LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

Mostrando entradas con la etiqueta Rainer María Rilke. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rainer María Rilke. Mostrar todas las entradas

AL DIBUJO QUE REPRESENTA A JOHN KEATS EN SU MUERTE (de Rainer María Rilke)



Ahora lo lejano, venido desde abiertos horizontes, 
toca el rostro al apaciaguado celebrante; 
así es como el dolor, para nosotros 
inasible, regresa a su oscuro poseedor. 

Y esto persiste un instante aún, 
de este modo, ser espectador 
del sufrimiento pudo convertirse en 
la mayor libertad-; una nueva clemencia 
se instala despreciando la corrupción 
y el mismo devenir. 

Rostro: oh, ¿de quién?: no más esas alianzas 
todavía un instante consentidas. 
Oh ojo que nunca más 
hará brotar la más bella de todas 
las cosas de la vida, a la que se ha abdicado. 
Oh umbral del canto, boca de juventud 
a la que para siempre se renuncia. 

Y tan sólo la frente, a partir de volatilizadas referencias,
desea construirse algo más duradero al otro lado, 
como por desmentir los bucles fatigados del cabello 
que se le entregan ya, tristes y tiernos.


Diseño en sepia de Joseph Severn en el Memorail Keats- Shelley en Roma, del 28 de enero de 1821. Representa a Keats (muerto el 23 de febrero de 1821) en su mortal enfermedad. Rilke se inspiró en una reprodución del diseño que había visto en casa de André Gide el 27 de enero de 1914)

SEGUNDA ELEGÍA (de Rainer María Rilke)

Todo ángel es terrible. Y, sin embargo, ay de mí,
sabiendo como sois, yo os canto, aves casi mortíferas del alma.
Adónde se han ido los días de Tobías,
cuando uno de los ángeles más deslumbrantes,
de pie junto a la sencilla puerta de la casa,
y algo disfrazado para el viaje, dejó de ser terrible;
(¡un joven para el joven que miró hacia afuera con curiosidad!).
Pero si en este momento el arcángel, el peligroso,
diese un solo paso hacia nosotros desde más allá de las estrellas,
el propio corazón, sobresaltado, nos destruiría. ¿Quienes sois?

Vosotros, los primeros agraciados , mimados de la creación,
serranías, cumbres aurorales del acto creador,
polen de la divinidad floreciente,
refracciones de luz, pasillos, escaleras, tronos,
espacos de esencias, escudos de gozo, tumultos de sentimientos
en un arrebato tempestuoso y, de pronto, cada uno,
espejos que recrean la propia belleza irradiada
y la devuelven a su mismo rostro.

Pues nosotros, donde sentimos, nos evaporamos, ay,
y luego espiramos y nos desvanecemos; de brasa en brasa
se debilita nuestro olor. Entonces puede ser que uno nos diga:
"sí, tú penetras en mi sangre, este cuarto y la primavera
se llenan de ti...". Y de qué sirve; él no puede sujetarnos
al desaparecer nosotros en él y en torno a él.
Y a los que son bellos, ¿quién los retiene?
Incesantemente hay apariencia en su rostro que luego se va.
Y lo nuestro se desprende de nosotros, como el rocío de la hierba temprana
o el calor de una comida caliente. Oh sonrisa, ¿hacia dónde?
Oh mirada hacia lo alto. Nueva, cálida y esquiva onda del corazón;
ay de mí: eso sí somos nosotros. ¿Es que el espacio cósmico
en que nos diluimos tiene, entonces, sabor a nosotros?
¿Recogen los ángeles realmente sólo lo suyo, lo que de ellos emana,
o queda en ellos, a veces y como por descuido,
algo de nuestra esencia? ¿Estamos quizás fundidos en sus rasgos,
como esa vaguedad en el rostro de la mujer embarazada?
Ellos no lo advierten en el torbellino de su retorno a sí mismos.
(¡Cómo habrían de notarlo!).

Los amantes podrían, si lo comprendiesen, hablar extrañamente
en el aire nocturno. Porque parece que todo nos encubre.
Mira, los árboles son; las casas que habitamos aún existen.
Sólo nosotros pasamos de largo como un intercambio de brisas.
Y todo concuerda en silenciarnos,
en parte quizás como vergüenza,
en parte como una indecible esperanza.

