LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

PIEDRA DE HACER TXIPI-TXAPAS -metáfora del poeta- (de Santiago Elso Torralba)



¿A quién, a quién si no a ti, la que lanzo,
que planeas sin alas, que desciendes de pronto
y de nuevo, de nuevo te elevas al rozar la corriente,
le aplauden las hojas –te lo mereces–
en esta fragorosa alameda que hay en la orilla? 

A ti, a ti te ovacionan los chopos,
por ti se inclinan cuando pasas.  

Bien volandero, bien
pajaril eres tú, y te aclaman,
canto rodado, ave de piedra que saltas,
que saltas –¡con qué levedad!– sobre el agua.  

Besas el mundo, asciendes después
y te alaban, te alaban al ver cómo subes y bajas,
te elogian las hojas al rozar su reflejo.  

Y aunque sigues siendo tan sólo un guijarro, eres,
eres, al menos, menos miserable, menos materia,
grávida masa, menos algo que pesa y un poco más

viajera de alfa hasta omega,
pespunte que el tiempo cose en la tierra,
fin y principio unidos por eslabones de agua. 

No lo dudo; eres, entre las cosas,
no sólo una que planea sin alas, que desciende de pronto
y de nuevo, de nuevo se eleva al rozar la corriente;
eres la que ha dejado en el espejo del río
un rosario de ondas, una cadena de asombros,
una tirada de continuos sobresaltos;
alguien que en el caudal de la vida ha escrito
su hilera de puntos, de puntos y puntos suspensivos.

LA AVENTURA DE LEER POESÍA (de Santiago Elso Torralba)

 
Exquisito lector, aquí tienes el poema que he hecho para ti,
escrito como mandan los cánones, de arriba hacia abajo,
para que puedas sentir que cada verso
es el travesaño de una escalerilla que cuelga.
Por ella podrás descender, como un espeleólogo,
hacia el sentido profundo del poema.  

Pon tu confiado pie en la segunda estrofa,
ya ves que he colocado, para tu seguridad,
un mundo comprensible a tu alrededor:
los pájaros gorjean, las rosas florecen, el cielo es azul
y, al verte, la gente te saluda con la mano.  

Pero ahora pisas la tercera.
Y es aquí donde el poema empieza a embarullarse:
los conceptos se enredan; el paisaje se vuelve confuso;
el mundo, inextricable, y tú, con un gesto de fastidio
pasas por encima de las palabras ríspido, túmulo, uliginoso,
sin entenderlas, y sin saber qué hace en medio del camino
este latinajo: In cauda venenum.

A mitad del descenso –ya no hay vuelta atrás–
entras al meollo subterráneo del asunto.
De pronto estás solo, la oscuridad y los murciélagos te rodean,
desde lo profundo te llega el resplandor de unos incendios,
oyes gritos desesperados y, lo sé, huele a azufre.

Amado lector, cuánto te odio en realidad,
ahora sí que vas a tener motivos
para que te no te gusten nada mis poemas.
Cuánto anhelo presenciar el batacazo,
verte convertido en papilla surrealista,
y por eso, te he traído a un terreno lleno de tropos,
lleno de trampas donde, cuando menos lo esperes,
pisarás un desatinado adjetivo, es decir,
la tabla medio podrida que he puesto por ahí para que te caigas.

Inútilmente te aferras a las palabras de siempre:
rosicler, cisne, amanecida, azul, poesía,
resbalosas como el hielo pues las unté con mantequilla;
en vano te agarras a la palabra palabra: se te rompe en mil añicos
y quedas colgando de la escalera, en una postura imposible,
como un alpinista trabado en su cordaje desprendido,
como mosca que eres en la telaraña poética.

Para regodearme, hago caer sobre ti una cornisa, un botijo,
un busto de Beethoven, un yunque, una armadura, un piano de cola,
la Enciclopedia Británica, cualquier cosa que se me ocurra.
Y si eso no basta, volcaré en tu cabeza una caja de langostas
y te daré un latigazo en la espalda cuyo chasquido de inicio
a una lluvia de gatos, a un derrumbamiento de piedras,
a una hecatombe de bueyes, a un cataclismo de sandías.

Sí, ya no te queda mucho, pronto caerás tú también
como fruta madura, petulante leedor que nada comprendes.
Y si crees que, en el fondo, lo que hay más abajo
tiene algún sentido, espera y verás.
Pon tus desafortunados pies en el último verso:
uno sobre la palabra cadáver, el otro sobre la palabra exquisito.






