LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

LAS ROSAS DE HELIOGÁBALO –Lawrence Alma-Tadema- (de Jesús Ponce Cárdenas)


Oggi ha l’uomo la morte anco ne’ foiri
Pietro Casaburi

Avizora y oscuramente sonríe,
inerme contiene sus latidos
como un anciano
que sostiene al corcel las riendas
de un ámbar acre
en reflexivo ademán.
Cada risa era un epitafio
en la copa de la pelvis:
los pétalos caían como dulces párpados mortales
en un revuelo de opalinas, vegetales mariposas.

La rosas de Heliogábalo. Luwrence Alma- Tadema, 1888




REBELIÓN DE ARTISTAS NEOCLÁSICOS (de Luis Antonio de Villena)



Jeunes filles au bord de la mer - Pierre Puvis de Chavannes - Musée d'Orsay


Ya mayor, el profesor Sendón estudiaba 
- encerrado en un despacho del Museo - 
ese liezo silencioso de Puvis de Chavannes 
con tres muchachas claras y un mar quieto... 
El profesor - sólo un foco sobre el cuadro - 
se quedó dormido. En una mesa adjunta 
su cuaderno de notas - entre croquis - decía: 
¿Quién podría saber mirar de espaldas? 

                            * * *

Tres horas después - lo dijo el reloj - 
Gustavo Sendón abrió mucho los ojos 
y vió como salía, muy despacio, del cuadro 
la más cercana chica, la que está recostada, 
y mira al espectador con raro tedio 
o frágil sensación de la melancolía...
Desnuda y abundantísima melena roja, 
con una gran tela blanca (modelo de academia) 
enroscada a las piernas fuertes y carne suave, 
hizo la doncella al profesor un gesto, 
en señal de acogida o de paz profunda, 
y sentándose en la mesa, le habló, sin ruido. 

                             * * *


Amigo, qué seco estás de corazón, qué cansado... 
Nada. ¡Alma, bendito dios de la palabras blancas! 
El territorio suyo no coincidirá con el país 
de la ley, ni la gente toda con el vuelo del ibis... 
Estás - lo sé - a punto de borrar tus líneas. 
Has tejido tanto las fibras que el tapiz 
- lo comprendo - ha perdido, en grumos, la figura. 
¡Hablaste en exceso de los gandes moribundos, 
y miras tú mismo ilustre la agonía! 
Amigo: El miedo va a librarte muy pronto del miedo...
Y aunque tu enorme túmulo complejo de razones 
aún no se acerque al recinto verdadero 
- porque el recinto es un vieje, lejano y largo - 
debes saber que al perdonarte te perdonan 
y al gozarte, gozan. Y en la abundancia cordial 
abundan en ti todos. Y aunque no lo creas, 
ni viendo este sol sin sol y esta playa 
sin ruido ni viento, lúcida de muchas caracolas, 
debes saber que instante es ese, ese 
que tan efímero parece devorar su mismo cuerpo...
¡Ah, si un Ángel de la Eternidad pudiese verte!  

                               * * *

Yo - me dijo el prefeso Sendón, 
mostrándome la reporducción del Puvis - 
he vivido y vivo en un borde de muerte. 
Agonizante, quizá por eso (como a pobres orates) 
acaso por la ruina de mi sensibilidad, 
aquella mujer - lo que fuese - lo habló. 
De espaldas no venos las monedas. 
Pero, fíjese, sí es posible escuchar su sonido...


DIVISIBILIDAD INDEFINIDA (de Guillermo Carnero)



 
Divisibilidad indefinida, 1942. Ives Tanguy. Galeria de Arte Albright Knox, Buffalo,Nueva York


Ives  Tanguy

Un impasible pájaro reposa sobre el mar:
con las alas cobija el filo de los límites,
amordaza en su fuente la fuerza de los vientos
y sus plumas caudales tocan el finisterre.
 
El rumor de su sombra desorienta y extingue
el arroyo que fluye en la caverna
y extirpa con agujas de betún y azabache
la gota que serpea en la tela de araña.
 
Desdibuja en un prisma de esfumados cristales
la chispa geminada de los ojos del tigre
y apaga en un susurro de inundados helechos
el sueño de rubíes que atisba la serpiente.
 