A vosotros, amantes, que os bastáis el uno al otro,
yo os pregunto por nosotros. Vosotros os tomáis.
¿Tenéis pruebas? Ved, sucede que mis manos
mutuamente se comprenden o que mi rostro gastado
busca en ellas mi refugio. Esto me hace sentir un poco.
Pero, ¿quién se atrevería a ser sólo por eso?
Pero a vosotros, que crecéis embelesados en el otro,
hasta que él, subyugado, os suplica que no más;
a vosotros, amantes, que entre las manos os hacéis más abundantes,
como años de vendimia; que a veces dejáis de ser, sólo porque el otro
del todo prevalece: yo os pregunto por nosotros. Yo sé
que os tocaís dichosos, porque la caricia os retiene
y no desaparece el lugar que vosotros, tiernos, ocultáis;
porque debajo presentís la pura duración.
Es casi eternidad lo que os prometéis en cada abrazo.
Y, sin embargo, cuando resistís el terror
de las primeras miradas y la nostalgia en la ventana
y el primer paseo juntos, una vez, por el jardín;
amantes, ¿seguís siéndolo entonces todavía?
Cuando os alzáis el uno al otro hasta los labios, bebida a bebida:
oh cuán extrañamente se substrae entonces al acto el bebedor.

¿Y no os asombraba en las estelas áticas la prudencia
del gesto humano? ¿No fueron puestos el amor y la despedida
tan suavemente encima de los hombros, como si estuviesen hechos
de otra materia que en nosotros? Acordaos de las manos,
cómo descansan sin presión, aunque en los torsos está toda la fuerza.
Esos señores de sí mismos lo sabían: hasta aquí llegamos,
esto es lo nuestro, el tocarnos así; con más fuerza
nos levantan los dioses. Pero esto es asunto de los dioses.

Si encontrásemos también nosotros algo humano que sea
puro, angosto, contenido, un pedazo de tierra fecundo y nuestro
entre el torrente y el pedregal. Porque el propio corazón
siempre nos trasciende, como a aquellos, todavía.
Y ya no lo podemos seguir con la mirada hacia imágenes
que lo apacigüen, como tampoco hacia cuerpos divinos,
en los cuales él, aún más grandioso, se modere.


Con "estelas áticas" Rilke se refiere a una lápida funeraria que vio en en el Museo de Nápoles y que representa a Eurídice despidiéndose de Orfeo. Se trata de una famosa réplica romana de un relieve griego, que representa el momento del adios entre los amantes, justo cuando Orfeo pierde de nuevo por segunda vez a Eurídice al no cumplir la promesa hecha al dios Eros de no mirarla hasta haber salido ambos del infierno.

QUINTA ELEGÍA (de Rainer Maria Rilke)






























dedicada a Frau Hertha Koenig (1)

 
¿Pero quiénes son ellos, dime, los ambulantes, los que
son un poco más fugaces aún que nosotros mismos,
los urgentemente retorcidos, desde pequeños, por qué
-¿por amor de quién?- voluntad nunca satisfecha?
Pero ella los retuerce, los dobla, los entrelaza, los
hace girar, los arroja y los vuelve a atrapar;
como provenientes de un aire aceitado y más terso,
bajan a la alfombra desgastada, luida por su salto
perpetuo, a esta alfombra perdida en el universo.

Colocada como un parche, como si ahí el cielo
de los suburbios hubiese herido la tierra.
Y apenas ahí,
derecha, presente y revelada: la gran inicial
del Estar-Ahí (2)..., pues incluso a los hombres
más fuertes los aplasta nuevamente, por broma, la mano
crispada siempre próxima, como a un plato de estaño
Augusto el Fuerte en la mesa (3).

Ay, y alrededor de este
centro, la rosa del espectáculo (4) :
florece y se deshoja. Alrededor de este pisón,
este pistilo, reencontrado por su propio polvo florido,
para volver a fecundar el fruto aparente del tedio,
su tedio nunca consciente -reluciendo con la más
delgada superficie de ligera, aparente sonrisa.

Ahí, el marchito, arrugado levantador de pesos (5),
el viejo, el que ya nada más toca el tambor,
contraído dentro de su piel poderosa, como si antes
hubiera contenido dos hombres, y ya uno
yaciera ahora en el panteón, y él sobreviviera al otro,
sordo y a veces un poco
confundido en la piel viuda.

Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo
de un pescuezo y de una monja: tirante, relleno, tenso
de músculos y de simpleza.

Oh ustedes,
a los que en otro tiempo, una pena, que era pequeña
todavía, los recibió, como juguete, en una
de sus largas convalecencias...

Tú, que caes con el golpe
que sólo las frutas conocen, verde todavía,
diariamente cientos de veces del árbol del movimiento
construido en común (6) que, más rápido que el agua,
en escasos minutos tiene primavera, verano y otoño,
cae y golpea sobre la tumba;
algunas veces, a media pausa, quiere asomar en ti
un amable rostro para tu madre, rara vez tierna,
pero se pierde sobre tu cuerpo, que lo consume
en su superficie, el tímido gesto apenas intentado...
Y nuevamente el hombre da una palmada anunciando
el salto a tierra, y antes de que, en las cercanías
del corazón siempre agitado, se distinga en ti
claramente un dolor, le llega el ardor
de las plantas de los pies a él, su salto originario:
primero en ti, en los ojos, con un par de lágrimas
fugitivas, físicas. Y sin embargo, a ciegas,
la sonrisa...