LA AMARGA VISIÓN DE GINEVRA D'ESTE -PISANELLO- (de Jesús Ponce Cardenas)

Alma casi de una edad agonizante
 Antonio Zayas 


 
Retrato de Ginevra D'Este. Pisanello,Museo del Louvre, Paris






Deja toda esperanza o un leve sopor 
entre las violetas carnosas 
y los dormidos asfódelos. 
Inmersa en un óvalo de claridad enferma, 
observarás tres presagios que surcan 
los senderos del aire imperceptibles. 
Con una brizna de jóvenes perfumes, 
el plisado de una llama moribunda 
circuanda tus nieves cansinas 
como un halo de agua va gestando 
aquellas perlas que en su túmulo 
de nácar sueñan con el rígido  enebro. 
Bajo los cielos fatigados de la tarde darías 
un relámpago de lino, 
cimeras, paramentos, bordaduras, 
lirios a manos llenas 
para ceñir tu cráneo 
entre serenas losas.
La ya tenue sonrisa 
o una leve canción para la muerte.

LA FUENTE -INGRES- (de Vicente Aleixandre)



La fuente. Ingres, 1856. Museo de Orsay, Paris










Sobre la fuente había piedra limpia.
Limpia el agua pasaba.
Había sol y campo. Tu serena
carne se ofrecía
caliente al viento hecho gracia.
Pasé yo por tu lado. Enhiesta estabas,
cántaro a la cadera, a regresar.
Pasé yo por tu lado. Fresco niño,
al detenerme iba. Tú alargaste
tu gesto permanente y me dijiste:
Pero, pasa...

Y pasaba, pasaba largamente, prolongando
bajo tu sombra mi estancia.
Cuando ya mí cuerpo estaba lejos
y junto a tu sombra el agua.

CARMENCITA -Sargent- (de Manuel Machado)




      Esta española yanki, y tan francesa,
que es toda España —para el mundo— tiene
un ardor en los ojos, que le viene
de un corazón de virgen satiresa.

Mística, y tan carnal, sabe de amores
únicos y de espamos indecibles.
Y coloran sus labios los terribles
rojos de las heridas y las flores.

Pasión rugiente duerme en su ancha ojera,
y en el seno magnífico, que exulta,
un gran valor y un miedo milenario...

Puesta la mano en la gentil cadera,
junto de la morena carne oculta
una navaja y un escapulario.




La Carmencita. 
John Singer Sargent, 1890
Musée d'Orsay, París
 

RUEGA A FILIS QUE HAGA MÁS COMUNICABLE SU HERMOSA PRESENCIA (de Diego de Torres Villarroel)



No encubras, Filis mía, tus facciones,
tus ojos apacibles y serenos,
solo en tus perfecciones se echa menos
el no comunicar tus perfecciones.

No ves en las floridas estaciones
las flores en los cuadros más amenos
derramar su hermosura, y dejar llenos
los sentidos rompiendo sus botones.

Tú eres un cuadro que el autor divino
plantó del mundo en el jardín hermoso,
dando al sentido gloria en su pintura.

No escondas, no, tu rostro peregrino,
que le robas al mundo un bien precioso
mira que es bien ajeno la hermosura.





CUADROS DE CASPAR D. FRIEDRICH (de Aurora Saura)




 






















Apenas 
una figura humana 
anónima,
embebida
en la amenaza del mar 
o en los abismos 
de montañas sin límite.

Lo demás es la niebla, 
las voces de la luna,
el incierto color de la mañana 
y del ocaso, 
los árboles desnudos.

Lo demás es silencio, 
es el adiós, la pérdida.


 


MI MUSEO IDEAL -Diez cuadro de Gustave Moreau- (de Julián de Casal)



Nota previa:

En ocasiones, algunas écfrasis, es decir, las descripciones literarias de un poeta sobre las obras plásticas de un artista han surgido de la amistad o de la admiración que uno de ellos o ambos se profesan mutuamente. Es lo que sucedió, por ejemplo, entre el poeta parnasiano, el cubano Julián del Casal (1863-1893)  y  el pintor simbolista francés Gustave Moreau (1826-1898).  Julián del  Casal quedó cautivado por la pintura de Moreau y decidió escribirle, el cual no solo le contestó, enviándole algunas reproducciones de sus cuadros, sino que de aquella relación epistolar que se prolongó después en el tiempo, nacieron una serie de poemas del cubano inspirados en los cuadros del francés. En el poemario Nieve (1892) de Julian del Casal  hay con una sección titulada "Mi museo ideal", que contiene unas serie de sonetos y un poema dedicados íntegramente a las pinturas del Moreau.Son estos:

RETRATO DE GUSTAVO MOREAU



Rostro que desafía los crueles
Rigores del destino; frente austera
Aureolada de larga cabellera,
Donde al mirto se enlazan los laureles.

