LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

YADWIGHA, SOBRE DIVÁN ROJO, ENTRE LIRIOS - Una sextina para El Aduanero- (de Sylvia Plath)



El sueño. Henri Rousseau, 1910. Museo de Arte Moderno de Nueva York

Yadwigha, los literalistas se preguntaron entonces
Por qué diablos yacías tumbada en ese diván barroco
Tapizado de terciopelo rojo, ante la mirada de un par
De tigres en libertad y de una luna tropical,
Plantado en medio de una intrincada espesura de verdes
Hojas acorazonadas, como de catalpa, y de esos lirios 

De tamaño mostruoso, tan distintos de los bien criados.
Al parecer, aquellos críticos cuadrículados pretendían
Que eligieses entre tu mundo de jungla exuberante
Y el remilgado beau mode del diván rojo, 
Con su lujo bric-à-brac pero sin esa luna
Que ta hace tan radiante, sin la mirada

De esos tigres amansados por tus pupilas negras
Y tu cuerpo, más blanco que su ribete de lirios:
Ellos habrían tapado la luna con seda amarilla,
Aplastado las hojas y los lirios hasta volverlas papeles
De decoración o, como mucho, un tapiz de mille-fleurs tras de ti.
Pero el diván se osbtinó en quedarse en su jungla: rojo sobre verde,

Rojo sobre cincuenta tonos de verde, resplandeciendo
Y desafiando con ferocidad las miradas prosaicas.
Así que Rousseau, para explicar por qué el diván rojo
Estaba en el cuadro entre los lirios, los tigres,
Las serpientes, el encantador con su flauta,
Las aves del paríso, la luna llena y tú,

Dijo que reposabas, soñando bajo la luna llena,
En un diván de terciopelo rojo en tu tocador de verdes
Mosaicos; que, escuchando el sonido de la flauta,
Imaginabas estar lejos, bajo la mirada de la luna,
En una jungla de aguamarina; que unos brillantes lirios
Grandes como lunas cabeceaban alrededor de tu diván;

Y que, en ese viaje imaginario -les dijo Rousseau a los críticos-,
El diván iba contigo. Sólo entonces aceptaron ellos el diván bajo la luna,
La canción del encantador de serpientes y los gigantescos lirios,
Y contaron, maravillados, las decenas de tonos verdes que había.
Pero Rousseau, en privado, le confesó a un amigo que su mirada
Estaba tan poseída por el resplandeciente rojo del diván

En el que tú, Yadwigha, posabas, que te pintó en él para regalarse
La vista con ese rojo -¡y qué rojo!-, bajo la luna
Y en medio de esos verdes y de esos enormes lirios.



Nota: Esta pintura es el retrato Yadwigha, la amante polaca de Rousseau. El genial pintor escribió además un poema para acompañar la obra titulado, Inscription pour la Rêve, y que ya ha aparecido en este blog:

Yadwigha dans un beau rêve
S'étant endormie doucement
Entendait les sons d'une musette
Dont jouait un charmeur bien pensant.
Pendant que la lune reflète
Sur les fleuves [ou fleurs], les arbres verdoyants,
Les fauves serpientes pretent l'oreille
Aux transmite gais de l'instrument.
Yadwigha en un hermoso sueño
Se ha dormido suavemente
Oye el sonido de un piccolo oboe
Interpretado por un bien intencionado encantador [de serpiente].
Mientras la luna se reflejaba
En los ríos [o las flores], los árboles verdes,
Las serpientes salvajes escuchan
Las alegres melodías del instrumento.


FUSILAMIENTO DE TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS EN LAS PLAYAS DE MÁLAGA -detalle- Gisbert Pérez, Antonio- (de José Ovejero)




Una mano, abajo, uno de esos detalles
que molestarían a un fotógrafo. Una mano
en el suelo
que apenas consigue entrar en el cuadro.
Arriba están los héroes, casi todos
con nombres y apellidos, los protagonistas
de la Historia. Abajo
una mano y un sombreo caído: quizá
pertenecía al muerto, quizá el viento jugó
a componer la imagen.

Una mano es cualquiera,
no tiene rostro ni aventuras
que contar. Una mano podrías ser tú,
podrías ser yo si me atreviese
a ser su dueño. Una mano es cada uno de los muertos,
pertenece al cadáver de todos
los que se han rebelado,
aquellos que se olvidan
porque nadie les quiso pintar
una cara,
un gesto,
un cuerpo a punto de derrumbarse.

A JUAN DE VANDER HAMEN, PINTOR EXCELENTE (de Lope de Vega)



Ofrenda a Flora, conocido como Alegoría de la Primavera, Juan de Vander  Hamen 1627. Madrid, Museo del Prado .
























