LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

EL HAYEDO DE HODLER (de Robert Walser)

          Desayuné opíparamente, pero no debería decirlo tan alto en una época en la que las naturalezas delicadas portan la más brutal cantidad de preocupaciones sobre sus hombros. Después dirigí mis pasos, los pasos de una persona que parece estar en la cima de su época, hacia el monumento de Oskar Bider, caminé a su alrededor y capte su belleza. Mi discreta opinión es que uno hace bien en respetar una obra de arte encargada por el municipio o el Estado a un artista y erigida en tal o cual plaza. La mayoría de nuestros conciudadanos se creen capaces de soltar en público su retahíla, quiero decir su opinión, como si comprendieran al momento cualquier otra obra, arrogándose el derecho a lanzar comentarios despectivos cuando no ocurre así.
      Vi entonces la reproducción de un cuadro expuesta en el escaparate de una librería. Me detuve allí satisfecho, rejuvenecido. Aún reía disimuladamente por la crítica descargada ante el monumento de Biber. Allí se habían manifestado opiniones  temidamente cómicas. En ese momento recordé que en su día vi el original de este cuadro en casa de su propietaria. Colgaba en una de esas habitaciones para lacayos, valga la expresión. En fin, en algún sitio han de emplazarse los cuadros, porque la casa estaba repleta de pintura exquisita, y la mujer que consideraba suyo todo eso se asemejaba a una figurita, y yo tomé el té en su compañía, y mi comportamiento impecable fue digno de verse. También ofrecieron emparedados, y mientras los saboreaba conduje la conversación a Spitteller, y cuando salimos de la villa mi amigo se creyó obligado a confesar que nunca habría imaginado que pudiera comportarme con semejante corrección; miré, pues, la reproducción y algo gritó en mi interior: “¡Maravilloso estudio!”.
      En efecto, uno contemplaba un hayedo desnudo en invierno, reproducido con absoluta fidelidad, El cuadro es obra de Hodler pero, al margen de ese detalle, ser de otro autor más desconocido no menguaría su valor y placer. De los troncos esbeltos, claros y finos penden aquí y allá algunas hojas rumorosas. Uno oye formalmente su susurro invernal, que juzga alegre. A lo mejor el cuadro no representa mucho. No se puede hacer alarde de un pequeño hayedo, razón por la cual subió quizá a la pequeña buhardilla, desde donde, dicho sea de paso, se disfruta de una vista deliciosa. Abajo extiende un lago parecido a la seda, a un vestido de señora de la más decentísima transparencia, y aquí ante el comercio de arte volví a encontrar ahora el cuadro en el que un gélido viento invernal, no muy fuerte, azota el bosque. Peor lo que es grandioso es que usted no ve cómo están pintados en el cuadro el frío y el aire gélido, y la oscilación de esas pocas hojas  también está pintada, y sobe el bosque se despliega un cielo de un azul frío, que pasa de azul invernal al verde, convirtiéndose en un trasunto tan fiel de lo realmente vivido que pocos ejemplos hay tan convincentes.
     Si este cuadro fuera mío, a lo mejor tanbien lo subiría a una buhardilla, porque no es un cuadro de salón. Al contemplar una reproducción tan maravillosa del invierno, uno se mete sin querer las manos en los bolsillos. En el bosque trajina un hombre, y entonces te percatas, lo sientes: el suelo esta helado y puedes ver mucho más allá del bosque, sales del bosque a la mas lejana lejanía, y con estas líneas quizá no haya dicho aún todo lo que cabría decir del cuadro, pero usted, lector, tal vez deduzca cuánto lo admiro.

Ferdinand Hodler, El hayedo (1885)



      

UTAGAWA HOROSHIGE (de Luis Javier Moreno)



                                    Retrato póstumo a la memoria de Hiroshige (1858), de Utagawa Kunesida  

 
Señor (a su patrono se dirige)
soy un anciano, he conocido el mundo
de los hombres… Los hombres y las bestias;
visto el movimiento de los astros
y el peso de los años sobre el cosmos
arreglando montones de ceniza.
Con respeto le adjunto mis últimos dibujos.