Creador luminoso como Apeles,
Si en la Grecia inmortal nacido hubiera,
Cual dios entre los dioses estuviera
Por el sacro poder de sus pinceles.

De su Ideal divino a los fulgores 
Vive de lo pasado entre las ruinas
Resucitando mágicas deidades;

Y dormita en sus ojos soñadore
Como estrella entre brumas opalinas,
La nostalgia febril de otras edades.
 




SALOME
 
En el palacio hebreo, donde el suave
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,

Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como adormido por canciones de ave.

Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,

Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.

 
II

LA APARICIÓN
 
Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza
 
Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza. 

Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,

Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.



III

PROMETEO


Bajo el dosel de gigantesca roca
Yace el Titán cual Cristo en el Calvario,
Marmóreo, indiferente y solitario,
Sin que brote el gemido de su boca.

Su pié desnudo en el peñasco toca
Donde agoniza un buitre sanguinario
Que ni atrae su ojo visionario
Ni compasión en su ánimo provoca.

Escuchando el hervor de las espumas
Que se deshacen en las altas peñas
Ve de su redención luces extrañas,

Junto a otro buitre de nevadas plumas,
Negras pupilas y uñas marfileñas
Que ha extinguido la sed en sus entrañas.



IV

 
GALATEA


En el seno radioso de su gruta
Alfombrada de anémonas marinas,
Verdes algas y ramas coralinas,
Galatea, del sueño el bien disfruta.

 Desde la orilla de dorada ruta
Donde baten las ondas diamantinas.
Salpicando de espumas cristalinas
El pico negro de la roca bruta,

Polifemo, extasiado ante el desnudo
Cuerpo gentil de la dormida diosa.
Olvida su fiereza, el vigor pierde

Y mientras permanece, absorto y mudo,
Mirando aquella piel color de rosa,
Incendia la lujuria su ojo verde.




ELENA


Luz fosfórica entreabre claras brechas
En la celeste inmensidad, y alumbra
Del foso en la fatídica penumbra
Cuerpos hendidos por doradas flechas.

Cual humo frío de homicidas mechas
En la atmósfera densa se vislumbra
Vapor disuelto que la brisa encumbra
A las torres de Ilion, escombros hechas.

Envuelta en veste de opalina gasa,
Recamada de oro, desde el monte
De ruinas hacinadas en el llano.

Indiferente á lo que en torno pasa.
Mira Elena hacia el lívido horizonte
Irguiendo un lirio en la rosada mano.









VI 
HERCULES ANTE LA HIDRA

En el umbral de lóbrega caverna
Y, a las purpúreas luces del ocaso,
Surge, acechando del viajero el paso,
Invencible y mortal, la Hidra de Lerna.
 
Mientras se extasía su maldad interna
En mirar esparcidos al acaso
Cuerpos de piel brillante como el raso,
Torso viril o ensangrentada pierna;
 
Hércules coronado de laureles,
Repleto el carcaj en el áureo cinto,
Firme en la diestra la potente maza,
 
Ante las sierpes de viscosas pieles
Detiénese en mitad del laberinto,
Fulminando en sus ojos la amenaza.




VII

VENUS ANADYOMENA


Sentada al pié de verdinegras moles
Sobre la espalda de un delfín cetrino
Que de la aurora el rayo purpurino
Jaspea de brillantes tornasoles,
 
Envuelta en luminosos arreboles
Venus, emerge el cuerpo alabastrino
Frente al húmedo borde del camino
Alfombrado de róseos caracoles.
 
Moviendo al aire las plateadas colas,
Blancas nereidas surgen de las olas
Y hasta la diosa de ojos maternales
 
Llevan, entre las manos elevadas,
Niveas conchas de perlas nacaradas,
Ígneas ramas de fúlgidos corales.



