LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

LA INCREDULIDAD DE SANTO TOMÁS - Stom, Matthias- (de José Ovejero)



La incredulidad de Santo Tomas, Matthias Stom 
Museo del Prado, Madrid


Porque sabes que la carne engaña menos que la voz
     bienaventurado;
porque necesitas hurgar en la herida,
tocar el cuerpo para saber que es cuerpo
    bienaventurado;
porque no te basta la palabra de ningún dios
    bienaventurado;
porque humildemente alargas la mano, palpas,
hueles, examinas,
antes de asentir con la cabeza
    bienaventurado;
porque no temes al ridículo de quien desciende 
a los detalles,
    bienaventurado.

Patrono de los incrédulos,
de los que dudan,
de los que fruncen el ceño,
de los que desconfían de milagros y apoteosis,
Tomás, eres el único santo
ante el que me inclino.
 

VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE BRONZINO (de Francisco Ruiz Noguera)

 




Un velo leve se desliza apenas 
de la mano indolente, y con descuido 
posa su transparencia sobre el muslo. 

El escorzo del cuerpo y los perfiles 
que recortan la mórbida cadera 
se resuelven en flor para la ofrenda. 

Mas la rosa que ofrece su hermosura 
oculta los peligros de su tallo 
y relega al olvido las espinas.

Tensa con gracia alada amor su arco 
y enarbola la flecha que, dorada, 
vuela ya presurosa a su destino. 

Pero pasa de largo la saeta 
y otro pecho gozoso acoge ahora 
la herida que otra piel había soñado.








Venus, Cupido y Envidia
Bronzino.  
Szépművészeti Múzeum, Budapest, Hungría


LOS REFRANES DE LOS PAÍSES BAJOS (de Jesús Górriz Lerga)








Andaba el señor Bruegel buscando la ocasión
de pintar los proverbios, de poner en canción
las virtudes y vicios de toda su nación
alegando colores, por toda su razón.

Y andaba en sus pinceles, tratando de glosar
cada forma de vida, cada son de cantar,
todo cuanto acontece en el diario pasar:
pesadumbres y gozos del vivir y el soñar.

Resultaba harto fácil encontrar mil motivos,
y plasmar en la tela los hechos redivivos
de todos sus paisanos seriamente cautivos
de sus torpes manías y prejuicios votivos.

Para dar con la escena y con cada figura
bastaba abrir los ojos a la buena ventura,
pasear por las calles, demorar la andadura
y fijar la mirada en cada compostura.

La gente no adoptaba pose fija ni extraña 
andando como andaban gentes de su calaña,
con las mismas argucias y la misma patraña
con que, a diario, solían urdir la misma maña.

Pieter Bruegel el viejo, por tal, clarividente,
posaba allá en la plaza, su mirada indulgente,
y sin casi advertirlo, y casi de repente,
se le mostraban temas de forma sorprendente.

El mundo del revés, la meada a la luna,
morder el mismo hueso de la misma aceituna,
el hablar por dos bocas, la estulticia que aúna,
bailar al son que toca la mísera tontuna…

Al sol que más calienta ponerse cada día,
buscar vanos pretextos en ardiente porfía,
ponerle el cascabel al gato, que sería
un caso extraño y necio de malsana osadía…

Gastar pólvora en salvas, darse de cabezazos
contra cualquier pared y partirse en pedazos,
comentar a dos voces, o ser un calzonazos,
urdir oscuras tramas, tender trampa y lazos…

Que tire cada uno para su lado es cosa
tan natural y propia que resulta hasta honrosa,
solucionando pleitos de una antigua y astrosa
tradición de porfías, indigna y desastrosa…

El pez grande se coma al chico: duelo impuro,
donde hay carroña vuelan los cuervos de seguro,
si un ciego guía a otro, sumidos en lo oscuro,
caerán los dos al hoyo (aunque resulte duro…).

Los vicios capitales: Lujuria y avaricia, 
ira, soberbia, gula, con torpe impudicia,
emulan a la envidia, y la pereza envicia
para dar colofón a su entera estulticia.

El sol sacará todo a relucir, en trance
de poner a la vista cada motivo y lance,
y dejar el desnudo la vergüenza que alcance
a cada cual en punto de mostrar su percance…

Son más de cien refranes los que el pintor señala,
y cada uno refleja lo que la vida avala,
la vida de hoy, de diario, no la que va de gala
y deja que transcurra, bien que tocada de ala…




Los proverbios flamencos, de Pieter Brueghel el Viejo, 1559    
Geäldegalerie de Berlín


EL JARDÍN DE LAS DELICIAS (de Czeslaw Milosz)



1. VERANO



Me condujeron en el sol de julio al Museo del Prado,
Directamente a la sala donde El jardín de las delicias
Me estaba esperando. Para que me sumergiera
En sus aguas y me reconociera a mí mismo.

