Pompidou,
Yves Tanguy



¿Son gónadas con tuercas, son escaras,
desechos de la tanatología
flotando en unos puses, o alquitaras
o simples chirimbolos? Se diría
que algo tienen de caracol las raras
criaturas de “Día de apatía”,
y que reptan. Guillermo, si me hablaras
en chino, mucho más te entendería
que lo que entiendo a ese Yves Tanguy.
¿Pintó entelequias, gusarapos muy
del otro jueves, lo que regurgitas
cuando toses? Grotescas, feas, puro
horror, no sé qué son, pero seguro
que algo significan las malditas.








(del poemario inédito "Descripción de cuadros para Guillermo")

LA CALUMNIA DE APELES (de Santiago Elso Torralba)


La calumnia de Apeles, 1495
Galería Uffizi, Florencia
Sandro Botticelli
    


     ¿Sabes, Guillermo, por qué admiro tanto esta pintura y la estimo muy por encima de otras que son más famosas incluso? Déjame –y así comprenderás el motivo- contarte su historia.  

     Un tal Antifilos, rival y envidioso de Apeles, el afamado pintor de Grecia, acusó a éste falsamente de conspiración ante el rey Ptolomeo. Cuando todo se hubo aclarado, Apeles pintó -para que quedara memoria de aquella maledicencia- un cuadro muy semejante a éste que ves. Aquella obra se perdió, pero de algún modo se conservó con la descripción minuciosa que de ella hizo Luciano en uno de sus admirables ensayos. Siglos después leyó Botticelli ese texto y reprodujo fielmente aquella pintura según las palabras del escritor. No sabemos por qué lo hizo; quizás quiso así emular al maestro, ya que también él fue blanco de críticas, como las del cruel Savonarola, un colérico fraile que, desde su púlpito, condenaba la sensualidad que emanaba de sus lienzos.

         Ya ves que dos parecidas maldades ocurridas en siglos diferentes fueron la causa de tres obras distintas, aunque de alguna manera las tres fueran la misma; que, lo que fue una vez una pintura en Grecia, se convirtiera con el paso del tiempo en un libro de Roma, y éste, más tarde, en una tabla renacentista. La historia de Apeles iba y venía  del cuadro al papel y del papel al cuadro a través de los siglos y, aunque las obras variaran en el material con que fueron creadas -pinturas, palabras, de nuevo pinturas-, concordaban en algo: su mensaje. Las tres tuvieron un mismo significado: “que no debe creerse con presteza en la calumnia”. Que eso se pueda ver pintado en un lienzo o se pueda leer en un libro, qué más da, Guillermo, qué importa que lo haya expresado un pintor o un poeta, si, gracias al uno, gracias al otro o a ambos, podemos al fin comprenderlo.

     ¿Quieres que vuelva otra vez la pintura a ser texto?, ¿que, como hiciera Luciano, describa de nuevo este cuadro para ti? ¿Quieres, Guillermo, que aquí nos detengamos y, como casuales testigos, contemplemos con calma este litigio? Lo que acontece bajo los tres arcos abovedados de esta logia merecerá tu atención y no ha de ser poco lo que aprendas. Atiende, pues, a mis palabras. 

     Esas que ves a un lado y otro del rey, susurrándole en sus orejas de burro, son la Ignorancia y la Sospecha. Acaso no alcances a oír qué le dicen y sólo escuches palabras entrecortadas. No importa, lo que ves aclarará lo que sólo percibes a medias. Tú mira el rostro de la primera, cuyas facciones denotan poca inteligencia; tú mira el amplio vestido de la segunda, que, pese a su holgura, no logra ocultar su retorcida figura; mira cómo ambas se inclinan sobre los hombros del rey y le atosigan, y cómo éste, aturdido, con la mirada perdida, extiende su brazo como queriendo huir de las dos consejeras.

