LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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EL DONCEL DE SIGÜENZA (dos poemas de José Luis Puerto y de Paco Jover)



DONCEL DE SIGÜENZA                                                              AL DONCEL DE SIGÜENZA
(José Luis Puerto)                                                                          (Paco Jover)

En la antigua ciudad,                                                                  No el bodoque mortal de una ballesta
Recostado en la piedra, piedra él mismo,                               ni el recio golpe de una acometida
Un caballero, llenos los ojos de tristeza,                                en liza de alcazaba circuida,
Medita con un libro                                                                     te dieron gloria por guerrera gesta
Entre sus manos frágiles. 
Lleva abiertas las hojas                                                              Entre milicia y letras fue la apuesta
Y él reposa callado                                                                      de aquel diestro cincel, que te dio vida
Tras tanto guerrear contra el infiel                                           con libro en vez de espada fratricida,
En pasadas batallas donde encontró la muerte:                     en escorzo gentil que se recuesta.
«Huye el tiempo y la vida
Del árbol otoñal ya se desgaja                                                   Aunque fuiste a morir como soldado,
Para pudrirse con las hojas secas                                             eternizado en cuerpo de alabastro,
En el fangoso suelo de la muerte.                                             como elegante efebo, reposado,
Huye el tiempo y nosotros
Nos vamos hacia el reino de ceniza                                          consagras la cultura en una talla
De la nada...».                                                                                que en la fama de un hombre deja rastro,
                                                                                                        un libro más que fiel cota de malla.

ESTELA PARA LA DERROTA -Miliciano herido de muerte, Robert Capa- (de José Luis Puerto)

 




















¿Cómo nombrar lo derrotado?
¿Qué palabras, qué ángel
Tendría que dictar a los escribas
El rumor de lo que ha sido vencido,
De lo que yace en sombra,
De todos los anhelos
Que incendiaron las vidas de los seres
Y que fueron vencidos,
Convertidos en llanto,
En ciénagas de olvido
Y estiércol de la historia?
¿Cómo nombrar el muro sin consuelo
De todas las derrotas?

Mirad al miliciano
-Robert Capa captó su imagen trágica-,
Fijaos en su caída,
Cómo se va del aire hacia la tierra,
Trayectoria letal de la derrota,
Y él pugna por tenerse,
Por sostener su cuerpo,
Sus rodillas se doblan
Y sus brazos ya trazan la extensión
Del descenso de toda su agonía.
¿Cuándo esos brazos se harán alas?
¿Cuándo se elevarán sobre las sombras?
Venid a sostenerlo,
Mantened aún su masa
Que marcha hacia la muerte
En su temblor vivísimo,
En el hálito antiguo del origen.
Y sus fuerzas se escapan
Y el fusil se separa de sus dedos,
Todo él va hacia la tierra,
Su rostro tiene el rictus vencido de la muerte.
Venid a sostenerlo,
A interrumpir su vuelo descendente,
A evitar su derrota.
Prestadle vuestro aliento,
Vuestro pulso; la sangre
Que corra por su cauce moribundo.
Dadle todas las sangres
Y todo el respirar con los latidos.
Detened su derrota,
El vuelo descendente de sus brazos.
Estaba hecho su cuerpo
Para el amor y fue vencido.
¿Quién va ya a reclinar su rostro enamorado
En la meseta de su pecho?
Con su muerte se apaga el fulgor de sus días;
Ha sido aniquilado, se va fuera del tiempo.
Detened su derrota,
Venid a detener su muerte trágica.
Cuántos ángeles buenos
Tendrían que venir a sostenerlo,
A evitar su caída,
A mantenerle el corazón con lumbre,
Pues se va a la derrota,
Pues se nos va a la muerte.



TOLEDO EN LA TORMENTA - El Greco - (de José Luis Puerto)




Vista de Toledo, 1597
El Greco






Desciende de los cielos
Sobre almenas y torres,
Sobre augusta ciudad
Trazada con el blanco de la plata,
La tormenta y su furia.
Entregada a su vértigo,
Al fuego de la luz y la tiniebla,
La ciudad indefensa entre los montes.
Cubre el cauce del río
Una honda oscuridad que niega el mundo.
¿En ese espacio estamos?
¿Quién habita en las fábricas labradas
Por las manos de maestros alarifes?
Arrebatadas luces
En torbellino encienden el espacio.
¿No veis los árboles, las plantas,
El caserío, las hierbas,
Fulgir en el color al que se entregan
Entre los intersticios de las sombras?
Está en nosotros, en nuestras estancias,
Ese espacio tormenta,
Ese vértigo oscuro, vertical,
Que iluminan las alas de la luz
De azul, de plata y verde.