El pétalo se quiebra doblegado
cual si lo castigara con su mínimo peso
una constante gota sucesiva
 
y sobre las corolas que no brillan ni ascienden
y derraman su seda sin color
en ocioso reptar vitrificado
cruzarían sin rumbo erráticas abejas.
 
En el halo glacial del horizonte
retiene el terso mar la gris parábola
en esfumado indicio de su esfera
inconmovible, fija y apagada.
 
Redonda, lisa, tensa, luminosa,
azulada e inmóvil la pupila del lince,
sin que el transcurso de una forma rápida
fuera a cruzarla curvo y abreviado.
Fluye el silencio en ondas de blancura
desde sus doce aristas minerales
donde se encierra congelada y turbia
la inerte vacuidad cristalizada
 
y así crece la paz, sorda y entera
en haces de fulgor estrangulado
hasta la ojiva de invisible hielo
donde convergen mansos y se anudan.
 
Hace tiempo que habito este lugar
y lo contemplo inmóvil, aquietado e incólume:
ya no tomo por pasos o murmullos o risas
los ecos del caer de las gotas de agua.
 
Admiro la pureza con que las diagonales
dominan limpiamente la gala del vacío
y trazan en el aire las lindes de su altura,
grácilmente centrada por un punto incoloro.
 
Aquí vuelcan las formas su plasma desleído
en el gran vertedero de los sentidos planos
y se pudre la línea y la llaga del tacto
como cae la piedra hacia el fondo del pozo.
 
La mirada precisa los puntos cardinales
y girando a su imán se ofusca y pierde,
inventando un lugar en el arco infinito,
redondez engañosa que finge la distancia.
 
¿Quién quebrará las puertas de la luz?
 
Un calor que licúe los metales preciosos
de la abyección y del conocimiento,
un pie grácil que humille y desordene
las palabras caídas que el miedo y la belleza
amontonan y pudren en su otoño,
una voz como cúpula dorada
combando el clarear del sol naciente,
la que descorre el velo,
la que trae de vuelta al alejado.


RILKE, RETRATADO POR PAULA MODERSOHN-BECKER, 1906 (de Cees Nooteboom)


Aquí está Rilke, en 1906,
la cara leprosa de poemas,
ojos sólo pupilas, negras canicas
en la acera de la muerte.

El cuello alto y rígido, las orejas añadidas
con un mancha en medio
que oye lo que el mundo niega
antes de que empiece el hacer.

No es el retrato de un cuerpo,
es un réquiem del revés vuelto
con un cuchillo de sonetos,
belleza corrompida y calcinada.

No hay aquí condesas ni princesas,
el peinado recorta en esa frente
una plaza rebosante de horror,

aquí tan sólo la boca del luto.



JUDITH Y HOLOFERNES -Caravaggio- (de Jesús Ponce Cárdenas)

                                                    
                                                          Revuelto con el ansia el rojo velo
                                                          del pabellón
                                                                                         Lope de Vega
                                 I

Desconocen los sabios
que en la remota adolescencia
pergeñé la luz marchita
de mi bisabuela, Filomena
Melandri: sus ojos inquisitivos
la alta nariz rapaz,
la sumida boca cruel.
Mnaïs dormía aún,
los muslos húmedos
de mi semilla reciente.
El sol del Trastevere
hacía nacer en su cabellera
undosa la majestad
prístina, el oro
de un crepúsculo
embarcado en el comercio secreto
de tósigos y alquimias.
La cabeza feroz y frágil
de mi ancestro puso en marcha
el canto de la sangre.
Mientras tomaba el amarillento
bosquejo, Mnaïs bostezó,
la fina Holanda y las cuentas de ámbar
enmarcaban la dalia
suave y rosa de los senos.
Tintineaban ajorcas
en los albos tobillos
delicados, invitando
a posar la cálida lengua.


                              II

La noche había sido larga.
Orsetto había hecho resonar
el oboe tenebroso,
no recuerdo el nombre
del citarista que besaba
al adolescente Biondino,
camaradas felinos, avaros
entre los muchachos de placer.
Flavia, Iris y Roxanna
danzaron en la alta noche,
volantes carmesíes y negro
intenso en sus ojos
ávidos como la Parca.
Clelia, de trenzas oscuras
y su fogosa grupa.
Después del esforzado
trabajo de Gelsomino Ligure,
tomé a Mnaïs con furia,
Mnaïs que dulce
tiene el angostura. Pudo
más el vino: apenas
acabé el tercer asalto.