Se acercaba el final del siglo veinte,
Donde quedaría encerrado como una mosca en el ámbar.
Era viejo, pero mis fosas nasales deseaban nuevos olores.
Y a traves de mis cinco sentidos participé en la tierra,
La de nuestras hermanas y amantes, ellas me dirigían.

¡Qué ligeros son sus pasos! Sus caderas en pantalones, no en largos vestidos,
Pies descalzos en sandalias, no en coturnos,
Sin recogerse el cabello con un broche de carey.

Pero eran las mismas, renovándose bajo el signo de Luna,
En un cortejo que glorifica a Venus.

Sus manos tocaban mis manos y avanzaban elegantes
Como en una incipiente mañana al principio del mundo.




2. BOLA




Tiene lugar en el centro de una bola transparente
En la que Dios Padre, pequeño, con una barba rala
Está sentado con un libro, rodeado de oscuras nubes.
Lee un encantamiento y las cosas son creadas.
Apenas emerge de la tierra y ya nacen la hierba y los árboles.
Nos son ofrecidas verdosas colinas
Y es para nosotros el rayo lanzado desde las abiertas nubes.
¿Quién sostiene la bola en la mano? El hijo, probablemente.
Y en ella está toda la tierra, también el Paraíso y el Infierno.



3. EL PARAÍSO  


Bajo mi signo, Cáncer, de un fuente rosada
Manan  cuatro chorros, origen de cuatro ríos.
Pero no les tengo confianza. No es el mejor signo,
Como yo mismo he experimentado. Además, aborrecemos
Las bocas de los cangrejos moviéndose, los calizos
Cementerios del océano. ¿Es así pues
La fuente de la vida? Dentada, afilada,
Con su ilusiorio color inocente. Debajo de ella,
Donde está posado un pájaro, trampas de vidrio con liga.
Un elefante blanco, una jirafa blanca, un unicornio blanco,
Negras criaturas de los estanques; un león desgarra a un ciervo,
Un gato tiene un ratón en la boca. Una salamandra de tres cabezas,
un ibis de tres cabezas, qué significan, no se sabe.
O un perro de dos pies. Quizás sea un mal augurio.
Adán está sentado, estupefacto. Sus pies
Tocan las piernas de Cristo, que ha traído a Eva
Acompañándola con su mano izquierda, y levanta dos dedos
De la derecha como si estuviese enseñando. Eva baja los ojos.
¿Quién es y quién será la amada del Cántico
De los Cánticos? ¿La Sabiduría-Sofía,
La Seductora, la Madre, la Ecclesia?
¿Así, él creó a la que le dará a luz?
¿Cómo fue pues que adoptó su forma humana
Antes de que empezaran los años y los siglos? 
¿Es así que, humano, existía ya antes del inicio?

Y creó el Paraíso, aunque incompleto,
Para que ella, la misteriosa, cogiera la manzana,
Mientras Adán la mira, sin entender nada.

Soy ellos dos, duplicado. He comido del árbol
Del conocimiento. Fui expulsado por la espada del arcángel.
Por la noche notaba su pulso. Su inmortalidad.
Y desde entonces buscamos el lugar auténtico.




4. LA TIERRA



A caballo sobre pájaros, sentimos sus suaves plumas en los muslos,
Jilgueros, oropéndolas, alciones,
De nuevo acuciando a los leones, a los unicornios, a los leopardos
Cuyo pelaje roza nuestra desnudez,
Rodeamos la omnipresente agua vivificadora,
Los espejos de los que emergen una cabeza de hombre y de mujer,
O un brazo, o los pechos redondos de una sirena.
Cada día aquí es día de recoger bayas.
Los mordemos fresas silvestres más grandes qeu un hombre,
Nos sumergimos en las cerezas, chorreamos zumo de uvas,
Celebramos el color carmín
O el rojo dorado, como bolas del árbol de Navidad.
Somos muchos en estos jardines, todo un hervidero
Y nos parecemos tanto que hacer el amor
Es dulce e indecente, como jugar al escondite.
Y nos encerramos en coronas de flores
O en irisadas bolas transparentes.
Mientras, el cielo se llena de signos lunares 
Y se preparan las alquímicas bodas de los planetas.




5. AÚN LA TIERRA


Incomprensibles son las cosas de esta tierra.
La tentación de las aguas. La tentación de las frutas.
La tentación de los pechos y del largo pelo de una doncella.
En el rosa, en el bermellón, en el color de las lagunas
Como el que tienen sólo los Lagos Verdes en Vilna.
Y la inabarcable multitud pulula, se encuentra
En las hendiduras de la corteza, en el ojo del telescopio,
Desnudos en la común celebración de las bodas,
En el centelleo de los ojos, el dulce baile
En el aire, la tierra, el mar y las cuevas subterráneas,
Para que por un breve instante no exista la muerte
Y el tiempo no se extienda como el hilo de un ovillo lanzado al abismo.