Interrumpe la carta, mira al cielo
del último verano de su vida…
En el jardín de su pequeña casa
ha tallado la mesa donde escribe,
sobre la que dibuja, en la que el mundo
se ajusta al trazo de sus de sus horizontes.
Cierra los ojos. En el castillo de Edo
su padre desempeña, y él le ayuda,
las tareas del fuego y los jardines.
Tiene diez años, la melancolía
se ciñe a los recuerdos de su infancia.
No hace falta más leña, dice el padre,
y entre las formas móviles del fuego
el rojo le otorgó sus gamas para siempre;
desde el comienzo rosa de la llama
al morado final de los rescoldos.

Su corazón anhela otras labores.
Es invierno, ha nevado;
De los adarves de la fortaleza
sigue hasta el horizonte la extensión de la nieve,
en el dominio de su blanco intenso.
se persiguen las noches y los días
la expectativa, el arrepentimiento,
sus miles de dibujos y los viajes
por ciudades, aldeas, cordilleras,
cuyas formas exactas reproduce
con el criterio de su verdad en arte;
Las cosas son las cosas, en ellas y en su estampa.

La luna, el aire, los atardeceres, 
el agua zul, la nieve, las tormentas 
son los agentes de su movimiento. 
De su reposo: bóveda y hondura. 
La sutileza de las diagonales: 
una tenues figuras a la orilla de un río, 
de mujeres paradas y vestidas de oscuro. 

De amarillo, de verde, blanco, rojo, 
azul, rosa, morado, negro y ocre, 
van variando las formas en los pliegos, 
ajustando el contorno de las islas, 
el vuelo de un alondra bajo el blanco 
círculo plateado de la luna….

Vuelve a la carta, habla sobre el dinero 
que debe reembolsársele a su hija… 
Hija querida, resistente mía, 
perdona mi torpeza y poca maña 
por no haberte logrado más decoro, 
mayores casas y mejores trajes…. 
Los inviernos lo han hecho. 
He llorado a menudo por todas estas cosas 
en los últimos años de mi vida. 
Japón son las aldeas que he pintado, 
las islas de edad nueva que yo he visto, 
mis árboles, mis montes, mis paseos, 
mis puentes, barcos, ríos, garzas reales, 
el estallido blanco de las flores, 
la tersa suavidad de las camelias,
las bandera que agitan un viento a rachas.
Hice de la belleza y la armonía 
los meridianos de este paraíso
que enaltecen mis formas y colores. 
Nadie tiene por qué perdonarme que exista.






 Fuegos artificiales en el puente Ryōgoku




 Repentino lluvia sobre el puente Ohashi en Atake



 En el santuario de Akiba en Ukeji



  Jardín de ciruelos en Kamada 


  En el santuario de Kameido Tenjin 

 El mar frente a Satta en la provincia de Suruga



 El dique de Sumida en la capital oriental

 Los "cinco pinos" y el canal Onagigawa

El «pino para colgar la capa del monje» en el lago Senzoku



   El puente-tambor de Meguro y la «colina de la puesta del sol






EL CONDOTIERO ( de Antonio de Zayas)





Arden los ojos de la faz lampiña
tostada por el sol del Condotiero
era insaciable instinto carnicero
que no igualan las aves rapiña.


Tesón denuncia en la sangrienta riña
de su labio carmín frunce fiero,
y en su nombre no más, infausto agüero
en el vasto confín de la campiña.


Pecho de gladiador, cuello de atleta,
licenciosas costumbres de asesino,
y dúctil corazón de artista grande,


nada la da pavor, nada le inquieta,
y entre los dados y el amor y el vino
saca el puñal e impávido lo blande.