     ¿Quién ha venido, quién solicita con ahínco justicia a este hombre enajenado? ¿Quién es, pensarás, ése cubierto con una capucha, vestido con ropas raídas, pálido y flaco, de torvo gesto y mirada espantosa con las cejas cargadas de astucia? Es Envidia la tenebrosa figura. Pisan sus pies la alfombra que llega hasta el trono del rey, y pareciera que asciende, igual que una sombra, su insidia, su negra intención por la regia túnica. Trae Envidia, cogida del brazo, a la Calumnia, cuyas ropas son, en cambio, suntuosas; y es en verdad muy hermosa la del fino cuello adornado con una gargantilla. Te preguntas cómo puede ser bella la inicua Calumnia. Ay, hijo mío, ¿cómo conseguiría su mezquino propósito si no es atractiva a los ojos de otros? Sabe que pocos son los que no sucumben a los encantos de la belleza. Dos sirvientas, la Traición y el Engaño, engalanan su pelo con flores y cintas, ennoblecen el aspecto de la malintencionada. Pero observa que no hay compasión en su rostro cuando mira al joven que trae arrastrándolo del pelo, y advierte cuán engañosamente le acusa, pues que nada alumbra el fuego de la antorcha que lleva en la mano. Comprueba, Guillermo, qué vulnerable es la inocencia, que no se rebela, no lucha, sino que sólo junta sus manos como en una plegaria. Nada es más contrario a ella que el burdo aspaviento, ni siquiera cuando es tratada sin ninguna indulgencia. Dos mujeres cierran el cortejo, y dice Luciano que la negra figura  es la Contrición o el Remordimiento. Más bien me parece a mí la Mentira: por su edad –es vieja como el mundo-, por su aspecto –muy ruin-, y por la recelosa mirada que lanza a la dulcísima presencia que cierra el séquito: su veraz, su esbelta, su deslumbrante adversaria.

     Acércate, Guillermo, hasta el joven reo y aligera la carga de su pesar, y dile que esta aparición última no es un sueño, es real y verdadera; que desnuda y casi ingrávida ha acudido la Verdad a su rescate y sin mirar desafiante a las demás figuras, sino alzando sólo un dedo y la mirada hacia lo alto, aclara que siempre le ha vencido a la Mentira.

      Me preguntas, hijo, dónde estamos, en qué lugar sucede lo que vemos. No es fácil ubicarlo. Bajo el cielo azul que se vislumbra entre la arcada, sólo hay -no amaba el pintor los paisajes- una tierra yerma, un espacio inconcreto. No obstante, nos lo dicen las columnas, los capiteles, los copiosos relieves. Tú mira cuán ricamente ornamentados están con guerreros, santos, poetas, filósofos y mitos. ¿No ves a Apolo desollando a Marsias o, más allá, persiguiendo a Dafne; no ves  a Minerva y los centauros, o a Aquiles recibiendo las enseñanzas de Quirón? A muchos otros de la historia y de la fantasía de los hombres aquí hallarás.  Atiende, pues, a mis palabras. Esta logia no se encuentra en un desierto, ni en ningún otro sitio, a decir verdad. Esta logia representa lo que somos; es nuestra alma, hijo, pues estos son nuestros sueños, aspiraciones, deseos, pecados y esperanzas, nuestro afán, el desconsuelo, el odio o el amor que sentimos; este logia está en cada uno de nosotros. Esta galería con sus arcos abovedados, hijo, es nuestro corazón; y, lo que ves, no ocurre fuera, sino en nuestro interior.

      Oh Guillermo, porque en tu vida muchos serán los talentos que de otros tendrás que admirar -y no han de ser pocos los tuyos que merezcan los mismo de ellos-, haz que en tu corazón haya siempre un juicio justo. Sé noble, sé digno cuando te toque ser rey; sélo también si eres el reo. No permitas la sospecha en tu oído, no toleres la calumnia en tu boca, no dejes anidar el odio en tus ojos. Ni envidies ni ames ser envidiado. Sé noble, se justo cuando te toque juzgar; sélo también cuando seas juzgado. 



(del poemario inédito "Descripción de cuadros para Guillermo")