6. INFIERNO


Si no existiera la tierra, ¿existiría el Infierno?
Los instrumentos de tortura en el Infierno son de manufactura humana:
Cuchillos de cocina, tajaderas, barrenos, lavativas,
Como también los instrumentos para hacer un ruido infernal:
Trombitas, tambores, una zanfoña, un arpa
Con un pobre condenado enredado en su cuerdas.
El hielo de un invierno perpuetuo corta las aguas infernales.
Reuniones, desfiles militares en el hielo
Bajo un resplandor humoso-sangriento de ciudades en llamas.
De las ventanas estalla el fuego, no son chispas sino figuras
Pequeñas y negras las que vuelan antes de caer en el abismo.
Sucios mesones de mesas que cojean.
Mujeres con pañuelos, baratas, por una libra de ternera.
Y una multitud de verdugos ajetreados,
Hábiles, bien entrandos en su arte.

Así pues, se puede inferir que la humanidad existe

Para proveer y poblar el Infierno,
Cuya esencia es perdurar. El resto, es decir, el Cielo,
El abismo, los mundo girando son sólo por un instante.
El tiempo en el Infierno no quiere detenerse. Miedo y aburrimiento
Juntos (es, no obstante, posible). Y nosotros, frívolos,
Siempre persiguiendo y siempre esperanzados,
Con nuestos bailes y vestidos efímeros,
Roguemos para que un día nos salvemos
Del estado permanente.






EL CUADRO GRANDE Y MALO (Elizabeth Bishop)



Recordando el estrecho de Belle Isle 
o algún puerto del norte de Labrador 
antes de hacerse maestro de escuela, 
un tío abuelo mío pintó un cuadro de gran tamaño. 

Retrocediendo a lo largo de millas por ambos lados 
dentro de un resplandeciente cielo en calma 
cuelgan pálidos acantilados azules 
de cientos de pies de altura. 

En sus bases hay cenefas de pequeños arcos, 
las entradas de cuevas 
dispuestas a lo largo del nivel de una bahía 
y ocultas por olas perfectas. 

En medio de esa superficie en calma 
hay una flota de pequeños barcos negros inmóviles 
con las velas enrolladas y atadas, puestas al través, 
y las vergas como palos de cerillas quemadas. 

Y en lo alto por encima de ellos,
sobre las semitranslúcidas hileras de altos acantilados, 
están trazados cientos de delicados pájaros negros 
colgando en form de N de los escarpados bordes. 

Una los puede oír; gritan y gritan,
no hay más sonido que este, 
excepto algún suspiro ocasional,
como un gran animal acuático que respirase.

En la luz rosa 
el pequeño sol rojo iba rodando, rodando, 
alrededor, alrededor y alrededor, siempre a la misma altura, 
en un perpuetuo crepùsculo consolador y comprensivo

mientras los barcos lo iban escrutando. 
Parece que hayan alcanzado su destino. 
Sería difícil decir qué los ha traído hasta aquí, 
si el comercio o la contemplación.



LOS AMANTES BAJO LOS LIRIOS (de Claudia Roquette-Pinto)




 Marc  Chagall


La pareja (dicen) está debajo de un arreglo.
Pero los lirios y las rosas y las hojas furiosas
se desparraman de tal modo, en tantas direcciones,
que la explosión vegetal hace pensar en un desgobierno
de ideas, de cabellos (un sombrero fuera de lugar, 
un accesorio de carnaval).
Medio oculto por el arbusto floreciente,
el hombre se sumerge por entero en dirección al beso;
ojos velados, brazo-antebrazo sosteniéndole el pecho,
labios casi tocando los de la mujer reclinada.
Ella, entretanto, con la boca y los ojos abiertos,
inclina la cabeza, quizá con el mismo susto
de un pez sin aire en la superficie del agua,
de una flor volviendo el rostro hacia el sol.

CURACIA DIONISIA (de Zbigniew Herbert)

Estela de Curatia Dionisia (Grosvenor Museum)


La piedra está bien conservada La inscripción (latín decadente)
reza que Curacia Dionisia vivió cuarenta años
y de su propio bolsillo erigió este modesto monumento
Solitario continúa su banquete suspensa la copa
el rostro sin sonrisa Palomas demasiado toscas
los últimos años de su vida los pasó en Britania
junto al muro de contención de los bárbaros
en un castrum del que quedaron los cimientos y las bodegas


Ejercía el más viejo oficio del mundo
breve pero sinceramente lloráronla los soldados de la Tercera Legión
y cierto viejo oficial


Ordenó a los tallistas colocar un par de cojines bajo su codo


Delfines y leones marinos indican un viaje lejano
aunque desde aquí había sólo dos pasos hasta el infierno


EL RAPTO DE SULEIKA. ESCUELA HOLANDESA, FINES DEL SIGLO XIX (de Hans Magnus Enzesberger)





Un hombre pequeño, gris y encorvado, con un vaso en la mano,
se inclina poco antes de Semana Santa sobre la baranda de hierro
de su casa en Prinsengracht, de espaldas a la calle,
como si ésta fuera un océano. El aliento de ginebra
flota sobre la escalera también pequeña, gris y encorvada.
Bebe más de lo que conviene a un pintor;
y entre sorbo y sorbo, mirando de soslayo
y haciendo chistes sobre su propia edad, Salomon Pollock
le cuenta a una joven musulmana, sin cuyos ojos entornados
no puede vivir, todo lo relacionado con su cuadro,
al cual, borracho o no, no le quita la vista.

