LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

CUADROS (de Adam Zagajewski)



Han quedado pocos cuadros en las paredes 
de la casa de la calle Krakowska. (¿Por qué 
calle Krakowska en Cracovia? ¿Es que la ciudad 
no estaba segura de cómo volver a sí misma?).

Ahora todo esto ya no importa: 
los nombres de las calles, tu patriotismo local
hacia Kazimierz, tus leales fotografías 
de viejos edificios, de puertas raspadas.

Ahora ni tan sólo aquella casa existe. 
En las telas hay caras humanas, cuerpos de mujeres,
grises y rosados, amarillas manchas del mundo. 
Dibujos y esbozos de desnudos, estudios del enjecimiento,

naturalezas muertas; algunas, polvorientas 
y muertas doblemente; otras, frescas 
como las frutas en el mercado, brillantes 
con la luz recordada de junio.

En verano la luz cae directamente 
sobre los objetos, y en invierno, perezosa, 
se esconde en los armarios duerme en el horno, 
como los minerales en las virinas de un museo.

Magnífico conversador, devoto de Caravaggio, 
desapareciste después de meses de enfermedad, 
hubo sufrimiento y valentía en tu morir. 
Han quedado los cuadros y la amistad,

unas telas que no entienden 
su abandono, el crepúsculo,
y una amistad que, evidentemente, 
aún dura, pero que se ha quedado viuda.


CUADRO (de Bengt Emil Johnson)



Alguien que está en un rastrojo.
Dice algo.

Una cerca.

Detrás de él la zanja que cavó, aunque
no se ve.

El rastrojo termina.
Él ha dicho algo.
Está diciendo algo.
Va a decir algo,

mientras exista la imagen,
mientras se recuerde la imagen.

Lo dicho no importa nada.



LA CENA DE EMAÚS -LA MULATA- ( de Maria Tecla Portela Carreiro)

 
















 La cena de Emaús. La mulata
Diego Velázquez, hacia 1618-1622
National Gallery de Dublín, Irlanda

Si yo pudiera saber
qúe ancestros tiznaron
la piel de tu color,
en qué lugar, por ti soñado,
se dobló el turbante de tus pliegues,
chiquilla,
de tu  escofieta,
en qué Cena te ausentas hoy,
y en qué mundo,
mulata... 

Tal vez supiese también 
con qué palma, o con qué esparto,
se entretejió el enigma de tu esportilla,
qué vituallas escondiste, celosa,
en la albura de tu lienzo,
y qué aliño majas, mulata,
en tu mortero...

Y sabría 
con el mosto de qué lagares,
con el óleo de qué almazara
preparas tus condimentos...
Y para Quién, mulata,
para qué Cena.



A UNA PINTURA CONFUSA DE LA GLORIA (de Fray Diego Tadeo González)


Una rara visión que representa
un conjunto de varias confusiones,
en color de azafrán y de pimienta,
donde a costa de muchas atenciones
solo nota la vista más atenta
manos, patas, cabezas, pies y alones,
¿por qué motivo se ha de llamar gloria?
¿No era mejor llamarlo pepitoria?



DIEGO VELÁZQUEZ (de Blas de Otero)



Enséñame a escribir la verdad,
pintor de la verdad.

 
Ponme la luz de España entre renglones,
la impalpable luz que tiembla
en tus telas.

 
Dirígeme los ojos hacia abajo:
gente humillada y despreciada
de reyes, conde-duques e inocencios.

Que mi palabra golpee
con el martillo de la realidad.

Y línea a línea, hile
el ritmo de los días venturosos
de mi patria.

ÉCFRASIS DE FRA ANGÉLICO (de Encarnación Sánchez Arenas)



Fra Angelico, 1441, convento de San Marcos, Florencia.


¡Eres adorado!
Santa Catalina
en aquella esquina,

y al lado derecho
San Pedro venera,

siendo de provecho
nuestra paridera.

Amor de santera
reza Palestina
¡la paz peregrina!

Y en místico rezo
de orden dominico

es el aderezo
de este villancico

con buey y borrico.
Mística doctrina
que nos encamina.