VIII

UNA PERI


Sobre alto promontorio en que dardea
La aurora sus reflejos de topacio,
Pálido el rostro y el cabello lacio,
Blanca Peri su cuerpo balancea.
 
Al claro brillo de la luz febea
Aléjase del célico palacio,
Abrazada a su lira en el espacio,
Retratada en la fúlgida marea.

Y al descender en delicioso giro,
Como visión lumínica de plata,
Ansiosa de encontrar a la Desdicha,
Vaga en sus labios lánguido suspiro
Y en sus violáceos ojos se retrata
el cansancio infinito de la Dicha.



IX

JÚPITER Y EUROPA


En la playa fenicia, a las boreales
Radiaciones del astro matutino,
Surgió Europa del piélago marino,
Envuelta de la espuma en los cendales.
 
Júpiter, tras los ásperos breñales,
Acéchala a la orilla del camino
Y, elevando su cuerpo alabastrino,
Intérnanse entre obscuros chaparrales.

Mientras al borde de la ruta larga
Alza la plebe su clamor sonoro,
Mirándola surgir de la onda amarga.
 
Desnuda va sobre su blanco toro
Que, enardecido por la amante carga,
Erige hacia el azul los cuernos de oro.




HERCULES Y LAS ESTINFÁLIDES


Rosada claridad de luz febea
Baña el cielo de xircadia. Entre gigantes
Rocas negras de picos fulgurantes,
El dormido Estinfalo centellea.

 
Desde abrupto peñasco que azulea
Hércules, con miradas fulminantes,
El niveo casco de álamos humeantes
Y la piel del león de la Nemea,

 
Apoya el arco en el robusto pecho
Y las candentes flechas desprendidas
Rápidas vuelan a las verdes frondas,
 
Hasta que mira en su viril despecho
Caer las Estínfálides heridas,
Goteando sangre en las plateadas ondas. 















SAN SEBASTIÁN (de Mario Luzi)


Flechas.
                  Sentía a pesar
                                                de aquel dolor agudo del costado,
                                                                                           flechas
                                                 zumbar aún, lanzarse
una tras otra

Antonello da Messina, 1476. Gemäldegalerie, Dresde
                           vibrando sobre el blanco
y el blanco era su pecho.
Ya cerca
                  se desviaba
alguna,
               se desviaban
muchas, una tras otra
hacia qué otro destino...
Él está en el centro
del sufrimiento, puesto
allí, ombligo
él mismo del mal,
de la tortura.
                            ¿A mí por qué, por qué
esta acrimonia
del enemigo
                         en contra de mi carne?
Monótono demonio.
Pero hormiguea -se da cuenta-
el mundo de pesares,
su suplicio no es suyo,
es de la especie que se mueve
y chapotea
                      en la luciente tina.
Oh no lo mortifica,
más bien lo reconforta
la comunión promiscua.
Casi no lleva más tormento
                            ni gloria
el dardo último que lo traspasa.


AQUÍ EL VERANO SE HIELA (de Hsiung Sung)



Te estoy poniendo en un cuadro.
Hay un camino en él como
una cinta, una larga cinta blanca
que se extiende hasta perderse
en la neblina y las nubes, en un sueño
bordado, de veinte leguas de largo,
en un pueblo junto al mar,
por el que podemos caminar sin
cansarnos nunca. Hay carámbanos allí
donde el camino sigue el borde
de la costa. Ahí el verano se congela
y quedas trasformado en un bosque
trasparente, en el que cada nueva hoja
pronuncia una palabra perfumada.
Tú la conoces bien, esta tierra
de mi blanco corazón polar, un canino
de veinte leguas, que cosecha tus huellas.
Una flor blanca, una flor blanca.


ZURBARÁN - ENTIERRO DE UN MONJE- (de Manuel Machado)




Exposición del cuerpo de San Buenaventura. 
Francisco de zurbarán, 1629. 
Museo del Louvre, París
Dejando la quietud de los sitiales, 
en procesión de lívida gordura, 
surgen del claustro, en la humedad oscura, 
las blancas estameñas monacales. 

Campanudos acentos funerales
estremecen la vieja arquitectura, 
y el blanco vaho del alba se aventura 
por las altas ventana ojivales.  

Despojos son no más, miseria inerte,
polvo que torna, en brazos de la muerte,
a devolver sus átomos al suelo: 

que el blanco monje, de virtudes muestra, 
rodeado de santos, a la diestra 
de Dios Nuestro Señor, está en el Cielo.