¡Ángel! Oh, tómala, arráncala, la hierba curativa,
florida y pequeña. Haz una vasija, ¡guárdala! Colócala
entre esos goces que todavía no están abiertos
para nosotros; en una urna hermosa alábala
con una inscripción elocuente y florida:
"Subrisio Saltat" (7)
Entonces tú, preciosa,
tú, de los goces más excitantes
muda omisión. Quizás son
tus rizos dichosos para ti;
o sobre los jóvenes
pechos tensos, la seda verde, metálica,
se sienta interminablemente mimada y no le falta nada.
Tú,
colocada una y otra vez de modo diferente, sobre
todos los oscilantes platillos de la balanza,
fruta de la serenidad, llevada al mercado,
públicamente, entre los hombros.

¿Dónde, oh dónde está el lugar -lo llevo
en el corazón- donde ellos, ni de lejos, podían
desprenderse unos de otros, como encabalgándose,
no exactamente como animales apareados; donde los pesos
de la balanza todavía tienen gravidez, donde todavía,
de sus varas inútilmente oscilantes, los platillos
se tambalean...

Y de pronto, en este penoso ningún lado, de pronto,
el inefable sitio donde el puro demasiado-poco
incomprensiblemente se transforma, trocándose
en ese vacío demasiado-mucho.
Donde la cifra de muchos números
se queda sin ninguno.

Plazas, oh plaza en París, teatro interminable,
donde la modista, Madame Lamort,
enlaza, teje los incansables caminos del mundo, cintas
infinitas, y encuentra nuevas formas de enlazarlas:
volantes, flores, escarapelas, frutas artificiales,
todas falsamente coloreadas, para los baratos
sombreros de invierno del destino.

Ángel: si hubiera una plaza que no conociéramos, y ahí,
sobre una alfombra inefable, los amantes mostraran
aquéllas, las que aquí nunca lograron hacer posibles:
las audaces, altas figuras de los impulsos del corazón:
sus torres de placer, levantadas desde hace mucho,
donde nunca hubo suelo, solamente escalones
que se apoyan uno en otro, temblorosos -si pudieran
hacerlo, ante los espectadores en corro, entonces,
¿los innumerables muertos silenciosos, arrojarían
sus últimas, siempre ahorradas, siempre secretas,
desconocidas para nosotros, eternas monedas vigentes
de la felicidad, ante la pareja, por fin verdaderamente
sonriente, sobre la apaciguada
alfombra?



Notas:

1. Propietaria en el año1915 del cuadro de Picasso Les Saltinbanques (pintado en 1905) al que Rilke alude en esta elegía.

2. La gran inicial es la letra D de "Dastehen" y de "Dasein", existir (muchas metáforas e ideas poéticas de Rilke fueron retomadas por la filosofía de Heidegger); según Eudo C. Mason, las figuras de los saltimbanquis en el cuadro de Picasso conforman una especie de letra D, de la que el arlequín constituiría la línea vertical y el niño más chico el final de la curva. (La mujer del extremo está fuera del grupo de los saltimbanquis, y más bien representa al espectador).

3. Príncipe elector de Sajonia, se divertía deformando platos de estaño con la mano (Barjau).

4. Glosa de toda la estrofa --resumida del comentario de Leishmann: los saltimbanquis configuran la flor del espectáculo, su centro, su pistilo; con sus saltos sobre la tierra, como manos de mortero o triturador, o pisones ("Stampfer"), levantan polvo florido, que a manera de polen los refertiliza. Así surge la rosa del espectáculo, aparente o falsa flor del tedio, que provoca la sonrisa igualmente superficial, ligera y luminosa, del tedio de los propios saltimbanquis.

5. En el cuadro de Picasso, el ex-hombre fuerte, el saltimbanqui gordo, con gorro. Se describen luego otras figuras: el "Hijo de un pescuezo y de una monja" es el arlequín; quien cae "con el golpe que sólo las frutas conocen", el niño más pequeño; la mujer del extremo es acaso su madre "rara vez tierna"; del adolescente del tambor no se hace mayor mención; la muchacha es la "fruta de la serenidad, llevada al mercado".

6. El árbol humano -en gimnasia, pirámide- que construyen, montados unos sobre otros, los saltimbanquis.

7. Abreviación de una frase latina: "Subrisio Saltatoris", la sonrisa de los saltimbanquis.