AL CUADRO Y RETRATO DE SU MAJESTAD QUE HIZO PEDRO PABLO DE RUBENS, PINTOR EXCELENTÍSIMO (de Lope de Vega)


Copia de la obra perdida de Rubens según Velázquez, Retrato alegórico de Felipe IV, h. 1645. Florencia, Uffizi




 
Durmiendo estaba, si dormir podía,
el instrumento del poder divino;
Naturaleza hermosa
a sombra de su misma fantasía,
la nieve celestial bañada en rosa,
cansada de pintar; la generosa
tabla sobre la hierba,
que las reliquias del pincel reserva;
confusas las colores,
como suele entre varios resplandores
al ocaso del sol mirarse el cielo,
sin arte el puro velo,
vestido de topacios y jacintos,
cuanto varios y hermosos indistintos,
descansaban ociosos 
los pinceles, que duermen pocas veces,
de dar habitadores vagarosos
en ciudades de nubes a los vientos,
y ejércitos de flores y de peces
a los dos abrazados elementos;
aunque viendo en las puntas las colores,
las limpiaban solícitas las flores,
quedando de tocar a los pinceles
en púrpura teñidos los claveles; 
la maravilla en oro,
en blanco esmalte con mayor decoro 
los átomos de nieve, los jazmines,
y el breve y casto honor de los jardines,
desde que nace cana
la azucena en cristal, la rosa en grana,
cuando el flamenco ilustre,
de Italia envidia y de su patria lustre;
cuando el nuevo Ticiano,
si no mejor pincel y diestra mano,
porque vive y le vemos
-que los ingenios en su ciencia extremos
no tienen para ver la eterna Fama
y del laurel la victoriosa rama,
sin envidia crecida, 
mayor contrario que su propia vida-;
cuando Rubens, con paz de los pintores,
cubierto de las flores
que la selva discípula imitaba,
mientras Naturaleza descansaba,
aunque su eterno autor, siempre despierto, 
los pinceles le hurtó; si bien es cierto
que si se los pidiera se los diera
para que su poder sustituyera.
Las aves, que entretanto
cómplices fueron, suspendiendo el canto;
las fuentes que la plata detuvieron,
unas cantaron y otras se rieron
del hurto generoso;
la Envidia solo en sátiro celoso
convertida intentaba
que el agua, que en las piedras se quejaba,
y el viento, que en los árboles hería, 
hiciesen una bárbara armonía
porque Naturaleza despertase
y el hurto de las manos le quitase.
Mas ya el varón ilustre sobre el lino
diseñaba el retrato del divino
Felipe, y las colores aplicaba
cuando naturaleza despertaba,
y no hallando pinceles ni colores,
examinó las flores.
Ellas, como culpadas,
porque de ellas estaban matizadas,
dijeron que fieles
limpiaron solamente los pinceles
para estar más hermosas. 
Naturaleza entonces a las rosas
dijo que por castigo les daría
belleza que durase sólo un día.
Más informada de la Envidia fiera
que Rubens de imitarla con deseo,
era de sus pinceles Prometeo,
dejando la segunda Primavera,
buscarla intenta por diversas vías;
pero como tardase doce días,
cuando en la sala entró donde pintaba,
halló que el cuadro, que acabado estaba,
representaba una famosa historia,
de Felipe blasón, de Rubens gloria.
En un caballo le miró tan vivo,
tan fuerte, tan fogoso, tan altivo,
que al tiempo que las manos levantaba
por no romper el lienzo no bufaba.
Estaba el joven dulcemente bravo
con el fuerte bastón poniendo un clavo
a la rueda veloz de la Fortuna,
con que ya no podrá temer ninguna.
Y como suele sol por alto monte
del Pegaso Belerofonte,
en su mismo esplendor amanecía,
el antípoda adusto le seguía
con la fuerte celada a largo paso,
que a la espalda del sol sirvió de ocaso,
la obligación católica delante
del Jupiter de España semejante
a Carlos, su divino bisabuelo,
rayos nacidos en el mismo cielo;
a un monstruo hersiarca disparaba,
que de las propias nubes se formaba.
La Fe sobre los hombros le ponía
el peso, que contento recibía
de dos alados niños ayudado,
que alivian a los reyes el cuidado.
Viendo Naturaleza el gran portento,
la majestad del cuadro, el fundamento,
el arte y la moral filosofía,
y a Felipe, que casi hablar quería,
dijo: "Por mucho estudio que pusiera,
no es posible que yo mejor le hiciera;
Felipe es Alejandro, tenga Apeles,
que yo doy por bien hurtados mis pinceles".