 
























Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio,
Juan de Vander Hamen 1627. Madrid, Museo de Prado.
Si cuando, coronado de laureles,
copias, Vander, la primavera amena,
el lirio azul, la cándida azucena,
murmura la Ignorancia tus pinceles,

sepa la Envidia, castellano Apeles,
que en una tabla de tus flores llena
cantó una vez burlada Filomena
y cercaron abejas tus claveles.

Pero si las historias vencedoras
de cuanto admira en únicos pintores  
no vencen las envidias detractoras

y callan tus retratos sus favores,
vuelvan por ti, Vander, tantas Auroras 
que te coronan de tus mismas flores.







CLAUSTRO DE LA CATEDRAL DE PAMPLONA (de Jesús Górriz Lerga)



La piedra es flor, y encaje y filigrana
de bella orfebrería; y es puntilla
recamada de sol la maravilla
que el trino y la fragancia en ella hermana.

La piedra arrebatada ya, rayana
en vuelo incontenible, crece y brilla
pujando por ganar la hermosa orilla
donde es la ojiva luz, rosa temprana.

Rosa de transparencia,  piedra leve
sobre tan grácil fuste enarbolada
como una estrella de silencio y nieve.

Trenzada en su fulgor puro y silente,
nos prende la mirada fascinada
cada piedra nacida cielo enfrente.










UNA ESTATUA AMENAZANTE (de Juan Manuel Roca)






En la catedral de Segovia
La estatua de San Frutos
Se yergue amenazante. El santo
Sostiene un libro que lee sin descanso:
No da muestras de avanzar en su lectura.
La leyenda dice
Que cuando se decida a pasar la última página
El mundo acabará, 
Cesará la cuerda para moros y cristianos.
El escultor fundió el libro en bronce,
A prueba de tifones y de otoños.
El tiempo detenido en la página
Parece una alegoría de lo eterno.
Algunos desdichados se detienen bajo la estatua
Y esperan que los dedos del santo pasen,
De una vez por todas, la última hoja.
San Frutos no da el brazo a torcer
Aunque el invierno cubra su mano
Con el guante blanco de la nieve.



Segovia, donde viven los restos de 
San Juan de la Cruz, septiembre 29. 2008

QUE NO ES HOMBRE EL QUE NO HACE BIEN A NADIE (de Lope de Vega)




Dos cosas despertaron mis antojos,
extrajeras, no al alma, a los sentidos;
Marino, gran pintor de los oídos,
y Rubens, gran poeta de los ojos.

Marino, fénix ya de sus despojos,
yace en Italia resistiendo olvidos;
Rubens, los héroes del pincel vencidos,
da gloria a Flandes y a la envidia enojos.

Mas ni de aquél la pluma, o la destreza
déste con el pincel pintar pudieran
un hombre que, pudiendo, a nadie ayuda.

Porque es tan desigual naturaleza,
que cuando a retratalle se atrevieran,
ser hombre o fiera, les pusiera en duda.

NO SE ATREVE A PINTAR SU DAMA MUY HERMOSA POR NO MENTIR QUE ES MUCHO PARA POETA (de Lope de Vega)




Bien puedo yo pintar una hermosura,
y de otras cinco retratar a Elena,
pues a Filis también, siendo morena,
ángel, Lope llamó, de nieve pura.

Bien puedo yo fingir una escultura,
que disculpe mi amor, y en dulce vena
convertir a Filene en Filomena
brillando claros en la sombra escura.

Mas puede ser que algún letor extrañe
estas musas de Amor Hiperboleas,
y viéndola después se desengañe.

Pues si ha de hallar algunas partes feas,
Juana, no quiera Dios que a nadie engañe,
basta que para mí tan linda seas.



ALHAMBRA (de Jorge Luis Borges)






















Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.

PATIO DE LOS LEONES (de Antonio Carvajal)


 


Un cielo azul, un horizonte quieto
–teja de barro, copa puntiaguda
de ciprés, filigrana de los yesos–
y el agua, el agua, el agua, el agua, el agua
–cruzaba un gorrión, cruzó una nube,
pasaron los vencejos, muere el día–
y siempre el cielo azul, el horizonte
quieto, la piedra gris incorporada
como león, como palabra hermosa
que da sentido y emoción al agua,
el agua en el oído, el agua al cielo,
a la vista, a la piel que la percibe
como aurora ofrecida hasta sus labios.

