LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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OFELIA LOCA (de Maite Pérez Larumbe)




 Sobre una tela de Millais

Abandonó el cortejo de doncellas,
las coronas de pámpanos.
La triste prefirió
el cristal seductor de la corriente.


No sólo el cuerpo lívido, las ojeras de escarcha,
la febril precisión de la amargura,
la hierba indiferente, la hermosa adormidera del tiempo
detenido,
sino la mano sola,
entregada a la música del musgo
flotando en el abismo de la flores azules, peligrosas,
hallándose en el hueco de la muerte
como primer recinto, única lucidez
para encajar los golpes de la fortuna adversa.


OFELIA FLOTA SOBRE LAS AGUAS VERDES ( de Lilliam Moro)



Ofelia, 1852
Sir John Everett Millais
Londres, Tate Gallery
 























A Sir John Everett Millais

Ofelia flota sobre la aguas verdes,
su cabello enredado entre nenúfares,
los juncos de la orilla.
Los pececillos de colores entran en sus oídos
con su batir de aletas diminutas
reproduciendo el perenne murmullo de la alucinación.

Ofelia flota y está inmóvil.
Bajo sus párpados conserva la imagen última:
el fugaz pajarillo, la abeja sobre el lirio,
las ojeras del príncipe de Dinamarca.

La conciencia se desvanece lentamente con su cerebro
que ya se descompone.
Pero no habrá descanso para la dulce Ofelia:
la locura no es alimento de la muerte
y flotará -como ella ahora-
sobre los ruidos del cuerpo reventándose,
sobre el hedor de sus emanaciones
y aun cuando todo esto haya pasado
persistirá en los órdenes desconocidos,
en los recuerdos que en los demás pervivan ,
en el remordimiento del ojeroso príncipe.

LA MUCHACHA CIEGA -Millais- (de Aníbal Núñez)


La muchacha ciega, 1855
Birmingham Museum and Art Gallery
 John Everett Millais




Te has sentado de espaldas a un arco iris doble
que no ves pero sientes: tus mejillas
aún húmedas de lluvia se encienden
-ha venido
el sol tan de repente, con tan buenas
palabras, que el rubor... -. En tu harapiento
regazo se entreabre
tu anciano acordeón con un suspiro.

Oyes pastar, revuelto de plumajes
azules. La campana
del santuario gótico está a punto
de tocar a oración. Tu frágil guía
olfatea en tu mantilla: huele a hermana
mayor, a estambre húmedo,
a todos los caminos.

Por fijarme
en una mariposa roja y negra,
que se posó en tu hombro sin que tú lo notaras
-así llega la muerte a los arcángeles-,
no he visto que tu mano
derecha acariciaba una corola
blanca. ¿Cómo has sabido que era blanca?