                            III

La colación fue frugal:
restos de un frasquillo
de Venecia, una ensalada
compuesta a la usanza
del norte (achicoria,
flor de borraja, camuesa,
hierbabuena, lechuga,
diacitrón, albahaca,
pulpa de granada, olivas
y yema de huevo confitada),
oscuras ciruelas dulces.
Tras rendir tributo
a si ígnea belleza,
Mnaïs accedió a posar de nuevo.


                                 IV

El lienzo comienza a tomar forma.
Los mejores zarzillos de Flavia
(lazo negro de raso, perlas barruecas)
deslumbraban en el nácar
lobulado de Mnaís la cruel.
El perfil protervo
de mi bisabuela resonaba
en la escena como un crótalo
somnoliento, con la intensidad
solar de un curioso espectro.


                            V

La jornada acaba.
Pietro el herrero se quita el tizne
y reclama irónico sus monedas.
¡Dejarse retratar
por un varón dudoso
mientras la cortesana
finge cortarle a uno la cabeza!

Judith y Holofernes.  Caravaggio, 1599, Galería Nacional de Arte Antiguo,  Roma

RÉQUIEM POR UN POETA (de Leopoldo María Panero)



 (Death´s door. Sugerido por un dibujo de Blake)




Qué es mi alma, preguntas
a una imagen atado.
Es un dios en la sombra
rezándole a la sombra.
Es quizá un esclavo
lamiendo con su lengua las sobras de la vida.
La soga que en el cuello
llevábamos atada fácil es desatarla,
por cuanto es ilusión sólo, lo mismo que la vida, 

que el dolor y la muerte y el sueño del dinero.
La vejez dicen sólo responde a tu pregunta.
Una piel arrugada y un hombre al que avergüenza
mirarse al sediento espejo.
Un día moriré. Un día estaré solo,
un alce cabalgando en la calle, y el aire
será para mis ojos la señal de la huida.
Ya no serán manos mis manos,
ni un solo buen recuerdo
a la vida me ligará ya entonces.
Veré pasar un niño por la acera de espanto
y le preguntaré mi nombre si mañana renazco.




"LAS MENINAS" (de Vicente Aleixandre)



































El que mire al pasar en el salón cuidado 
verá una lápida fría, convenida expresión de un loor académico.
A un lado el vacuo espejo, comprobación inútil de una profundidad que sin vidrios se ahonda.
Y dos ventanas grandes, con colgantes cortinas
dirigiendo una luz que el pintor quiso libre.

Después... El mundo se abre en un rompiente súbito que desborda y no espanta.
Vertiéndose hacia ti que lo miras como si de una verdad profunda aquí cayese:
estuviese cayendo.
Roto un cielo que es mundo
total, ingresa un orbe por el rompiente: invade.
Ah, perpetua invasión rodando en orden, hacia ti que contemplas.
 
En esa material suma orgánica se adelanta diario
el más humilde ser, también quizá el más próximo:
el mastín que a tu mundo incorpora mediatamente el mundo donde tú aún no respiras.
La distancia, ese supremo arte del pintor que respeta, está aquí tensa, al borde,
y late con diafanidad, en su filo, ahora ya casi equívoco,
frente a ti humano mismo que eres ya de otro reino.
Nunca tú más pedido, tú la sola, la suprema respuesta a la enorme demanda.
Y casi salta o mira ese can que establece tu ser la atadura.
Realidad: fácil copia. Oh, verdad: más profunda.
Y esa ala más terrible de la luz no son plumas,
aunque tiemblen sus fuerzas.
Mas ve: Nicolasillo,
un instante detenido cuando pone su pie en la piel leonada,
grita o suspende un aire.
Maribárbola triste, Margarita, meninas: un ritmo del espacio, en su curva rodando.
Y allí, engarzado, el lienzo y su sombra: el pincel,
su pensamiento: un hombre.