Hasta mis labios que dijeron: paz,
claridad, delicia, iguales a sus
nombres.
                 Y otra vez paz: Un cielo azul;
delicia; un horizonte quieto;
claridad desde el agua sobre el agua
por el agua hacia el agua para el agua
contra el agua hasta el agua. El agua.
                                                               Nombres.



Esculpido en la taza del patio de los leones, el poema del poeta Ibn Zamrak (1333-1393) dice así:

Bendito sea Aquél que otorgó al iman Mohamed
las bellas ideas para engalanar sus mansiones.
Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas
que Dios ha hecho incomparables en su hermosura,
y una escultura de perlas de transparente claridad,
cuyos bordes se decoran con orla de aljófar?
Plata fundida corre entre las perlas,
a las que semeja belleza alba y pura.
En apariencia, agua y mármol parecen confundirse,
sin que sepamos cuál de ambos se desliza.
¿No ves cómo el agua se derrama en la taza,
pero sus caños la esconden enseguida?
Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas,
lágrimas que esconde por miedo a un delator.
¿No es, en realidad, cual blanca nube
que vierte en los leones sus acequias
y parece la mano del califa, que, de mañana,
prodiga a los leones de la guerra sus favores?
Quien contempla los leones en actitud amenazante,
(sabe que) sólo el respeto (al Emir) contiene su enojo.
¡Oh descendiente de los Ansares, y no por línea indirecta,
herencia de nobleza, que a los fatuos desestima:
Que la paz de Dios sea contigo y pervivas incólume
renovando tus festines y afligiendo a tus enemigos!









ÁNGULO DOMÉSTICO (de Jorge Guillén)




 




Aquellos muros trazan la intimidad de un ángulo
Tan luminosamente sensible en su reserva
Que a los dos personajes allí dialogadores
-Discursivo el galán, muy cortés la señora-
Se ofrecen en concierto la ventana y un mapa.
El día de una calle, quizá de algún jardín
Acompaña dorando, templando su valor
En vidriera y pared. Continentes, océanos,
Todo converge allí. ¡Qué intimidad de estancia,
Qué azul de terciopelo! La atención es un éxtasis.





Officer and Laughing Girl
Johannes Vermeer, 1657
The Frick Collection, New York




YOUNG VENITIAN LADY´S DÜRER PORTRAIT REVISITED (de Juan Gelman)


Volví para ver a la joven veneciana que me mostró el consuelo del amor. Es inmortal y me causa dulcemente daño. Está entregada a un aire que nunca me abrirá. Hace siglos tuve un sueño en sus labios. Está intacto. Ella ahí lo dejó y ahí se queda, cerrado para mí, que lo soñé.

 
Retrato de una joven veneciana. Albert Durero, 1505. Museo de Historia del Arte de Viena



LOS DESNUDOS DE BONNARD (de Raymond Carver)













Su esposa.
Durante cuarenta años su modelo.
Él la pintó una y otra vez. El desnudo
de su último cuadro, es el mismo desnudo joven
del primer cuadro. Su esposa.
Él la recordaba joven. Los tiempos
en que ella era joven. Su esposa, en la bañadera,
en el tocador frente al espejo. Sin ropas.
Su esposa cubriéndose con las manos
los pechos duros, mirando hacia el jardín,
donde los rayos del sol desparraman
tibieza y color.
Todas las especies vivientes floreciendo.
Ella joven y temerosa y excesivamente deseable
en su desnudez. Cuando ella murió,
él continuó pintando un poco más.
Fueron algunos paisajes, luego se murió.
Lo enterraron junto a ella. 
Su joven esposa.

EN LAS MÁS GRANDES ESCENAS DE GOYA... (de Lawrence Ferlinghetti)















 


En las más grandes escenas de Goya nos parece que vemos
                                              los pueblos del mundo
     exactamente en el momento en que
                      por primera vez alcanzaron el título de
                                                               "humanidad sufriente"
Se retuercen en la página
                             con un verdadera furia
                                             de adversidad
Amontonados
                 gimiendo con bebés y bayonetas
                                                bajo cielos de cemento
en un paisaje abstracto de palos secos
                estatuas dobladas alas de murciélagos y picos
                                     horcas resbalosas
                cadáveres y gallos carnívoros
y todos los rugientes monstruos finales
                     de la
                              "imaginación del desastre"
       son tan sangrientamente reales
                                 es como si todavía existieran realmente
Y existen
                  Sólo el paisaje ha cambiado
Todavía están alineados en las carreteras
                  plagadas de legionarios
                                                 falsos molinos de viento y gallos dementes
Son la misma gente
                                         sólo que más lejos del hogar
en autopistas de cincuenta carriles
                           en un continente de concreto
                                        intercalado de blandos anuncios
         representando imbéciles ilusiones de felicidad
La escena tiene menos cureñas
                                 pero más ciudadanos inválidos
                                                    en automóviles pintados
           y llevan placas extrañas
y motores 
                que devoran Norteamérica

BUFÓN CALABACILLAS (de Antonio Lucas)




                                                    Velázquez



Al fondo de esa ciencia trastornada
que no cabe en los ojos,
                                            se insinúa
la sangre de una sangre que acentúa
la frágil claridad
                               de tanta nada.