A la izquierda, dice, verás El Rapto de Suleika. 
Aquí, detrás del alto muro, en el jardín,
bajo palmeras y mimosas, junto a la fuente,
donde lirios enormes despiden su aroma; blanca,
inocente, embriagante, lasciva (es increíble cómo
han crecido estas flores), aquí, belleza mía,
se recuesta la hija del sultán, engalanada de perlas
y dátiles, adornos propios de la lujuria y la magnificencia.
La oscura mano de un eunuco mueve un abanico. Hasta que,
al fin, polvoriento y errante,
se le presenta un porteador
que se identifica como príncipe
por su talismán de verde jaspe
y su halcón amaestrado que le acompaña.

Los Viejos Maestros... créeme, no existen.
¡Si lo sabré yo! Durante treinta años
he sido de aquéllos que todo lo saben hacer:
mitad alquimista y mitad ebanista.
Nadie me superaba como restaurador.
El mundo es testigo de mi meticulosidad
y mis cuidados, a base de resina, cera y saliva,
en Paraísos Perdidos, Vírgenes, Naufragios, Juicios Finales,
persas, flamencos y florentinos,
recuperando cosas que nunca existieron
con mi lanceta, mi esponja y mi espátula:
fiel falsificador, cuyo pan de cada día
era el pasado, un pasado hecho por mí mismo,
la niña de mis ojos, lo mejor que se puede esperar.
Ahí está, a la vista de todos, expuesta en el Rijksmuseum,
un fraude sublime y conmovedor, una maravilla
del mundo, piadosa chapucería.

Aquí, en el centro, está La Fiesta del Beduino. 
Noche de desierto, resplandeciente de lanzas
y escopetas y del oropel
de bailarinas orientales, sus aretes de oro tintineando
al compás de tambores y címbalos.
El jinete sobre el pinto corcel
bajo la luz de las antorchas
es el hijo del emir. La mujer que trae en sus brazos
es su presa, semidesnuda, medio envuelta en muselinas.
Cuentan que los dientes de ella centellean como granizos,
que sus labios son más rojos que la cornalina,
que su aroma es el del aloe, del ámbar, del nardo
y la canela. Eso es lo que cuentan.
Los caballos relinchan, y se realiza la boda
en medio de los gritos de los guerreros.

Con ojos vendados, palpando la madera de los marcos,
tanteando el barniz, arañando las grietas del lienzo
con mis dedos de rayos X: yo era infalible.
Cuando al fin veas la pieza,
limpia, rejuvenecida, remendada, resplandeciente
—tras frotarla, enmasillarla, retocarla,
ángel mío, con estas manos— encontrarás
en una esquina un diminuto cuadrado sin retocar,
que exhibe la inmundicia de los siglos,
la confusión, el siempre imperfecto remordimiento
de la posteridad, que no conoce redención.
Solía yo pasar horas y horas
reflexionando sobre este oscuro remanente,
que me delata a mí y a mis manipulaciones.

Y finalmente, a la derecha, está La Venganza.
Observa las largas sombras de los jinetes
a la luz de la mañana, y el pabellón del gran visir
que se destaca contra las almenas de la ciudad.
Contempla los buitres que vuelan en lo alto,
las ratas almizcleras en los matorrales, y los camellos
rumiando serenamente a la orilla del camino.
Contempla al verdugo con un turbante negro,
envainando la espada, y más allá
la cabeza cortada en la empalizada. ¿La ves?
¿No ves al sultán en su palanquín, distraído,
sonriente, abriendo confiado
el libro envenenado?

Fue así como abandoné el arte de la simulación
y resolví pintar «yo mismo». ¿Sabes
lo que significa pintar uno por su cuenta? A veces
no me conozco a «mí mismo». Soy de pacotilla.
Me tiembla la mano. No es la ginebra.
No es la fama. Es la historia
con su interminable farsa y doblez.
Ella me inventa a mí, y yo a ella.
Es una eterna contienda. Así es.
Yo, Salomon Pollock, decorando las paredes
con un Oriente inventado de la nada.
Un pintor de salón. Sí, mi odalisca,
espero que ahora te percates
de la elocuencia de mis mentiras. La verdad,
esa ventana oscura allá en un rincón,
la verdad es muda.