PAISAJE DE LAS MONTAÑAS DE SILESIA (de José Luis Puerto)


                                              

Abandonamos la mirada
Hacia la inmensidad. 
Paisaje de las montañas de Silesia
Caspar David Fredrich
Un valle y otro valle se suceden
Velados por la niebla 
Que, en sus lechos, es sábana y sudario
Ahora que todo es muerte en el invierno
Y que todo se encuentra recogido
En el cauce que espera germinar
Cuando el momento de lo oscuro pase
Y llegue el de la luz, que es salvación.
Ocupa el horizonte
La montaña elevada, majestad
Sobre el espacio que se nos ofrece
Y que desciende a lo profundo, donde
Habita lo enterrado que es promesa.
Ante la inmensidad
Nos detenemos.
La muerte de los árboles se muestra
En el desnudo limpio de las ramas
Y acude ante nosotros el despojo,
La corteza terrestre en sus arrugas
Que es materia indefensa
Por nadie poseída sino expuesta
A la desolación de estar ahí siempre
Y ser quietud sin tiempo y sin memoria.
Quisiéramos mirar a los adentros
Y ver nuestros abismos, nuestra sombra,
El momento sin nombre de lo oscuro,
El vértigo, el despojo que nos puebla,
Las arrugas del tiempo en nuestra sangre
Y esa desolación
De estar para la muerte.

ÁNGEL DE REIMS (de José Luis Puerto)

Ángel de la sonrisa, catedral de Reims, siglo XIII






















También desde la piedra
Tú contemplas el mundo,
Ángel de la sonrisa;
Desde otro territorio que no es tiempo,
Que existe más allá de nuestro desamparo.
Sostienes con tu mano
Los pliegues de la tela, todo es gracia
En tu gesto, en tu rostro, en tu figura.
Requiere tu mirada una presencia
Dispuesta a hacerse cómplice
Del gozo y del misterio de tus ojos.
¿Hacia quién te diriges?
¿Dónde se halla el secreto
Que te lleva sereno a tanto júbilo?
Giras el cuello en busca de otro rostro
Tú que estás en lo alto
E inclinas tu cabeza acogedora
Hacia el suelo en que estamos, hacia el fondo
Donde yacemos en el limo
Y nos haces partícipes del sueño
Que alberga tu sonrisa.
Es una invitación.
¿Sabremos devolverte
Nuestra presencia
Para ser algún día plenitud?

SUITE DE ZURBARÁN (de José Luis Puerto)


 
 3  

(Bodegón Contini-Bonacossi, Norton Simon Foundation, Pasadena) 



Los dones de la tierra en su quietud,
en su estar alojados
en el plato de estaño, en el cesto de mimbre,
no piden más que una mirada abierta
a la extensión callada de sus formas.
Limones con sus picos,
naranjas con sus hojas y sus flores de azahar,
son un ofrecimiento a nuestra vista.
¿Y el vaso con el agua
junto a la rosa ya de pétalos marchitos?
Reposan en el plato y como en sueño
están en el espacio de la mesa.
Nada nos piden sino el ver su estancia,
el húmedo remedio de la sed,
la derrota en el tiempo de su aroma.
Todo es entrega aquí, todo es regalo
mas nunca dirigido a la lujuria,
tan sólo a la armonía de los sentidos,
al secreto equilibrio
de las celdas del alma.



4

(La Santa Faz, Museo de Bellas Artes, Bilbao. Crucificado, Art Institute, Chicago)





¿De qué telar los paños,
los lienzos que contienen la pasión y agonía
del Hombre que se da?
Rostro y cuerpo en el blanco de las telas,
la urdimbre del dolor,
impresión de la huella de la muerte.
¿Qué manos las tejieron?
¿Qué manos espadaron la corteza del lino?
¿Qué pincel otorgó al blanco tanta luz?
El rostro del dolor, la quietud de la muerte,
El lienzo que rodea del cuerpo la derrota
o que esculpe la faz atormentada
en su blanca textura.
Y detrás las tinieblas que resaltan las formas
-Juego de sombra y luz-,
que delimitan sus perfiles nítidos.
¿De qué telar los lienzos?
¿De qué pincel el blanco entregado a la luz,
la serena belleza del Hombre tras la muerte,
el tormento del rostro recogido en el paño?
Pureza y mancha juntas,
la urdimbre del dolor y de la muerte.



