LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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VERMEER (Wislawa Szymborska)







Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintada
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.



TOMANDO VINO (de Wislawa Szymborska)


Me miró, me dio belleza,
y yo la creí mía.
Feliz, me tragué la estrella.

Permití ser pensada
a imagen del reflejo
producido en sus ojos. Bailo, bailo
al compás de repentinas alas.

La mesa es una mesa, el vino, vino
en una copa, que es una copa
y está estando en la mesa.
Y yo soy imaginaria,
increíblemente imaginaria,
imaginaria hasta la médula.

Le hablo de lo que quiere, de las hormigas
que mueren de amor
bajo la constelación del diente de león.
Juro que una rosa blanca
salpicada de vino, canta.

Me río, inclino la cabeza
con cuidado, como si comprobara
un invento. Bailo, bailo
en una sorprendida piel, en un abrazo,
que me crea.

La Eva de la Costilla, la Venus de la espuma,
la Minerva de la cabeza de Júpiter
eran más reales.

Cuando él no me mira,
busco mi reflejo
en la pared. Y sólo veo
un clavo del que han descolgado un cuadro.




EPITAFIO (de Wislawa Szymborska)



Aquí yace, como la coma anticuada,
la autora de algunos versos. Descanso eterno
tuvo a bien darle la tierra, a pesar de que la muerta 
con los grupos literarios no se hablaba.
Aunque tampoco en su tumba encontró nada
mejor que una lechuza, jacintos y este treno.
Transeúnte, quita a tu electrónico cerebro la cubierta
y piensa un poco en el destino de Wislawa.










Adiós, Señora Szymborska,
y gracias por sus poemas.

NÚMERO EQUIVOCADO (de Wislawa Szymborska)



Sonaba el teléfono en la galería de pintura,
sonaba en la sala vacía a media noche;
si alguien durmiera aquí, sin duda se despertaría,
pero aquí hay sólo profetas insomnes,
sólo algunos reyes palidecen por la luna
y, conteniendo el aliento, miran todo con indeferencia.
Y la esposa del usurero en aparente movimiento
precisamente hacia ese sonoro objeto en la chimenea,
pero, no deja su abanico,
como los demás se aferra a su inactividad.
Altivamente ausente, con mantos o desnudos,
desechan inadvertidamente la alarma nocturna,
en la que hay más sentido del humor, lo juro,
que si del marco saltara el mismísimo mariscal de la corte
(al que , por otra parte, sólo el silencio le suena en los oídos).
¿Y eso que alguien allá en la ciudad desde hace un rato
tengo ingenuamente el auricular puesto en la sien
después de haber marcado el número incorrecto? Vive,
luego se equivoca.

ESTATUA GRIEGA (de Wislawa Szymborska)


Con la ayuda de la gente y otros elementos
el tiempo ha hecho con ella un buen trabajo.
Primero eliminó la nariz, después los genitales.
Luego los dedos de las manos y los pies,
con el paso de los años los brazos, uno tras otro,
el muslo derecho y el muslo izquierdo,
los hombros, las caderas, la cabeza y las nalgas,
y lo ya caído lo ha hecho pedazos,
escombros, residuos, arena.

Cuando así muere alguien vivo,
brota mucha sangre tras cada golpe.

Las estatuas de mármol, sin embargo, mueren blancamente
y no siempre del todo.

De ésta que hablamos ha quedado el torso
y está como contenido en el esfuerzo de la respiración,
porque ahora debe
atraer
hacia sí
toda la gravedad y la gracia
del resto perdido.

Y eso lo consigue,
eso aún lo consigue,
sigue y deslumbra,
deslumbra y perdura.

El tiempo también merece una mención elogiosa,
porque ha hecho una pausa
y algo dejó para después.





(Del poemario: Dos puntos, Ediciones Igitur)





LA MEMORIA AL FIN (de Wislawa Szymborska)

La memoria al fin tiene lo que buscaba.
Apareció mi madre, se me presentó mi padre.
Soñe para ellos una mesa, dos sillas. Se sentaron.
Volví a sentirlos cercanos y volvieron a vivir para mí.
Dos lámparas, en el crepúsculo, hicieron brillar
sus rostros como para Rembrandt.