LA LÁGRIMA DE SAN PEDRO DE "EL GRECO" (de Diego Jesús Jiménez)


Las lágrimas de San Pedro. 1587-1596.  Museo Soumaya. México. D.F.


I



Sueña el recinto 
del venenoso verde. La extendida 
plenitud de los grises, que 
surgen sin ruido como una sombra más, como un silencio antiguo 
que humildemente ardiera. Brilla la generosa 
senda del gesto. Bulle el dolor; se advierte 
la locura del santo, la desvelada 
luz que nos mira y nos detiene, y nos da sitio 
para que no muramos solos. 
                                                       Tiembla o se cierne
sobre la eternidad, dispone 
el fondo en alto de la noche, la vida. ¿Por qué, si no, 
este sencillo 
y gentil resplandor 
del cielo sobre el rostro baja hoy a salvarnos? Acecha todo el ser. El rescoldo del ojo 
se consume en la inmensa 
cerradura del cuerpo. ¿Qué luz, qué amor vigila? Arde la más plácida y sola 
visión que nunca hubo. Florece el entusiasmo, la avidez de un perfil 
que hacen largos los días. ¡Oh, ved que siempre  en la dura 
permancencia del tiempo, 
luminoso y tenaz, un viejo amor nos lleva! Ved, no esta ligera bruma, no ya ese loco 
dolor en su aventura, sino al errante 
realidad encendida, la solitaria cumbre 
de la noche en que amanos.




II



      Los sanatorios 
y los manicomios, el amargo edificio donde la ciencia otea 
con sigilo de ave a la cordura; la rápida pisada 
de la razón. Todo, ciego y veraz y luminoso, tiembla sobre la enorme 
pasión de la existencia. 
                                             El suidicio, el martirio, el árbol 
de rama baja, la santidad o la locura, riegan un mismo rostro, tejen 
un tenso sueño y una misma verdad. Pero, ¿cuál es el día en el que allá, bajo la ciega  
                                                                                                alondra de lo remoto, bajo la nube 
sin luz del ser, se pierde 
todo lo que se busca? Por 
esa mirada de verdadero sufrimiento, de fondo en paz bulle un largo latir 
que no es la noche. Mas, ¿por qué 
esa lágrima nuestra 
es la que más enturbia a la mirada?, ¿quién 
nos difumina el verde 
astro del ojo, el atajo del ver que, hondo y sencillo, amanecía hacia 
la más alta verdad? No esta lágrima, como agua de río, de tan ligero toque y breve son 
como el tiempo. No esta lágrima, que a sus riberas viene, como si fuese ropa sucia, la mirada a lavarse. Pero, algo hay allí 
que crece en sus orillas; ¡Oh!, nadie lo mire, nadie 
ose entrar en su sombra, porque
algo como una luz que nunca amaneciese, arrojaría, nada más verlo, 
al hombre a tierra.  




III


            Sólo 
era el color; el luminoso 
cepo del verde, que una mano sin trampa 
tendió ante nuestro humide paso. Tocad ahora, ved cómo crece el noble 
gesto del gris en cienicienta retirada, y 
ved cómo el ocre 
tardo del hábito hiere o perdona, salva o maldice, nuestrra más honda pasión 
hacia el pecado. Comporbad la silenciosa cortesía con que 
ese contraste su sutil realidad nos abraza a la vida. Saber qué enorme 
suma de colores exactos, qué trasiego de tierras y de aceites para 
que una pequeña parte de nuestro sueño sea salvada. 
            Vedlo, vedlo y tocad 
antes que el tiempo borre 
su total armonía. Antes que el silencioso pájaro de las sombras acuda 
a surcar nuestra noche. Nada 
importa ya de ese oscuro modelo que posó su locura en la alta tarde 
y en florecido llanto. Ved , ved la agria voz y la poca salud y 
la mala vida que discurre en la limpia 
bilis del amarillo; o ved cómo arden 
las manías del rosa; o mirad a la cumbre del azul suicidándose, sobre 
las heridas fugaces
que un rojo claro disecó entre sus labios; o el matiz de ese verde 
que camina hacia el monte, casi con sed. Ved cómo bajo cada sonido 
de la materia se despierta una nota, crece 
una música eterna. Y sabedlo en silencio, porque aquello fue sólo 
y sin más el dolor, el áspero y ajeno y atardecido 
paso del hombre por la vida.



L´ALLEGRO, IL PENSEROSO (de John Milton)

Estas dos pintura, L'Allegro (1845) y Il Penseroso (1845) de Thomas Cole, aluden a los poemas del poeta inglés del siglo XVII, John Milton (1608-1674).















































 


L'ALLEGRO

De ahora en más, aborrecida Melancolía,
     nacida de Cerbero y de la más negra noche
en una abandonada caverna estigia,
     entre hórridas formas y gritos y visiones impías,
encuentra alguna desolada celda
     en la que una creciente oscuridad abra sus celosas alas
mientras el cuervo de la noche canta,
     y allí, bajo sombras de ébano y ceñudas rocas
tan harapientas como tus rizos,
     en un oscuro desierto cimerio por siempre mora.


