LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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PAOLO UCELLO: PINTOR (de Marcel Schwob)


Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccelli, es decir, Pablo Pájaros, debido a la gran cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa; porque era muy pobre para alimentar animales o para conseguir aquellos que no conocía. Hasta se dice que en Padua pintó un fresco de los cuatro elementos en el cual dio como atributo del aire, la imagen del camaleón.

Pero no había visto nunca ninguno, de modo que representó un camello panzón que tiene la trompa muy abierta. (Ahora bien; el camaleón, explica Vasari, es parecido a un pequeño lagarto seco, y el camello, en cambio, es un gran animal descoyuntado). Claro, a Uccello no le importaba nada la realidad de las cosas, sino su multiplicidad y lo infinito de las líneas; de modo que pintó campos azules y ciudades rojas y caballeros vestidos con armaduras negras en caballos de ébano que tienen llamas en la boca y lanzas dirigidas como rayos de luz hacia todos los puntos del cielo. Y acostumbraba dibujar mazocchi, que son círculos de madera cubiertos por un paño que se colocan en la cabeza, de manera que los pliegues de la tela que cuelga enmarquen todo el rostro. Uccello los pintó puntiagudos, otros cuadrados, otros con facetas con forma de pirámides y de conos, según todas las apariencias de la perspectiva, y tanto más cuanto que encontraba un mundo de combinaciones en los repliegues del mazocchio. Y el escultor Donatello le decía:

-¡Ah, Paolo, desdeñas la sustancia por la sombra!

Pero el Pájaro continuaba su obra paciente y agrupaba los círculos y dividía los ángulos, y examinaba a todas las criaturas bajo todos sus aspectos, e iba a pedir la interpretación de los problemas de Euclides a su amigo el matemático Giovanni Manetti; luego se encerraba y cubría sus pergaminos y sus tablas con puntos y curvas. Se consagró perpetuamente al estudio de la arquitectura, en lo cual se hizo ayudar por Filippo Brunelleschi; pero no lo hacía con la intención de construir. Se limitaba a observar la dirección de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y cómo las bóvedas cerraban en sus claves, y la reducción en abanico de las vigas de techo que parecía unirse en la extremidad de las largas salas. Representaba también todos los animales y sus movimientos y los gestos de los hombres con el propósito de reducirlos a líneas simples.

Después, a semejanza del alquimista que se inclinaba sobre las mezclas de metales y órganos y que escudriñaba su fusión en el hornillo en busca de oro, Uccello volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, con el propósito de obtener su transmutación en la forma simple de la cual dependen todas las otras. Fue por esto que Paolo Uccello vivió como un alquimista en el fondo de su pequeña casa. Creyó que podría convertir todas las líneas en un solo aspecto ideal. Quiso concebir el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de Dios, que ve surgir todas las figuras de un centro complejo. Alrededor de él vivían Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi, Donatello, cada uno de ellos orgulloso y dueño de su arte, burlándose del pobre Uccello y de su locura por la perspectiva, apiadándose de su casa llena de arañas, vacía de provisiones. Pero Uccello estaba más orgulloso todavía. Con cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. La imitación no era la finalidad que se había fijado, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de capuchas con pliegues le parecía más reveladora que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello.

Así vivía el Pájaro y su cabeza pensativa estaba envuelta en su capa; y no se fijaba en lo que comía ni en lo que bebía y se parecía por entero a un ermitaño. Y sucedió que en un prado, junto a un círculo de viejas piedras hundidas entre la hierba, vio un día a una muchacha que reía, con la cabeza ceñida por una guirnalda. Llevaba un largo vestido delicado, sostenido en la cintura por una cinta descolorida, y sus movimientos eran elásticos como los tallos que doblaba. Su nombre era Selvaggia y le sonrió a Uccello. Él notó la inflexión de su sonrisa. Y cuando ella lo miró, vio todas las pequeñas líneas de sus pestañas y los círculos de sus pupilas y la curva de sus párpados y los entrelazamientos sutiles de sus cabellos y en su mente hizo adoptar a la guirnalda que ceñía su frente una multitud de posiciones. Pero Selvaggia no supo nada de eso, porque tenía solamente trece años. Ella tomó a Uccello de la mano y lo amó. Era la hija de un tintorero de Florencia y su madre había muerto. Otra mujer había ido a la casa y había pegado a Selvaggia. Uccello la llevó a la suya.