BAILARINA OYENDO TOCAR ÓRGANO EN UNA CATEDRAL GÓTICA -JOAN MIRÓ- (de Jesús Hilario Tundidor)



De pronto el viento, el aire, la humedad y la vida
en un río sin cauces, sin riberas ni chopos
caen
desde el órgano múltiple y toda
la ternura ojival allí penetra.

Ciegas arquerías, toral mirada múltiple
aleteo de Dios, estrellas
que aún perduran, como palomas cuya
soledad no es la muerte. Pero
¿dónde la danza, el paso
que extiende el pie desde un rojo remoto
que fluye? ¿Dónde el delicado pezón que se abre
a un ritmo, el movimiento, su eternidad
perecedera? ¿Qué exedras, qué ámbitos
infinitos del templo, lo corcovo
del contrapunto y alma y quién diría?
¿Dónde tú, poseedora
de la hermosura, brevísima cintura,
magia o tobillo a quien indefinida
mente asiste la realidad?                                                         
La realidad que nace,
que se escucha nacer y hacerse forma,
línea delgada que organiza el sueño.
Y así se oye un color: azul
mediterráneo canta
el mar, un rojo limpio, blancos... Inocente
universo, vulnerado vacío,
intimidad en cuya hondura el órgano
dilata la frontera
del ser y cálido
en su ardor allí ilumina.

De pronto el viento, el aire, la humedad, y la vida
llegan.
Joan Miró contemplaba y ahora existen. 
 Bailarina oyendo tocar órgano en un catedral gótica
Joan Miró


TROMPE L´OEIL (de Jaime Gil de Biedma)




                   A la pintura de Paco Todó


Indiscutiblemente no es un mundo
para vivir en él.


Esas antenas,
cuyas complicaciones, sobre el papel, adquieren
una excesiva deliberación,
y lo mismo esos barcos como cisternas madres
amamantando a los remolcadores,
son la flora y la fauna de un reino manual,
de una experiencia literal
mejor organizada que la nuestra.


Aunque la vaguedad quede en el fondo
- la dulce vaguedad del sentimiento,
que decía Espronceda -, suavizando
nuestra visión del tándem y la azada,
de todos cuantos útiles importa conocer.

(Como aquellos paisajes, en la Geografía
Elemental de Efetedé,
con ríos y montañas abriéndose hacia el mar,
mientras el tren, en primer término,
enfila el viaducto junto a la carretera,
por donde rueda solitariamente
un automóvil Ford, Modelo T.)


Que la satisfacción de la nostalgia
por el reino ordenado, grande y misterioso
de la tercera realidad
no sólo está en el vino y en las categorías:
también hacen soñar estas imágenes
con un mundo mejor.


Las lecciones de cosas siempre han sido románticas
- posiblemente porque interpretamos
los detalles al pie de la letra
y el conjunto en sentido figurado.



VENUS ANADIOMENA, POR INGRES (de José Emilio Pacheco)





            

J. Auguste Dominique Ingres 1848. Musée Condé, Chantilly, Francia.


   








     No era preciso eternizarse, muchacha.
     Y ahora tu desnudez llega radiante
     desde un amanecer interminable.
     Invento de la luz, ala de espuma,
     surges de las profundidades más azules.
     Arena siempre nueva y no ceniza
     judeocristiana, isla
     de eterno amor entre las tempestades.
     En el cuadro rehecho sin sosiego
     tu carne perdurable es joven siempre.
     El mar se hiende atónito y observa
     otra vez el milagro.












 


PESCADOR DE SOLES (de León Gil)

 


































 
 Que nadie toque este
sol delicado
en cuyo ojo sombrío
alguien vigila.
Thomas Merton


Ah, mi querido y descabellado y descabezado y
desorejado
Vincent Van Gogh
cómo diablos no se te ocurrió pensar
que no se puede ser un gran pescador de soles
sin arriesgar a la vez con ello
por lo menos una mano la fortuna el amor o una oreja… 


Con lo peligroso que es lanzar arpones
contra los dragones del cielo.
Y tú
        temerario
                        alucinado
                                        compulsivo
                                                           casi loco
persiguiendo a los astros día y noche
por el cielo
                  por el mar
                                   y por la tierra,
para después salir por ahí
con los bolsillos llenos de soles
o disfrazado de constelación
con 12 estrellas prendidas en un sombrero…

¡Abusando del fuego sacro!
sabiendo perfectamente
que frente a él
todas las alas y todas las manos
resultan ser de cera.