La estancia tenue,
                           el príncipe sentado,
su tristeza como una arboladura
que impone su naufragio
en la pintura
con cascabeles de aire lastimado.

A gritos va la flor del extravío
por ese cuerpo en fuga de la tela
que incuba en su misterio su amenaza:

dibujo exacto del perfil del frío,
linaje atroz
y oscuro que desvela
la herida del bufón
                             con calabaza.




Diego Velázquez, h. 1637-1639
Museo del Prado, Madrid

LO QUE NOS REVELA UN BODEGÓN (de Santiago Elso Torralba)

                                 


                                   (para mi hijo Guillermo)

No te admiras, hijo, lo comprendo.
Hay tanto a cada instante y en cualquier lugar,
que es imposible, ni siquiera enumerarlo:
rectas, planos, bultos que vienen y que van,
cosas que parecen importantes, pero no,
a las que habrá que dar algún
tamaño, cuerpo, nombre, longitud.
¡Esa turba de colores, ese enjambre de apariencias!
Es probable que sea lo que vemos algo incierto,
pero hay sólo un segundo para saberlo
antes de girar el cuello, de cruzar la calle,
de caer rendido, de pasar de página al suceso.

Distinto es con un cuadro,
donde el mundo es poco y cabe en un vistazo:
caja de jalea, rosca de pan, enfriador de botella,
mantel, bandeja, vaso y un cubierto;
objetos que parecen vanos, pero no.
Aunque humildes, nos ruegan
que paremos ante ellos un momento.
Quizá no sea eso que vemos lo que vemos,
sino formas portentosas que nos fuerzan
a mirar cómo las miramos.

No te apresures, nos dicen esas cosas.
Admíranos y, después,
admírate de que te admiras.



Luis Meléndez
Bodegón, 1770
Museo del Prado, Madrid


LA BELLEZA ARREBATA LAS PALABRAS QUE INTENTAN PROCLAMARLA (de Aníbal Núñez)



De la mutilación de las estatuas
a veces surge la belleza, de los
capiteles truncados cuyo acanto
cayera en la maleza entre el acanto:
perfección del azar que nada tiene
que hacer para ser símbolo de todo
lo que se quiera.
                             Triste
belleza –nunca es triste
la piedra en su lugar, nunca fue triste
la maleza en el suyo –la del símbolo.
Pues el azar que rompe la voluta,
cercena gestos imperecederos,
es el mismo que quiebra la hermosura
de edificios de sangre.
                                       Sólo quise
decirte –y me han salidos dos acantos
y tres tristes- que nada
hay para mí más bello que el ver que estás alegre
y  viva.




BOCETO PARA DÉPART DU SOLDAT SUISSE (de Robert Walser)


                        Sigmund Freudengerger,  La partida del soldado suizo (h. 1790)



La casa campesina con techumbre de paja,
ella le ha dado algo más,
para que se lo coma durante el camino.
“No incrementes 
la dureza de la ausencia”,
le dice a la novia de lindo vestido, 
que, en lugar de mirarle a los ojos, 
se le cuelga del pecho,
hasta que él abandone la escena, 
pues ha de marcharse lejos. 
Los viejos se apartan aturdidos, 
consternados, 
confiando a pesar de todo 
en algo inconcebible: 
en su regreso. 
Qué hermosa la lucha con el llanto 
de la que preferiría ser su mujer, 
en vez de refrenar sus sentimientos. 
Él pone el pie en el tansbordador, 
el rojo de su uniforme 
brilla para ellos un instante más, en la lejanía, 
pero en el árbol los pajarillos
predican con su canto la paciencia
y esto es también 
costumbre en ellos.
Qué no podrá contar él,
si le condecen el regreso los dioses
que tienen sus manos y ojos en todas partes,
cuán maravilloso alivio entonces.
¿Cuál es vuestra propiedad?
La casa y lo que se encuentra alrededor
sobre la tierra, que gira muda
desde tiempos inmemoriales
alrededor del gran sol.
Lo que está quieto
es pura apariencia.
Ella se va a trabajar, contenta.