Selvaggia permanecía en cuclillas todo el día frente a la muralla en la cual Uccello trazaba las formas universales. Jamás comprendió por qué prefería contemplar líneas derechas y líneas arqueadas a mirar la tierna figura que se tendía hacia él. A la noche, cuando Brunelleschi o Manetti iban a estudiar con Uccello, ella se dormía, después de medianoche, al pie de las rectas entrecruzadas, en el círculo de sombra que se extendía bajo la lámpara. A la mañana, se despertaba antes que Uccello y se alegraba porque estaba rodeada por pájaros pintados y animales de color. Uccello dibujó sus labios y sus ojos y sus cabellos y sus manos y fijó todas las actitudes de su cuerpo; pero no hizo su retrato, como hacían los otros pintores que amaban a una mujer. Porque el Pájaro no conocía la alegría de limitarse a un individuo; no permanecía nunca en un mismo lugar; quería planear, en su vuelo, por encima de todos los lugares. Y las formas de las actitudes de Selvaggia fueron arrojadas al crisol de las formas, con todos los movimientos de los animales y las líneas de las plantas y de las piedras y los rayos de la luz y las ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del mar. Y sin acordarse de Selvaggia, Uccello parecía permanecer eternamente inclinado sobre el crisol de las formas.

A todo esto no había nada que comer en la casa de Uccello. Selvaggia no se atrevía a decírselo a Donatello ni a los otros. Calló y murió. Uccello representó la rigidez de su cuerpo y la unión de sus pequeñas manos flacas y la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que estaba muerta, así como no había sabido si estaba viva. Pero arrojó sus nuevas formas entre todas aquellas que había reunido.

El Pájaro se hizo viejo y nadie comprendía más sus cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de curvas. Ya no se reconocía ni la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Hacía largos años que trabajaba en su obra suprema, que ocultaba a todos los ojos. Debía abarcar todas sus búsquedas y ser, en su concepción, la imagen de ellas. Era Santo Tomás incrédulo, palpando la llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los ochenta años. Llamó a Donatello y lo descubrió piadosamente ante él. Y Donatello exclamó:

-¡Oh, Paolo, cubre tu cuadro!

El Pájaro interrogó al gran escultor, pero éste no quiso decir nada más. De modo que Uccello supo que había consumado el milagro. Pero Donatello no había visto sino una madeja de líneas.

Y algunos años más tarde se encontró a Paolo Uccello muerto de agotamiento en su camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus ojos estaban fijos en el misterio revelado. Tenía en su mano, estrictamente cerrada, un pequeño redondel de pergamino lleno de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro.




UCELLO (de Jesús Ferrero)





















Nunca morirán esos caballeros
de altiva silueta roja.
Brazos que no saben
del palpitar de la sangre, corazones
de fieltro,
para ellos la inmortalidad.

Emblemas
de una guerra imaginaria
trazada por la mano de un geómetra
que amó la solitaria línea recta:
damas de manos
azul turquesa,
dragones de inmutable cuarzo,

para ellos la inmortalidad.
Para ti las acibadas
mañanas del apátrida,
para ti la noche
de oscuras avenidas
y los días diáfanos y los días grises,
para ti la vaporosa gloria de la vida.

Animal de efímeras certezas y efímeras mudanzas,
un instante tatuado sobre el agua
serán tus días.