Pobre Ícaro
has atrapado al sol
y el sol te ha  abrasado. 





SEÑALES DE UN AUTORRETRATO (de Nelson Romero Guzmán)

Autorretrato con oreja cortada, Van Gogh, 1889, Courtauld Gallery





Que algo suceda en la parte oculta de la tela:
un crimen por ejemplo, y en la escena
unos ojos al revés y una oreja vendada.
Todo ocurrido como en un día sin fecha.
Sólo así nos regalas la confianza
de que la culpa no es del cuchillo que mutila,
sino de la mano que trazó, de un crimen, la gloria.











RECUERDOS DE TOLEDO. LA CATEDRAL (de José Zorrila)




             
                     INTRODUCCIÓN

   Ese montón de piedras hacinadas,
morenas con el sol que se desploma,
monstruo negro de escamas erizadas
que alienta luz y música y aroma;
   a quien un pueblo inválido rodea
con pies de religión, frente de miedo,
que tan noble lugar mancha y afea,
es catedral de lo que fue Toledo.
    Pálida y triste, pobre y abatida,
llora el favor de los hundidos años;
reina sin corte, anciana y desvalida,
por sus hijos robada y los extraños.
    Por vestir el espectro de su nada,
hoy convoca sus hijos a las fiestas,
celebrando su mal, desesperada,
con campanas, con órganos y orquestas.
    Gigante que, muriendo en la llanura
a manos de contrario más valiente,
con voz tremenda su venganza jura,
y fuerza y vida en sus palabras miente.
    Una tribu elegante y voluptuosa
de otro país de fuentes y de flores,
los cimientos fundó donde reposa,
para otro Dios de guerras y de amores.
    Y un rey, o más piadoso o más prudente,
cambióla en templo por sellar su gloria;
y tal vez dijo al Dios omnipotente:
tuyo es el nombre, mía la memoria.
    Quedóse al fin en templo consagrado
del sumo Dios bajo el excelso nombre,
para ser a los tiempos revelado
como página histórica de un hombre.
    Mas apilando el tiempo los despojos
de los mismos valientes que la hicieron,
vasto sepulcro levantó a sus ojos
donde un palacio levantar creyeron.
    Y hoy, al caer del templo la grandeza,
muestra el coloso, al expirar su imperio,
que ha cobijado su mortal corteza
templo, historia, palacio y cementerio.





                    I.

    Con ceño sombrío mira
el Tajo, que a sus pies corre,
y al despecho que la inspira,
con las gargantas suspira
de sus campanas la torre.
    Que tiene para consuelo
en su abatimiento y mengua,
la frente cerca del cielo,
y para hablar con el suelo
trece campanas por lengua.
    Con tan gigante armonía
todo su cuerpo estremece,
y al oírla se creería
que crece así su alegría
cuanto su estrépito crece.
    A ese clamor tan violento,
incapaz de tanto ruido,
vibra fatigado el viento,
dejando el confuso acento
por la atmósfera perdido.
    Que en su canto desigual
hay música tan liviana,
que en su murmullo infernal
canta y llora y ríe insana
con sus lenguas de metal.
    Que ellas pregonando van
lo que sus clamores son,
que a veces tristes están
pidiendo por los que van

