LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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AUVERS-SUR-OISE (de Blanca Varela)





Nadie te va a abrir la puerta. Sigue golpeando.
Insiste.
Al otro lado se oye música. No. Es la campanilla del teléfono.
Te equivocas.
Es un ruido de máquinas, un jadeo eléctrico, chirridos, latigazos.
No. Es música.
No. Alguien llora muy despacio.
No. Es un alarido agudo, una enorme, altísima lengua que lame el cielo pálido y vacío.
No. Es un incendio.

Todas las riquezas, todas las miserias, todos los hombres, todas las cosas desaparecen en esa melodía ardiente.
Tú estás solo, al otro lado.
No te quieren dejar entrar.
Busca, rebusca, trepa, chilla. Es inútil.
Sé el gusanito transparente, enroscado, insignificante.
Con tus ojillos mortales dale la vuelta a la manzana, mide con tu vientre turbio y caliente su inexpugnable redondez.
Tú, gusanito, gusaboca, gusaoído, dueño de la muerte y de la vida.
No puedes entrar.
Dicen.

                                                              II.


Tal vez en primavera.
Deja que pase esta sucia estación de hollín y lágrimas hipócritas.
Hazte fuerte. Guarda miga sobre miga. Haz una fortaleza de toda la corrupción y el dolor.
Llegado el tiempo tendrás alas y un rabo fuerte de toro o de elefante para liquidar todas las dudas, todas las moscas, todas las desgracias.
Baja del árbol.
Mírate en el agua. Aprende a odiarte como a ti mismo.
Eres tú. Rudo, pelado, primero en cuatro patas, luego en dos, después en ninguna.
Arrástrate hasta el muro, escucha la música entre las piedrecitas.
Llámalas siglos, huesos, cebollas.
Da lo mismo.
Las palabras, los nombres, no tienen importancia.
Escucha la música. Sólo la música.

                                                          
                                                           III.


A lo mejor eres tú mismo el tren que pita y se mete bajo tierra rumbo al infierno o la estrella de chatarra que te lleva frente a otro muro lleno de espejos y de gestos, endiablados gestos sin dueño y tú tras ellos, solo, feliz propietario de una boca escarlata que muge.

Pega el oído a la tierra que insiste en levantarse y respirar.
Acaríciala como si fuera carne, piel humana capaz de conmoverte, capaz de rechazarte.
Acepta la espera que no siempre hay lugar en el caos.
Acepta la puerta cerrada, el muro cada vez más alto, el saltito, la imagen que te saca la lengua.
No te trepes sobre los hombros de los fantasmas que es ridículo caerse de trasero with music in your soul.


                                                           IV.

Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos pies cansados sobre esta tierra que gira y es terriblemente joven todas las mañanas.
Porque sólo tú sabes que hay música, jadeos, incendios, máquinas que escupen verdades y mentiras a los cuatro vientos, vientos que te empujan al otro lado, a tu hueco en el vacío, a la informe felicidad del ojo ciego, del oído sordo, de la muda lengua, del muñón angélico.
Porque tú gusano, ave, simio, viajero, lo único que no sabes es morir ni creer en la muerte, ni aceptar que eres tú mismo tu vientre turbio y caliente, tu lengua colorada,tus lágrimas y esa música loca que se escapa de tu oreja desgarrada.




MADONNA (de Blanca Varela)

Madonna col bambino col scene della vita di sant'Anna
Obra conjunta de Massaccio y Masolino
    
 La que había visto todo se volvió de perfil, orgullosa y fortalecida. Sobre el lecho se incorporó la madre y ofreció el hijo, envuelto como una crisálida, a los postreros rayos del sol. Al mismo tiempo el ama acercaba el seno henchido y moreno al labio virgen del recién llegado, pero él dormía, indiferente al calor del sol y al misterio del primer beso. 
     Un crítico severo hubiera reclamado un fulgor de sangre en el entarimado de porcelana, y que el triángulo de cielo de la ventana hubiera sido más azul, más cielo.
     Y además, aquel niño ya crecido, al centro de todo, oraba de una manera extraña, uniendo las plantas de los pies como un simio.
     La arquitectura era limpia pero banal, con algo de templo y de mercado. Escaleras inútiles, ventanas que aspiraban la oscuridad a borbotones, arcos bajos como tumbas, escaños desocupados y cortinajes anudados con ira.
     Y luego, cruzando el tiempo, el cortejo de mujeres con sus dones y secretos a cuestas. Estaban todas. La que lucía el vientre como una hogaza dura y rubia bajo la gasa mortecina. La madre de aquel párvulo que se protegía del milagro a la sombra de la cadera familiar y opulenta. La dueña de la trenza todavía infantil y del seno obviamente maduro. Y entre ellas, apartada, la célibe: sabia como una abuela, poderosa de brazos y ensimismada frente a la ventana.
     De espaldas a la escena la más grave, la más dulce de todas. Con el niño extraño y crecido entre los brazos parecía saberlo todo. Amor en sus ojos extraviados, ceguera y luz en el rostro del infante rollizo.
     Al fondo, huyendo del lugar, un anciano trepa penosamente las escaleras. En lo alto lo esperaba una dama, noble de porte y vestido, que lo ayudaba gentilmente a transponer el umbral que le correspondía.