 Il Condottiere. 
Antonello da Messina, 1475. 
Museo del Louvre, París.

PETERSEN: KLEISEN Y UN HOMBRE (de George Szirte)




He visto la eternidad y es como esto:
un hombre y una mujer bailan en el bar
de una calle miserable sobre un suelo polvoriento.

Todo ceñido conjura y desespera,
a un punto entre la violencia y la abyección,
entre la calidez y el miedo agorafóbico.

Permítaseme trastocarlo y aceptar el miedo.
Permítaseme abatir todas las objeciones 
a la abyección,
pues la vida misma está desesperada

y debe pisar el suelo sucio
con cuidado, amorosamente, mientras el bar

se suspende en la eternidad. Como esto.

 
Fotografía de Anders Petersen / 1970

OFELIA LOCA (de Maite Pérez Larumbe)




 Sobre una tela de Millais

Abandonó el cortejo de doncellas,
las coronas de pámpanos.
La triste prefirió
el cristal seductor de la corriente.


No sólo el cuerpo lívido, las ojeras de escarcha,
la febril precisión de la amargura,
la hierba indiferente, la hermosa adormidera del tiempo
detenido,
sino la mano sola,
entregada a la música del musgo
flotando en el abismo de la flores azules, peligrosas,
hallándose en el hueco de la muerte
como primer recinto, única lucidez
para encajar los golpes de la fortuna adversa.


DIANA SORPRENDIDA POR UN FAUNO - Apunte sobre un cuadro de Van Dyck- (de Abelardo Linares)



Diana y una ninfa sorprendidas por un sátiro. Van Dyck, (1622-1627), Museo del Prado, Madrid


El pastoso verdor de la floresta
hace la luz más rubia y en la fuente
el azul resplandece. Vela el aire
una gasa sutil que difumina
perfiles y contornos, devolviéndoles
esa irrealidad de todo sueño.
Su celeste hermosura rescatada
de toda imperfección.        
                                                        Y cristalina 
la carne se columbra, esplendorosa,
en escorzo imprevisto. Todo asombro
para este semidiós de pies de chivo
extático y ardiente, ya atrapado
en su mirar que es llama, llama él mismo,
incontenible, audaz, vertiginosa.

La realidad pujante se desvela
en suavísimos tonos, y él, atento
tan sólo a su deseo, a la belleza
que contempla feliz, ni aún acierta
a ocultarse entre ramas.
                                                       Ya se inicia
la fuga de la diosa, y sólo un gesto,
que intenta ser de miedo y casi es gozo,
delata su sorpresa. Inutílmente
quieren velar sus manos, con un torpe
además impaciente, su belleza,
Que mientras más se cubre, más descubre.



MANSEDUMBRE DE OBRA (de Ramón Gaya)


Acude entero el ser, y, más severa,
también acude el alma, si el trazado,
ni justo ni preciso, ha tropezado,
de pronto, con la carne verdadera.

Pintar no es acertar a la ligera,
ni es tapar, sofocar, dejar cegado
ese abismo que ha sido encomendado
a la sed y al silencio de la espera.

Lo pintado no es nada: es una cita
–sin nosotros, sin lienzo, sin pintura–
entre un algo escondido y lo aparente.

Si todo, puntual, se precipita,
la mano del pintor –su mano impura–
no se afana, se aquieta mansamente.