a eterna condenación.
    Y en su clamor muestran bien
otras el alegre fin,
pues revoltosas se ven
cual si colgadas estén
por heraldos de un festín.
    Otras, en su inquieto afán,
ruedan y vibran, según
con los clamores que dan
al mundo anunciando están
placer o luto común.
    Y en vez de agudo esquilón,
de la tarde anuncia el fin
el doblar de la oración,
que apaga su ronco son
del horizonte al confín.
    A su movimiento enorme
rueda en el cóncavo hueco
de la bóveda el informe
postrer quejido del eco
con vibración uniforme.
    A su paso estremecidas
oscilan allá en las sombras
las lámparas suspendidas,
dibujando en las alfombras
sombras y luz confundidas.
    Cobra entonces movimiento
todo el templo y se estremece,
cual fantasma de un momento
que alza el rostro macilento
y al punto, se desvanece.
    Van luego dejando ver
los vacilantes reflejos,
las sombras al repeler,
los objetos a lo lejos
sus formas desenvolver.
    Se van mostrando despacio
las verjas de oro amarillas,
canceles de aquel palacio
que dividen el espacio
de la nave y las capillas.
    Se ven en turbios colores
detrás de los altos hierros,
entre marmóreas labores
cumpliendo así sus destierros,
dormidos los fundadores.
    Se ven al rayar el día
en los pintados cristales,
cómo luchan a porfía
la claridad que lucía,
y los rayos matinales.
    Entonces el sol brillante
que a las ventanas asoma,
su fogosa luz gigante
en la llama agonizante
de las lámparas desploma.
    Dejan torre y capitel,
y entran por los rosetones
las sombras huyendo dél,
plegándose en los rincones
en fantástico tropel.
    La luz, del templo señora,
por el templo derramada,
saluda al Dios que ella adora
por las losas prosternada
ante el ara que colora.
    Ciñe la bóveda, avara,
y en los robustos pilares
se quiebra picante y clara,
y bulliciosa se ampara
del oro de los altares.
    Que joven y rica y bella,
en la riqueza se posa,
y en los diamantes destella,
y en la joya más vistosa
para competir con ella.
    Porque el astro rey la envía
a que sus galas ostente,
y en la bóveda sombría
vierta la lumbre del día
revoltosa y transparente.

 

                     
                                II.

    Se oyen después los pasos mesurados
del sacerdote, y la crujiente seda
del manto, que, los lienzos desplegados,
por el sonoro pavimento rueda,
    cual si al cruzar se oyera el vago aliento
con que a cumplir con su misión le incitan,
soplando bajo el mudo pavimento,
las osamentas que a sus pies dormitan.
    Se coronan de antorchas los altares,
se sienten rechinar las verjas de oro,
se escuchan los católicos cantares
vibrar sublimes desde el hondo coro.
    Se ve el pueblo llegar, y reverente
postrarse humilde, y bendecir la vida,
y alzar del suelo la humillada frente,
de la luz de los ángeles ceñida.
    Y se alza del altar la voz tremenda
que las palabras del Señor repite,
cantadas porque el pueblo las comprenda
solemnes porque el pueblo las medite.
    Y el órgano despliega rebramando
la voz robusta de las trompas de oro,
como por la cascada caen rodando
aguas y espumas en tropel sonoro.

    Y en los aires a torrentes
vierte la música santa
por la céntuple garganta
de los tubos de metal;
y en sus cánticos remeda,
con el prolongado acento,
el ronco bramar del viento
o el crujir del vendaval.
    O finge en son temeroso
la aguda lengüetería
la discorde gritería
del infierno en rebelión;
o con lamento apagado
canta al justo moribundo
saliendo alegre del mundo
sin ira en el corazón.
    Canta el placer de la esposa
que inquieta al esposo aguarda,
canta al esposo que tarda
a sus puertas en llamar;
O entonando del profeta
la sacrosanta salmodia,
sublimemente parodia
el fuego de su cantar.
    Y llora con Jeremías,
y entona en arpa de flores
los voluptuosos amores
del sabio rey Salomón;
canta los cedros del Líbano,
la castidad de Susana,
y Jezabel la profana,
y el vigoroso Sansón.
    O en tonos más desmayados
la postrera despedida
que dio a la penosa vida
el Hacedor de la luz;
o más lánguido remeda
las lágrimas de María
cuando en el terrible día
lloraba al pie de la cruz.
    Mas, pasan las santas horas
y cesa la voz que canta,
y el pueblo, que se levanta,
murmura a su vez también:
se oye el rumor de sus pasos
que por las naves se alejan,
y las capillas que dejan,
abandonadas se ven.
    Apenas un sacerdote
que sordas preces murmura
cruza con planta insegura
por delante de un altar.
Se oyen correr los cerrojos
y las cortinas de seda,
y hacinadas en manojos
se oyen las llaves chocar,
    No queda en el santo templo
más que el ambiente de aroma,
la luz del sol que se asoma
por el pintado cristal;
las tumbas de las capillas
y los pálidos reflejos
de lámparas que a lo lejos
penden de un arco ojival.
    Pasa el sol, viene la tarde,
y el día desaparece,
y la negra sombra crece,
y su imperio vuelve a ser.
Se estrella por fuera el viento
en la calada ventana,
y lo que ayer fue mañana,
mañana se dice: ayer.
 

 Autor de las fotografías: DAVID UTRILLA
 cedidas para ilustrar el poema "Recuerdos de Toledo. La catedral" de José Zorrilla