Es ahora cuando puedo contar
en cuántos sueños vagaron, de cuántas multitudes
en momentos críticos los arranqué,
en cuántas agonías se me cayeron de las manos.
Aislados, volvían a crecer torcidos.
El absurdo los obligaba a ser absurdos.
Poco importaba que ello no pudiera dolerles fuera de mí
si les dolía dentro de mí.
El populacho soñado oyó cómo llama a “mamá”
a algo que saltaba chillando en una rama.
Hubo risas, ¡tener un padre con un lazo en la cabeza!
Me desperté avergonzada.

Y por fin.
Una de tantas noches,
de un vulgar viernes a un sábado,
llegaron de repente tal y como yo los quería.
Soñé con ellos, pero como liberados de los sueños,
obedeciéndose ya sólo a sí mismos y nada más.
En el fondo del cuadro se apagaron todas las posibilidades,
a los casos les faltó la forma necesaria.

Sólo ellos resplandecían hermosos, porque eran parecidos.
Pude verlos durante mucho, mucho tiempo, y felices.

Me desperté. Abrí los ojo.
Toqué el mundo como si fuera un marco tallado.




Del poemario "Poesía no completa"  
Ed: Fondo de Cultura Económica.
Traducción: Abel Murcia





MUSEO (de Wislawa Szymborska)

Hay platos, pero no apetito.
Hay anillos, pero no amor correspondido,
desde hace al menos tres siglos.

Hay un abanico, pero ¿qué fue del arrebol?
Hay espadas, pero ¿qué fue de la ira?
Y el laúd no suena entre dos luces.

Donde no hay eternidad se acumulan
diez mil antigüedades muy antiguas.
Un polvoriento portero dulcemente dormita
con el bigote pegado al cristal de su garita.

Metales, arcilla y una pluma de ave
vencen al tiempo con su quietud suave.
El broche de una egipcia alocada
ríe por nada.

La corona duró más que la cabeza.
La mano perdió contra el guante.
El zapato derecho venció sobre el pie.

¿Qué decir de mí? De morirme, ni hablar.
Contra mi traje lucho en incruenta contienda.
¡Qué aguante tiene la prenda!
¡Qué tenaz afán de más que yo durar!



(del la antología "Paisaje con grano de arena".  Ed: Lumen)




LAS MUJERES DE RUBENS (de Wislawa Szymborska)


Rapto de las hijas de Leucipo    (Rubens)


































Titánides, fauna femenina,
desnudas como estruendo de toneles.
Hacen su nido en lechos aplastados
y duermen con la boca abierta en forma de chillido.

Sus pupilas han huido hacia el fondo
y penetran al interior de sus glándulas
desde las que gotea levadura como sangre.

Hijas del barroco. Se infla la masa en la artesa,
se llenan de vapor los baños, se ruborizan los vinos,
por el cielo galopan nubes de cochinillos,
relinchan las trompetas ante el peligro físico.

¡Oh acalabazadas, oh excesivas,
duplicadas al rechazar los vestidos,
triplicadas por la impetuosidad de la pose,
grasosos platillos de amor!

Sus flacas hermanas se levantaron antes,
antes de que alboreara en el cuadro.

Y nadie las vio avanzar en fila
por la parte trasera del lienzo.

Desterradas del estilo. Con las costillas contadas,
y pies y manos que parecen de ave.

Con sus omóplatos salidos intentan
levantar el vuelo.

El siglo trece les daría un fondo dorado.
El veinte, una pantalla a color.
El diecisiete, en cambio,
nada tiene que ofrecer a los palos de escoba.

Pues hasta el cielo es protuberante,
protuberantes los ángeles y protuberante dios:
un bigotudo Febo que en un corcel
sudoroso irrumpe en una alcoba hirviente.