5

(El Niño Jesús hiriéndose con la corona de espinas en la casa de Nazareth, Museo de Cleveland)

























La callada presencia de las cosas
como en sueño entregadas al espacio.
En la mesa, los libros
reclinan su saber junto a las peras,
dos paños con sus pliegues
reposan recogidos en el cesto.
La vasija de barro y las palomas
se ofrecen a la estancia en su quietud.
¿Y el jarrón de las flores?
Azucenas y rosas otorgan al espacio
la embriaguez de su aroma, de sus formas los límites.
Herido por la espina de la amarga corona
el Hijo ensimismado se contempla
el dedo del dolor
y la Madre lo acoge en su mirada,
en la vasija de sus ojos.
Y todo en el reposo nos conduce
a la ebriedad del blanco, a su celebración:
palomas, azucenas, el canto de los libros,
paños en el regazo de la Madre y del cesto.
Nada piden los seres,
nada piden las cosas,
en esa su quietud resuelta en geometría,
sino nuestra mirada
que es salvación hospitalaria, entrega
que transforma en latido cuanto abarca.





INVIERNO (de José Luis Puerto)

1

Paisaje invernal con patinadores y trampa para pájaros.
(Brueghel)










El paisaje habitado por la nieve
recoge entre sus límites
la extensión de la vida:
juegan los niños sobre el cauce helado,
patinan y se entregan al fluir
ajenos a la trampa de la muerte.
¿Quién habita en las casas, quién se encarga
de atizar los rescoldos de la luz,
de mantener el fuego?
Los árboles sin hojas y en letargo
ofrecen al espacio la extensión de sus ramas,
todo es entrega en ellos y los pájaros
reposan su volar entre la urdimbre
vegetal de los árboles.
¿Quién ha puesto la trampa?
¿Quién detrás de la muerte
convoca tantos vuelos a su imán?
Movimiento y quietud entre los límites
poblados de la tela,
juego de vida y muerte al que se entregan
los niños y los pájaros, los árboles
y las casas cubiertas por la nieve.
Todo en espera del brotar, la vida
se esconde agazapada entre los fríos,
la celosía de las ramas traza
geometrías del aire,
por el cauce del tiempo patinan los muchachos
y la muerte no es más
que negación del vuelo.


2

Winter.
(Paul Klee)

























Dentro de este mundo no se me puede comprender,
pues tanto vivo con los muertos como con los no nacidos,
algo más cerca de la creación de lo que es usual
y, ni con mucho, suficientemente cerca.
(Epitafio, Paul Klee)



Entre el cielo y la tierra
la sutura del límite
y, en la herida, el color entre el aire y lo sólido.
Aún celebran las formas el gozo de ser formas,
de ser círculo, curva y lados del triángulo,
de ser rectas que enmarcan ese rombo violeta,
perfil de la montaña en un zig_zag de líneas
o rectángulo erguido sobre una basa azul.
La materia es la forma que contiene al espíritu
y es ángel esa nieve que desciende a la tierra.
¿Y qué será la muerte
ahora que todo cesa,
ahora que todo yace en las criptas del fondo?
El blanco en la materia de la nieve,
¿No esconde los perfiles de las cosas?
¿No es caricia, regazo y envoltura
de purificación?
Mirad los árboles erguidos, cómo
estelas de la vida son sus ramas,
sus troncos, su presencia,
y desnudos recogen el latir
ahora que todo es muerte, letargo, aterimiento;
los árboles-estrellas que interrogan al aire,
que impugnan a la muerte con su sola presencia,
que despliegan sus ramas como en ofrecimiento.
El azul borrascoso de los cielos
y el blanco de la tierra cubierta por la nieve.
¿Y dónde se halla el reino de los muertos
y de los no nacidos?
¿Aquí, en esta pureza,
en esta entrega al mundo de lo que tiene forma
y que alberga la vida en sus estancias?





AGNUS DEI (de José Luis Puerto)






















                                                        (Zurbarán, Museo del Prado)
Sigue el cordero ahí,
en espacio esencial ante tiniebla,
sobre una mesa gris, ara del mundo.
Tan quieto y maniatado,
nos pide la piedad
con un silencio blanco que apacigua.
Siempre fue de los mansos
el espacio letal del sacrificio,
esa entrega al dolor
en busca de un sentido que se escapa
a la gula voraz de los verdugos.

Invócanos, cordero,
desde lo indescifrable de tu estar
de otra manera.
Ten piedad de nosotros,
que vivimos de espaldas al sentido
que tú transmites con tu mansedumbre.
Pide que desatemos
las cuerdas de tus patas maniatadas.
Ya no podemos soportar
ese estado de gracia que te inviste,
ese tu estar ajeno
a la atadura que hoy el mal del mundo
te tiene colocada.

Ya no sabemos invocarte,
tampoco soportamos
tu súplica callada,
tu gracia, tu quietud, tu mansedumbre,
tu silencio, tu entrega, tu dolor...
cifrados en el ser de la blancura.

Ten piedad de nosotros.