¿QUÉ VIO LA BRUJA DE GOYA EN SU VUELO? (de Juan Manuel Roca)




Cuando su fiel amigo,
Un diablo cojuelo,
La invitó a levantar
Uno a uno los tejados del reino,
No vio nada
Que no supiera ya su padre,
Un pintor sordo y temerario:
Judíos más allá
De los confines de la corte,
Un imperio cainita que reparte
Quijadas de asnos entre hermanos,
Un carnaval
De desvaríos y disfraces.
¿Acaso vio la remesa de enanos
Llegados al reino
Desde Polonia e Italia
Y, sin burla alguna,
Desde los Países Bajos?
De esos feudos llegó
Un bufón tan pequeño
Que traía noticias del subsuelo.
¿Pudo ver el mercado de lazarillos
Que fingían visiones
Y ocultaban sucesos?
¿Vio venir al caudillo
Como a un viejo flautista
Que conduce la turba al precipicio?
Quizá escuchara los trucos
De Quevedo y Velázquez
Para hacerle esguinces a la muerte.
O tal vez,
Los primeros trazos del pintor
Al fijar en el lienzo
El retrato de su amigo,
Poeta de frente amplia
Y de labios mezquinos.
¿Vio el comercio
De grilletes de hierro
En un siglo de oro?
Cuando la corte enviaba enanos
De regalo a la nobleza
Como quien ordena una caravana
De espejos deformes,
La “linda maestra”
Llevaba en ancas de su escoba
Una bruja novicia
Que ocultaba su cara.
Podemos dudar de la existencia
De un dios de la guerra
Concebido a imagen y semejanza
De un regimiento de enanos
Como Mari Bárbola,
Barbarroja, Bonamí o Pertusato.
Solo un dios benigno aceptaría
Tan horrible semejanza,
Pero la clerigalla,
Frailes y trotaconventos,
Hacedores de espejos ciegos
Y doctores del Santo Oficio,
No podrían creer tantas bondades.
Goya y Velázquez,
El perdulario Quevedo
Y el anónimo Lázaro de Tormes,
Vieron el reverso de la historia.
Ellos atraparon sin recelo
Una galería de espantos:
Los jorobados
Que parecen llevar un morral
De piel en sus espaldas,
Los títeres sin cabeza,
Los deshechos y contrahechos,
Los cojos y los fusilados.
¿Por qué la bruja novicia
Que acompaña a la hechicera
Esconde su rostro
En la giba de la maestra?
Podríamos pensar,
Siendo una mujer desconocida
Nacida en una casta de rapaces,
Que se cubra para no ver
Desde el aire nocturno
Los poblados de la razón
Y su cosecha de monstruos
O los reyes vestidos de púrpura
Que ordenan iniciar
El baile teratológico
De la “tiniebla viviente”.

SANTO DE PALO (de Pedro Salinas)




¿Quién escogió aquel árbol, de entre todos?
¿Qué mirada, en silencio, dijo: ¡Ése!
¿Qué hacha le libró de la conforme
servidumbre selvática,
de la insensible pena de ser bosque?

Ahora a sus pies
arden las llamas, llamas menudas día y noche;
por cada llama alguien quiere una cosa.
de aquellos mismos campos donde estuvo,
vienen
sus hermanos menores, exquisitas
criaturas, las flores; se le apiñan
allí junto, en los búcaros.
Un hálito que brota de sus cálices,
un frescor que traducen de los cielos,
le dicen delicada-
mente que abril ya llueve.
“Nosotros, pecadores,
sí, por nosotros reza, pecadores”
Trascendida madera,
si ahora le devolvieran a su suelo,
allí entre sus hermanos arraigados,
que empiezan a echar hoja,
a él, sin raíces, y su tronco,
de oro, todo y colores,
de humanidad, su tronco disfrazado,
sus familiares de antes, vegetales,
con voces de extrañeza le hablarían.

"¿Quién eres tú? ¿Dónde tus ramas, dónde
las hojas que solías?
¿No sientes ya que el viento te hace música?
¿De dónde te sacaron la mirada
y su tristeza? ¿Dónde están tus nidos?
¿Los pájaros, te quieren?
¿Vienen en ti a vivirse, todavía?"
"Nosotros, pecadores,
sí, por nosotros reza, pecadores."