Pero tú ven a mí, diosa hermosa y libre,
en el cielo llamada Eufrosine
y por los hombres regocijadora Alegría,
a quien la hermosa Venus en un parto,
junto a otras dos Gracias como hermanas,
al dios Baco coronado de hiedra dio;
o tal vez, como algunos más sabios cantan,
a quien el travieso viento que en primavera sopla,
Céfiro, mientras jugaba con Aurora
una vez que se encontraron en mayo
sobre lechos de azules violetas
y frescas rosas bañadas en rocío,
en su amiga depositó, una hija hermosa,
tan rolliza, animada y retozona.

Apresúrate, ninfa, y trae contigo
las bromas y el juvenil espíritu festivo,
las burlas, las ocurrencias, las joviales tretas,
las señas, los guiños y las amplias sonrisas
similares a las que rondan las mejillas de Hebe
y aman vivir en esos radiantes hoyuelos;
la Diversión, que a la arrugada Inquietud ridiculiza,
y la Risa, que sus dos lados por siempre estira;
ven y danza con agilidad mientras camines
sobre las ligeras y fantásticas puntas de tus pies;
conduce contigo, tomada de tu mano derecha,
a esa ninfa de la montaña, la dulce Libertad;
y si te rindo el honor debido,
Alegría, admíteme entre los tuyos
para vivir con ella y para vivir contigo
en placeres libres y permitidos,
para oír a la alondra iniciar su vuelo
y sobresaltar a la noche con su canto
desde su torre vigía en los cielos
hasta el despertar de la moteada mañana,
y entonces levantarme, a pesar de la tristeza,
y en mi ventana dar los buenos días
a través de la zarza, o la viña,
o la retorcida eglantina,
mientras el gallo con su viva melodía
disipa la retaguardia de la oscuridad
y en el almiar, o a la puerta del granero,
robustamente ante sus damas se pavonea;
escuchando a menudo cómo los sabuesos y el cuerno
despiertan alegremente al dormido amanecer
desde la falda de alguna nevada colina
produciendo agudos ecos en los bosques;
a veces caminando, no sin ser visto,
entre olmos y arbustos, en verdes montes,
derecho hacia el portal oriental
por donde el gran sol inicia su ceremonia
envuelto en llamas y luz ambarina
bajo nubes con mil libreas adornadas,
mientras el arador, en las cercanías,
silba sobre la tierra surcada,
la joven lechera feliz canturrea,
el segador afila su guadaña
y cada pastor una historia narra
bajo los espinos, en el valle.

Y ya mis ojos nuevos placeres atrapan
mientras recorren el paisaje circundante:
céspedes rojizos y grises barbechos
donde se pierden los rebaños que pastan;
montañas en cuyos áridos pechos
las laboriosas nubes con frecuencia descansan;
prados adornados con coloridas margaritas,
arroyos poco profundos y ríos anchurosos;
enhiestas torres de poderosos almenajes
por sobre frondosos árboles erguidas
en las que acaso alguna bella dama viva,
la atracción de todas las miradas vecinas.

Cerca de allí, la chimenea de una cabaña
humea en medio de dos añosos robles,
donde Coridon y Tirsis juntos se sientan
ante una sabroso plato de hierbas
y de otros manjares de la región
que la pulcra Filis adereza
antes de salir, presurosa,
para con Testilis atar gavillas
o, en una estación más temprana,
dirigirse al viejo henil en la pradera. 

A veces con despreocupado deleite
los caseríos de las tierras altas nos convocarán,
cuando las alegres campanas repiquen
y los jocundos violines suenen
para numerosos mozos y doncellas
que bailarán entre las sombras dispersas;
y jóvenes y ancianos irán a entretenerse
por igual en el soleado día de fiesta
hasta que la luz del sol desaparezca;
entonces beberán la sabrosa y oscura cerveza
contando muchas historias de proezas
o de cómo el hada Mab los manjares saborea;
que fue pellizcada y empujada dirá ella,
y él, por la linterna de Friar conducido,
narrará cómo transpiró el afanoso duende
para ganarse su bien servido cuenco de crema
cuando, en una sola noche, antes del despuntar
de la aurora, con su ligero mayal molió el maíz
que diez hombres no habrían podido en un día
para luego recostarse, el benéfico trasgo,
y, estirado al lado de la chimenea,
calentar junto al fuego su peluda fuerza,
huyendo por último con toda su cosecha
antes de que el primer gallo entonara su canto.

Terminados los cuentos, a la cama se dirigen
y por el susurrar del viento son al sueño arrullados.

