LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

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LA LÁGRIMA DE SAN PEDRO DE "EL GRECO" (de Diego Jesús Jiménez)


Las lágrimas de San Pedro. 1587-1596.  Museo Soumaya. México. D.F.


I



Sueña el recinto 
del venenoso verde. La extendida 
plenitud de los grises, que 
surgen sin ruido como una sombra más, como un silencio antiguo 
que humildemente ardiera. Brilla la generosa 
senda del gesto. Bulle el dolor; se advierte 
la locura del santo, la desvelada 
luz que nos mira y nos detiene, y nos da sitio 
para que no muramos solos. 
                                                       Tiembla o se cierne
sobre la eternidad, dispone 
el fondo en alto de la noche, la vida. ¿Por qué, si no, 
este sencillo 
y gentil resplandor 
del cielo sobre el rostro baja hoy a salvarnos? Acecha todo el ser. El rescoldo del ojo 
se consume en la inmensa 
cerradura del cuerpo. ¿Qué luz, qué amor vigila? Arde la más plácida y sola 
visión que nunca hubo. Florece el entusiasmo, la avidez de un perfil 
que hacen largos los días. ¡Oh, ved que siempre  en la dura 
permancencia del tiempo, 
luminoso y tenaz, un viejo amor nos lleva! Ved, no esta ligera bruma, no ya ese loco 
dolor en su aventura, sino al errante 
realidad encendida, la solitaria cumbre 
de la noche en que amanos.




II



      Los sanatorios 
y los manicomios, el amargo edificio donde la ciencia otea 
con sigilo de ave a la cordura; la rápida pisada 
de la razón. Todo, ciego y veraz y luminoso, tiembla sobre la enorme 
pasión de la existencia. 
                                             El suidicio, el martirio, el árbol 
de rama baja, la santidad o la locura, riegan un mismo rostro, tejen 
un tenso sueño y una misma verdad. Pero, ¿cuál es el día en el que allá, bajo la ciega  
                                                                                                alondra de lo remoto, bajo la nube 
sin luz del ser, se pierde 
todo lo que se busca? Por 
esa mirada de verdadero sufrimiento, de fondo en paz bulle un largo latir 
que no es la noche. Mas, ¿por qué 
esa lágrima nuestra 
es la que más enturbia a la mirada?, ¿quién 
nos difumina el verde 
astro del ojo, el atajo del ver que, hondo y sencillo, amanecía hacia 
la más alta verdad? No esta lágrima, como agua de río, de tan ligero toque y breve son 
como el tiempo. No esta lágrima, que a sus riberas viene, como si fuese ropa sucia, la mirada a lavarse. Pero, algo hay allí 
que crece en sus orillas; ¡Oh!, nadie lo mire, nadie 
ose entrar en su sombra, porque
algo como una luz que nunca amaneciese, arrojaría, nada más verlo, 
al hombre a tierra.  




III


            Sólo 
era el color; el luminoso 
cepo del verde, que una mano sin trampa 
tendió ante nuestro humide paso. Tocad ahora, ved cómo crece el noble 
gesto del gris en cienicienta retirada, y 
ved cómo el ocre 
tardo del hábito hiere o perdona, salva o maldice, nuestrra más honda pasión 
hacia el pecado. Comporbad la silenciosa cortesía con que 
ese contraste su sutil realidad nos abraza a la vida. Saber qué enorme 
suma de colores exactos, qué trasiego de tierras y de aceites para 
que una pequeña parte de nuestro sueño sea salvada. 
            Vedlo, vedlo y tocad 
antes que el tiempo borre 
su total armonía. Antes que el silencioso pájaro de las sombras acuda 
a surcar nuestra noche. Nada 
importa ya de ese oscuro modelo que posó su locura en la alta tarde 
y en florecido llanto. Ved , ved la agria voz y la poca salud y 
la mala vida que discurre en la limpia 
bilis del amarillo; o ved cómo arden 
las manías del rosa; o mirad a la cumbre del azul suicidándose, sobre 
las heridas fugaces
que un rojo claro disecó entre sus labios; o el matiz de ese verde 
que camina hacia el monte, casi con sed. Ved cómo bajo cada sonido 
de la materia se despierta una nota, crece 
una música eterna. Y sabedlo en silencio, porque aquello fue sólo 
y sin más el dolor, el áspero y ajeno y atardecido 
paso del hombre por la vida.



COLOR SOLO (de Diego Jesús Jimenez)

¿Cómo, entonces,
salir de aquí? ¿Intentar la aventura
de salir de este tiempo
de desolación?
                              El verde claro
que nos trae la alegría y la esperanza, no como el del
     musgo o el de las botellas,
llenos de incertidumbre y de sollozos, o el verde ya
     oxidado
del tiempo; ni tan siquiera el de la manzana o el del
     oleaje
porque no tienen ojos ni cintura. Ni los verdes del puerto,
                                      [porque están en silencio; ni aquellos
que nos dicen adiós desde las estaciones o desde la
      ventana.
Ni el de los cuarteles o el de las casullas
porque jamás dan flor. Yo digo el verde de la infancia
que no nos deja solos nunca, y vive y sueña
y morirá con nosotros; o el de ese vestido
que lo levanta el aire a nuestro paso, y nos mira y acepta
                                                                                               [desde
su inocencia infantil; no el de ese otro
que anda desde la amanecida en bata
y nos ve con recelo; ni ese que está siempre
con los ojos en blanco; ni el que se santigua
porque no tiene fe.
                                    Yo hablo del verde que está solo
y que es aventura, del verde de los mares
porque no tiene rumbo, del que nace en los sueños
porque no nos olvida.
                                          Hablo del verde
que nos mira a los ojos
y jamás siente miedo.
                                          Zurbarán lo pintaba
con racimos de uvas y en mesas florecientes. Yo lo recojo ahora
del juego de esos niños que están ahí, en las sombras,
      cerca de casa. Toco ese verde
que se encoge de hombros
porque es inocente, y sus pechos me miran
ligeros como gestos, tiemblan
de amor
                bajo las estrellas.

 
 
 
 
(del poemario "Bajorelieve")