"Soy santo. Mis raíces
son la vida y la muerte de un hombre de hace siglos.
Soy su carne, sin carne.
Ni mi cuerpo ni el suyo
de pecado supieron; así, iguales.
Mi cielo no es el vuestro, está más alto.
Hombres, mujeres, vienen, se me hinojan,
hablan bajo; yo entiendo y no los oigo.
Alzan a mí miradas tan profundas
que las siento con algo que no es mío,
que no es vuestro, es de él.
Separado nos han, hermanos vegetales,
ya de tanto rezarme, ya de tanto
quererme. Vuestro hermano aún soy en las entrañas
sordas de la materia primitiva.
De vosotros me siento
cuando el calor de agosto, entre mis fibras
me chasca la pintura. Pero alguien
entre vetas y nudos,
como los vuestros, que en ceniza acaban,
me ha encendido,
arder que no termina, luz de inmortalidad:
me ha puesto un alma.
Susurros suplicantes
allí, a mis pies, el aire de los rezos,
ese es mi viento.
Y las almas, ahora, son mis pájaros".



ELEGÍA A JAVIER WINTHUYSSEN, PINTOR Y JARDINERO (de Adriano del Valle)


Javier Winthuysen Losada (Sevilla, 1874 - 1956)










Enjardinado con la luz del alba,
fauno de fuentes, domador de ríos,
oso floricultor con piel de pétalos
que apacentara flores en rebaños,

se nos subió a pintar, así San Lucas,
a la región de la que no se vuelve.
Si él hace buenas migas con los ángeles,
algunos de ellos le dará sus alas

diciéndole, en su lengua de arco iris,
"Toma, Javier; no quiero que te canses".
Y alegre volará con sus colores

e irá a pintar el solio de los Santos.
Murió cuando crecía para estatua
o, noblemente anciano, para roble.






Jardín de Monforte. Valencia

DEL ENTIERRO DE LAS MENINAS Y OTROS ASUNTOS (de Juan Manuel Roca)





                                     I.

No es de suyo permitido asistir a un entierro a los bufones.
Ni Mari Bárbola ni Nicolás Pertusato, enanos de la corte,
Ni siquiera la infanta Margarita María asisten
Al entierro de las Meninas, damas de honor dignas
Del más blanco Alcázar. El pintor ha muerto antes
Que las Meninas, aunque allí lo veamos, con su pincel
Y su paleta, de seguro pintando el cuadro donde
Ocurre el universo. El perro Fides, el fiel
Can que soporta las patadas menudas del enano,
Quizá ladre a su sombra en la eternidad. José Nieto, aposentador
De la Reina, ya se fue de la puerta, andando en puntillas
Por senderos de bruma, por los fríos salones del Escorial.
El espejo, descongelado, ha engullido
Los torsos, las manchas tutelares de los soberanos.
Don Diego sopla un aliento humano a la infanta, a las Meninas
Y bufones, y hasta el perro tiene algo de triste humanidad.
No así los reyes, flotantes en el cristal como si fueran
Más reflejo que mirada, más eco del espejo que del mundo
No es de suyo permitido asistir a un entierro a los bufones.


                                II.

Pero es de ley que asistan a su propio entierro los bufones.
Lejos del lienzo, lejos de Velásquez, lejos del viejo Imperio,
Su Beatífica excrecencia llama, de nuevo, a sus payasos.
La noche es vieja desdentada, madrastra de un país
Que no conoce el sueño. Un cartel los llama por su paga:
Botones de hojalata, flores tardías, lentes ahumados
Para no ver las carnes del Rey que va desnudo por las calles.
Una luna frugal para su hastío: la bufonería, los poetastros
Lamen su pan, alquilan las cabezas para comprarse un sombrero.
Es de ley que asistan a su entierro los bufones
Cuando cruza la tarde, desangrando rosas.
Más enanos que Mari Bárbola, mucho más que Pertusato,
Los cortesanos, donde uno mire, los huecos cortesanos,
Reyes sin trono, torres sin almenas, ruecas sin hilo.
Por allí cruza la tarde, desangrando rosas.