Entonces nos atraen ciudadelas de torres
y el atareado canturrear de sus hombres,
donde numerosos caballeros y audaces barones
en atavíos de paz grandes triunfos celebran,
junto a montones de doncellas cuyos brillantes ojos
llueven influencia mientras juzgan el premio
de astucia o de armas cuando contienden
para ganar su gracia, a la que todos alaban.
Y a menudo aparecerá allí Himeneo
en vestiduras azafranadas, con luminosas velas
y pompa y fiesta y alegre diversión,
con máscaras y antiquísimo fausto,
vistas tales como las que los jóvenes poetas sueñan
junto a arroyos encantados en las noches de verano.
Luego retornamos al meritorio teatro
si se representan las eruditas comedias de Jonson,
o si el dulce Shakespeare, el hijo de la Fantasía,
entona las salvajes notas de sus bosques nativos
y, haciéndome siempre olvidar de mi apetito,
me envuelve en esos suaves aires lidios
casados con versos inmortales,
tales como los que pueden penetrar el alma
con notas, con muchas cautivantes ráfagas
de encadenada dulzura exhalada,
con voluptuosa atención y vertiginosa astucia,
con la voz deshaciéndose a través de laberintos,
desentrelazando todas las cadenas que atan
el oculto espíritu de la armonía,
de modo tal que el mismo Orfeo,
alzando su cabeza de su dorado sueño
en un lecho de amontonadas flores elíseas,
podría escuchar melodías como las que acaso
ganaron el oído de Plutón hasta el punto
de moverlo a liberar a su casi reganada Eurídice.

Si puedes tú concederme todos estos deleites,
Alegría, contigo entonces pienso vivir para siempre.