Si aquí quedase todo, sin dimensión girara solo un mundo primero,
y el vasto allá, con cósmica alianza, solo un gemido fuese.
Pero en los ojos graves del pintor que no vemos, pues  que vemos su imagen,
se pinta el orbe a fondo.
Son las fuerzas que invaden el espacio las solas protagonistas vivas
de esos ojos oscuros.
Y no hay revelación de la sombra insondada, sino por esa espalda que es su luz: sombra ilustre.
Inmerso en tiempo está el espacio, y es la luz quien lo mide mientras se expande, exalta como puro universo.
Y va ganando ser, realidad, existencia: mientras crece en sus límites,
en la total conciencia de su existir, que es numen donde todo es presencia.
Experiencia de vida revelada, y la luz reconoce, y son formas.

Una oleada más, y allí está inmóvil ahora:
la dueña, el guardadamas: agua oscura; es la misma.
Y otra oleada, y más compartimentos de la luz, rota en fueras.
La puerta, y más allá la luz yéndose en fugas,
y una figura neutra sobre el gran fondo rútilo: José Nieto día a día.
Y aún más allá la otra, la suprema realidad delantera que aquí no está. ¿Son sombras?
Donde tú estás que miras, ellas, las dos figuras, aquí tendrían que estar, oh, sobre-estar,
a tu lado, sin vérselas.
Y se ven solo al fondo del otro reino, sumas, coronadas, en vidrio de un espejo o unas aguas.
Y tú que lo contemplas casi arrojas la piedra
por romper el espejo: ¡ahora el gran cuadro a oscuras!

Largamente has mirado del mastín a las sombras
del fondo: sólo el tiempo en espacios.
Y los bordes quemados de las formas, hirviendo
en las luces: vividos, como en síntesis constan.
La gran obra es recinto. La distancia, respeto.
Y el allá, en su oleaje, deposita los seres, un instante presentes,
sorprendidos, perpetuos.







NO ME PREGUNTES LO QUE FUI (de Ricardo García-Villoslada)




No me preguntes lo que fui. Soy solo 
columna rota 
de un Partenón soñado 
por sabios arqueólogos. 
Vienen llenos de ciencia a visitarme, 
me sacan fotos en color, pergeñan 
a lápiz unos cuentos garabatos 
y se van. 
Cuanto más vieja, cuanto más mordida
del tiempo y de las lluvias, 
tanto más les parezco interesante; 
y se van sin saber que a ciertas horas 
esta columna 
rota y sin flor de acanto 
tiene respiración como los árboles, 
siente en su carne pétrea latidos 
de luz solar y besos de la luna, 
y en la piel estriada 
cosquilleos de errantes lagartijas, 
que hacen soñar… 
Para los hombres soy 
columna rota, 
columna vieja, abandonada, inútil. 
Todavía me elevo sobre un plinto
y lucho a solas con el viento amargo 
del mar, que mordisquea 
mis carnes pasas. Pronto
seré sarmiento enjuto, cepa seca, 
polvo de cuarzo, escombro 
de un Partenón quimérico, que nadie 
volverá a visitar con la pregunta
de antaño: ¿Tú , que fuiste? porque en torno 
de mí se habrá cerrado toda senda 
al crecer las ortigas del olvido.


AUVERS-SUR-OISE (de Blanca Varela)





Nadie te va a abrir la puerta. Sigue golpeando.
Insiste.
Al otro lado se oye música. No. Es la campanilla del teléfono.
Te equivocas.
Es un ruido de máquinas, un jadeo eléctrico, chirridos, latigazos.
No. Es música.
No. Alguien llora muy despacio.
No. Es un alarido agudo, una enorme, altísima lengua que lame el cielo pálido y vacío.
No. Es un incendio.

Todas las riquezas, todas las miserias, todos los hombres, todas las cosas desaparecen en esa melodía ardiente.
Tú estás solo, al otro lado.
No te quieren dejar entrar.
Busca, rebusca, trepa, chilla. Es inútil.
Sé el gusanito transparente, enroscado, insignificante.
Con tus ojillos mortales dale la vuelta a la manzana, mide con tu vientre turbio y caliente su inexpugnable redondez.
Tú, gusanito, gusaboca, gusaoído, dueño de la muerte y de la vida.
No puedes entrar.
Dicen.

                                                              II.


