LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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EL TALISMAN (de José Antonio Ramos Sucre)


El caballero, la muerte y el diablo, 1513
Albert Durero

Vivía solo en el aposento guarnecido de una serie de espejos mágicos. Ensayaba, antes de la entrevista con algún enemigo, una sonrisa falsa. Había exterminado las hijas de los pobres, raptándolas y perdiéndolas, desdeñosamente. Alberto Durero lo descubrió una noche en solicitud de una incauta. El galán se había provisto de un farol de ronda para atisbar a mansalva y volvió a su vivienda después de un rodeo infructuoso y sobre un caballo macilento. El artista dibujó, al día siguiente, la imagen del caballero en el acto de regresar a su guarida. Lo convirtió en un espectro cabalgante y le sustituyó el farol de ronda por un reloj de arena.
El caballero habita una casa desprevenida de guardianes, sumida en la sombra desde la puesta del sol. No se cuenta de ningún asalto concertado por sus malquerientes. Se abandona sin zozobra al sueño inerme. Fía su seguridad al efluvio de una redoma fosforescente, en donde guarda una criatura humana, el prodigio mayor del laboratorio de Fausto.

LA REDENCIÓN DE FAUSTO (de José Antonio Ramos Sucre)



Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero, habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la sonrisa mágica.


Ese mismo cuadro vino a iluminar, días después, la estancia de Fausto.

El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal. Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y notó por primera vez la ausencia de la mujer.

La criatura espectral de Leonardo da Vinci dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.

LOS LAZOS DE LA QUIMERA (de José Antonio Ramos Sucre)



Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento, desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi inquietud.

Yo lo había conseguido en la subasta de unos muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso había persistido inútilmente en imitarlos.

Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de cantidades inéditas.

Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.

Yo desperté en una sala funeral y la recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda, acerté con el residuo del veneno de Julieta.