 IL PENSEROSO


De ahora en más, vanas alegrías engañosas,
    hijas de la locura concebidas sin padre alguno,
por poco que ayudabais
    o llenabais la mente concentrada con vuestros juguetes,
morad en algún cerebro ocioso
    y poseed sus necias fantasías con figuras llamativas,
tan apiñadas e incontables
    como las alegres motas que pueblan los rayos de sol,
o como fluctuantes sueños mejor,
    los inconstantes pensionistas del séquito de Morfeo.
Pero a ti te saludo, diosa sabia y sagrada,
te saludo, divina Melancolía,
tú cuyo santo rostro es demasiado brillante
para ser percibido por la vista humana,
y que por consiguiente nuestra débil visión
ve cubierto por el oscuro matiz de la grave Sabiduría,
negro, pero tal como el que en estima
el de la hermana del príncipe Memnón podría parecer,
o el de aquella constelada reina de Etiopía que se empeñó
en poner las alabanzas a su belleza muy por encima
de las ninfas marinas, y que así sus poderes ofendió;
sin embargo tú desciendes de un linaje más alto:
Vesta la de lustrosos cabellos, mucho tiempo atrás,
de los abrazos del solitario Saturno te engendró,
aun siendo ella su hija, pues en el reino de aquél
tales uniones no eran consideradas una mancha;
con frecuencia en esplendorosas glorietas y claros
se encontraron, así como entre las secretas sombras
de la arboleda más oculta del boscoso Ida,
mientras el temor a Júpiter aún no existía.
  Ven, pensativa monja, pura y devota,
constante, recatada y sobria,
con un manto de la más oscura tela
fluyendo en una majestuosa cola,
y con una negra estela de lino de ciprés
echada sobre tus decentes hombros;
ven, mas tu habitual estado mantén,
con un medido y pensativo andar,
con miradas comerciando con los cielos
y tu alma extasiada asomando en tus ojos,
y así, retenida en pasión divina,
olvídate de ti hasta volverte mármol
para por último, dejando caer tu triste rostro,
fijar tus pupilas igual de firmemente en el suelo;
y que se unan a ti la calma Paz y el Sosiego;
y guarda el Ayuno, que con los dioses a menudo
lleva su dieta, oyendo a las musas en un círculo
siempre alrededor del altar de Jove cantar;
y añade a estos el retirado Ocio,
que en elegantes jardines su placer encuentra;
pero primero, y principalmente, trae contigo
a aquel que allí vuela con doradas alas
guiando el trono de ardientes ruedas,
el quérube de la Contemplación;
y al mudo Silencio chista hasta aquí,
a no ser que Filomela se digne a cantar
con la más dulce y triste solemnidad,
suavizando el áspero ceño de la Noche,
mientras Cintia detiene su tiro de dragones
apaciblemente sobre el acostumbrado roble.
¡Dulce ave, que rehúyes el bullicio del vulgo,
tú la más musical, la más melancólica!,
a ti, cantora, a través de los bosques
a menudo busco a fin de oír tu canto nocturno,
y, no pudiendo hallarte, camino, sin ser visto,
sobre el seco y suavemente recortado verde
con el propósito de ver a la errante Luna
cabalgar cerca de su más alto cénit,
como alguien que se ha extraviado
a través de la amplia llanura sin senderos del cielo,
y con frecuencia, cual si inclinara su cabeza,
sobre alguna mullida nube abatirse luego.
  A menudo en una zona de elevado terreno
escucharé el lejano sonido de la campana de queda
elevándose sobre alguna costa bañada por las aguas
mientras oscila lentamente con melancólico tañido;
o, si el aire tal cosa no permite,
algún tranquilo y apartado lugar servirá,
donde resplandecientes rescoldos a través del cuarto
enseñen a la luz a imitar a la oscuridad,
lejos de toda presencia de alegría
salvo por la del grillo en la chimenea
o la del somnoliento ensalmo con que el pregonero
bendice contra cualquier nocturno daño a las puertas.
O que mi lámpara, a la hora de medianoche,
sea vista en alguna alta y solitaria torre
en la cual pueda yo a menudo superar en vigilia
a la Osa con el tres veces grande Hermes, o sacar
de su esfera al espíritu de Platón para aclarar
qué mundos o qué vastas regiones albergan
a la mente inmortal que ha abandonado
su etérea mansión en este rincón carnal,
o a los de aquellos demonios que habitan
en el fuego, en el aire, bajo tierra o en el mar,
y cuyos poderes tienen un verdadero acuerdo
con los planetas o con los elementos.
Y que a veces la magnífica Tragedia,
con su mortaja y su cetro, se acerque majestuosa,
presentando a Tebas, o a la estirpe de Pélope,
o alguna narración de la divina Troya,
o todo aquello, aunque raro, de recientes tiempos
que haya ennoblecido al escenario por coturnos pisado.
  ¡Mas, oh triste virgen, si tan sólo tu poder capaz fuese
de resucitar a Museo del bosquecillo donde yace,
o hacer al alma de Orfeo cantar tales notas
como las que, entonadas con las cuerdas,
hicieron correr lágrimas de hierro por las mejillas de Plutón
y llevaron al Infierno a otorgar lo que buscaba el Amor!
¡Si pudieses llamar a aquel que dejó por la mitad
la historia del audaz Cambuscán,
la historia de Camball, de Algarsife
y de aquel que desposó a Canacé
y que poseía el virtuoso anillo y el cristal,
así como el maravilloso corcel de bronce
en el cual el rey tártaro solía cabalgar;
y sumado a ello todas las otras cosas
que los grandes bardos, con sabios y solemnes tonos,
han cantado de torneos, de colgados trofeos,
de bosques umbrosos y de hechizos espantosos,
donde se dice mucho más de lo que al oído llega!
  Así, Noche, me verás a menudo en tu pálida carrera
hasta que la Mañana, más civilizada en su vestir,
aparezca, no ataviada y adornada como acostumbraba
al salir de caza con el joven de Atenas,
sino envuelta en una decente nube
mientras los feroces vientos silban y arrecian
o precedida por un apacible chaparrón
que, cuando las ráfagas han gastado
toda su fuerza, termina en las susurrantes hojas
con pequeñas gotas que caen de los aleros.
Y cuando el sol comience a arrojar
sus llameantes rayos, diosa, llévame
a los abovedados senderos de bosques crepusculares
y a las marrones sombras, por Silvano amadas,
de pinos o de monumentales robles
donde la ruda hacha, con esforzado golpe,
nunca haya sido escuchada asustando a las ninfas
o ahuyentándolas de sus sagradas arboledas.
Allí, en un secreto refugio junto a algún arroyo
donde ninguna mirada profana pueda verme,
escóndeme del dorado ojo del día,
mientras la abeja manchada de miel,
que canta durante sus floridas labores,
y el monótono murmullo de las aguas
inviten, uniéndose en solemne consorcio,
al apacible Sueño de plumas de rocío;
y que alguna extraña y misteriosa visión onírica,
suavemente recostada sobre mis párpados,
bajo sus alas se agite en un etéreo discurrir
que ante mi mente exhiba una viva verosimilitud;
y, cuando despierte, suspira dulce música
arriba, alrededor o por debajo de mí,
enviada por algún espíritu para bien mortal
o por el invisible genio de los bosques.
  Pero que mis correctos pasos nunca dejen
de hollar los reductos del estudioso claustro
ni yo de amar el alto techo arqueado,
con sus antiguos y resistentes pilares
y los ventanales ricamente ornados con historias
que sólo dejan filtrar una luz lóbrega y religiosa;
y que allí el atronador órgano resuene,
junto al coro de variadas voces debajo,
en altos servicios y claros himnos
capaces de cautivar con su dulzura mis oídos

para disolverme en éxtasis prolongados
y traer al mismo Cielo ante mis ojos.
  Y que finalmente mi cansada edad
encuentre la tranquila ermita,
el abrigado ropaje y la musgosa celda
donde pueda sentarme y nombrar correctamente
cada estrella que el firmamento ostenta
y cada hierba que del rocío abreva
hasta que la vieja experiencia alcance
algo similar a los saberes de un profeta. 


Otórgame, Melancolía, todos estos placeres
y contigo entonces elegiré morar para siempre.