PAISAJE (de Wislawa Szymborska)

En el paisaje del antiguo maestro
los árboles tienen raíces bajo el óleo,
el sendero conduce de verdad a su final,
una brizna de hierba sustituye majestuosa a la firma,
son las cinco de la tarde fidedignas,
detenido, suave mas firme, el mes de mayo,
y yo le imito y hago un alto: sí, querido,
aquella mujer de debajo del fresno soy yo.
Mira cómo me he alejado de ti,
qué cofia blanca llevo y qué falda amarilla,
cómo agarro el canasto para no caer fuera del cuadro,
cómo paseo por el destino de otro
y descanso de los secretos vivos.
Aunque me llames, no te oiré,
si te oigo, no me giraré,
y si hiciera ese imposible gesto,
no reconocerías mi cara.
Conozco el mundo a seis leguas a la redonda.
Conozco las hierbas, sé conjurar males.
Dios aún posa su mirada en mi coronilla.
Sigo rezando por una muerte no repentina.
La guerra es un castigo y la paz un premio.
Los sueños vergonzosos son obra de Satanás.
Mi alma es tan cierta como el hueso de una ciruela.
No conozco los juegos del corazón.
No conozco la desnudez del padre de mis hijos.
Lejos de mí sospechar que el Cantar de los Cantares
sea un confuso borrador con tachaduras.
Cuanto quiero decir está en las frases hechas.
No abuso de la desesperación porque no es mía,
sólo la guardo en depósito y por un tiempo entre mis manos.
Aunque me atajes el camino,
aunque me mires a los ojos,
pasaré ante ti bordeando el abismo por una senda no menos
angosta que un cabello.
A la derecha está mi casa que conozco palmo a palmo,
con la escalera y la puerta de entrada,
donde acontecen historias aún no pintadas:
un gato se sube de un salto a un banco,
un rayo de sol hiere una jarra de estaño,
hay un hombre huesudo sentado a la mesa:
repara un reloj.

LOS DOS MONOS DE BRUEGHEL (Wislawa Szymborska)

Así es mi gran sueño del examen de revalida:
dos monos atados con cadenas, sentados en la ventana,
el cielo revolotea tras los cristales
y el mar se baña.

Me examino de historia de la gente.
Tartamudeo y me atasco.

Un mono clava en mí su mirada y aguza irónico el oído,
el otro finge dormitar,
y, en el silencio que sigue a la pregunta,
me sopla la respuesta
con un débil tintineo de cadenas.






De la antología “Paisaje con grano de arena”, Ed: Lumen
Cuadro:”Dos monos”, de Brueghel

HOMBRES EN EL PUENTE (Wislawa Szymborska)

Extraño planeta y extrañas las gentes que aquí viven.
Sucumben al tiempo, pero sin querer admitirlo.
Tienen sus trucos para expresar su desacuerdo.
Crean imágenes como por ejemplo ésta:

Nada de particular a primera vista.
Se ve el agua.
Se ve una de sus orillas.
Se ve una piragua que avanza penosamente río arriba.
Se ve un puente sobre el agua y se ven hombres en el puente.
Los hombres aprietan visiblemente el paso,
porque comienza a azotarlos la lluvia
que cae de una nube oscura.
Pero ya no sucede nada más.
La nube no cambia de color ni de forma.
La lluvia no arrecia ni amaina.
La piragua navega sin moverse.
Los hombres del puente corren
hacia donde antes corrían.

Imposible evitar un comentario.
No se trata de un cuadro inocente.
Aquí el tiempo ha sido detenido.
Se han obviado sus leyes.
Se le ha privado de influencia en el curso de los acontecimientos.
Ha sido menospreciado y ha sido ultrajado.
A causa de un rebelde,
un tal Hiroshige Utagawa
(individuo que, por cierto,
expiró como es debido hace ya mucho tiempo),
el tiempo ha tropezado y ha caído al suelo.

Tal vez se trate de una travesura sin importancia,
un exceso a escala de apenas un par de galaxias,
no obstante y por si acaso
añadamos lo siguiente:

Aquí suele ser de buen tono
valorar en mucho este cuadro,
admirarlo con emoción desde hace generaciones.

Hay quienes van más lejos.
Incluso oyen el rumor de la lluvia,
sienten las frías gotas en la espalda y en la nuca,
miran el puente y a los hombres
como si se vieran allí retratados,
en esa carrera que nunca llega al fin
de un camino sin fin eternamente por recorrer,
y en su desfachatez creen
que en realidad así es.