Tal vez en primavera.
Deja que pase esta sucia estación de hollín y lágrimas hipócritas.
Hazte fuerte. Guarda miga sobre miga. Haz una fortaleza de toda la corrupción y el dolor.
Llegado el tiempo tendrás alas y un rabo fuerte de toro o de elefante para liquidar todas las dudas, todas las moscas, todas las desgracias.
Baja del árbol.
Mírate en el agua. Aprende a odiarte como a ti mismo.
Eres tú. Rudo, pelado, primero en cuatro patas, luego en dos, después en ninguna.
Arrástrate hasta el muro, escucha la música entre las piedrecitas.
Llámalas siglos, huesos, cebollas.
Da lo mismo.
Las palabras, los nombres, no tienen importancia.
Escucha la música. Sólo la música.

                                                          
                                                           III.


A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo tierra rumbo al infierno o la estrella de chatarra que te lleva frente a otro muro lleno de espejos y de gestos, endiablados gestos sin dueño y tú tras ellos, solo, feliz propietario de una boca escarlata que muge.

Pega el oído a la tierra que insiste en levantarse y respirar.
Acaríciala como si fuera carne, piel humana capaz de conmoverte, capaz de rechazarte.
Acepta la espera que no siempre hay lugar en el caos.
Acepta la puerta cerrada, el muro cada vez más alto, el saltito, la imagen que te saca la lengua.
No te trepes sobre los hombros de los fantasmas que es ridículo caerse de trasero with music in your soul.


                                                           IV.

Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos pies cansados sobre esta tierra que gira y es terriblemente joven todas las mañanas.
Porque sólo tú sabes que hay música, jadeos, incendios, máquinas que escupen verdades y mentiras a los cuatro vientos, vientos que te empujan al otro lado, a tu hueco en el vacío, a la informe felicidad del ojo ciego, del oído sordo, de la muda lengua, del muñón angélico.
Porque tú gusano, ave, simio, viajero, lo único que no sabes es morir ni creer en la muerte, ni aceptar que eres tú mismo tu vientre turbio y caliente, tu lengua colorada,tus lágrimas y esa música loca que se escapa de tu oreja desgarrada.




PINTURA CON SOLDADO (de Jorge Eliécer Ordóñez)





Ya debiste pintar ese soldado,
su cara fuerte y taciturna,
sus ojos acostumbrados a la muerte,
¿Encontraste un fulgor en sus pupilas,
algo que te hiciera pensar en un gesto sensible hacia los otros?
Me pongo en tu lugar, ¿qué pensarías?
Tú que pintaste el río con sus pinos
y un puente de eternidad en sus orillas,
hermano de mi sombra, y esa noche
que baja en farolitos sobre las piedras
del antiguo bulevar, donde un coche de caballos negros
no cesa de pasar en la ventisca.

El soldado acaso te miró con sobresalto
y las horas se fugaron como cuervos.




Retrato del soldado Millet
Vincent Van Gogh, 1888

LOS HIJOS DEL PINTOR, MARÍA LUISA Y MARIANO, EN EL SALÓN JAPONÉS -Fortuny Marsal, Mariano- (de José Ovejero)


Los Hijos del Pintor Mariano y María Luisa en el Salón Japonés. 
Mariano Fortuny Marsal, 1874
Museo del Prado, Madrid



                                                     Cuatro Tankas

Al calor del sol
quietas las mariposas
de seda y oro.
La niñez es un sueño,
atardece el recuerdo.


Sus cuerpos blancos
aprenderán un día
la lengua de la carne.
Pero la niña
ya se mira al espejo.


Pinta la infancia
la mirada del padre
La luz y el silencio
en sus pinceles,
que soslayan las sombras.



La muerte deja
inacabado el cuadro.
Los retoques que faltan
los dan los niños
mientras van creciendo.


GRULLAS -para el Maestro Hokusai- (de Gabriela López Bono)




Grullas para lecciones rápidas de dibujo simplificado. Hokusai



 Dieciséis grullas blancas se posan
sobre el papel rosado
del amanecer.
En trazos que nacen desde el pico
se encorvan las líneas creando sombras.

Unas inician el vuelo con las alas extendidas.
De pie contemplan el cielo
o buscan inclinadas su alimento.
Ajenas están dos, de espaldas;
otras dos, ocupan el centro de la escena.

La pincelada sabia de un maestro
pintó la sabiduría de las grullas.

Los débiles ven en ellas un abrazo protector
y las almas, su viaje al paraíso.

Con un pliego se da forma a una grulla de papel.
Con mil grullas, se concede el deseo más profundo:
mi deseo es un poema que venere este dibujo.
Ya estoy doblando la hoja.