LA CACERÍA NOCTURNA (de Derek Mahon)


La cacería nocturna, 1460.
Museo Ashmolean de Oxford. Oxford. Inglaterra
Paola Ucello
















Sombras vacilantes,
figuras estilizadas, ágiles venados,
huidas de bisontes veloces en cavernas
donde el homo faber mataba para vivir;
pero la maleza neolítica
se hizo bosque nocturno

en las paredes del cuarto de los niños,
se trocaron los miedos ancestrales
en juego, los caballos en caballos de balancín
domados, adiestrados en los usos cortesanos.
Ya no enloquecen con los aullidos
de bestias fétidas

sino que rampantes participan
en desfiles y ceremonias
al son del cuerno
perentorio y desolado a la vez.
El suave aire herbáceo
es de un amarillo azulado

y el claro resplandece
con misterios gozosos,
depósitos diuréticos, perfume de presa.
A medianoche el alba se insinúa
entre los árboles sombríos
donde los galgos esbeltos se vuelven

frenéticos de ansidedad,
saltando a diestro y siniestro,
alejándose sus ladridos hacia un punto
oculto por el espesor de la pintura;
como si nuestra cacería nocturna,
tan llena de tensión,

tan largamente proseguida,
en qué caverna oscura comenzada,
y aún no acabada, no fuera la gran aventura
que suponemos, sino un espectáculo
rebuscado que proporciona diversión,
que no alimento.

UCELLO, HOY 6 DE AGOSTO (de Eugenio Montejo)


La batalla de San Romano: el contrataque de Micheletto da Cotignola
Paolo Uccello


En el cuadro de Uccello hay un caballo
que estuvo en Hiroshima.
Nadie lo ve cuando se ausenta,
cuando sus ojos beben sombra
sobre los cascos que se pulverizan.
Uccello dejó un mapa de la guerra
arcaico, con armas inocentes.
No dibujaba aviones ni torpedos,
desconocía los submarinos,
su muerte iba del gris al rojo, al verde.
Sólo el caballo en este 6 de agosto
está herrado con viejas cicatrices,
sólo sus patas llevan en la noche
a la desolación del exterminio.
Es un caballo torvo, atado a un árbol,
siempre listo en su silla.
Uccello lo cubrió con capas de pintura,
lo borró de su siglo,
y hoy aguarda en el fondo de la cuadra
con los jinetes de Apocalipsis.

UCELLO (de Gregory Corso)






Tríptico de la batalla de San Romano
Paolo Ucello



Ellos nunca morirán en ese campo de batalla
ni las sombras de los lobos reclutarán sus tesoros como
novias del trigo en todos los horizontes esperando allí
para consumir el fin de la batalla
no habrá ningún muerto que ponga tensos sus vientres
flojos ningún montón de tiesos caballos en los que
enrojecer sus ojos brillantes o aumentar su comida de muertos.
Antes vagarían enfurecidos y hambrientos con lenguas
dementes que creer que en ese campo ningún hombre pudo morir.

Nunca morirán aquellos que luchan tan abrazados
aliento con aliento, el ojo reconociendo al ojo, imposible
morir o moverse, ninguna luz se filtra, ningún brazo con maza,
nada más que un caballo resoplando contra otro, escudo
brillante sobre escudo, todos iluminados
por el afilado rayo de un ojo bajo un yelmo.
¡Y aquellos pendones! Lo bastante airados para echar a volar
sus insignias de una parte a otra del cielo que han borrado.
Podría imaginarse que pintó sus ejércitos junto a los ríos
más fríos que tenías filas de calaveras de acero brillando en la oscuridad.
Pensarías que es imposible que un hombre muera
la boca de cada combatiente es un castillo de canción
cada puño de acero un gong soñador, golpe resonante,
golpe como gritos de oro.
¡Cómo desearía participar en tal batalla!
Un hombre plateado en un caballo negro con un estandarte rojo
y una lanza listada, nunca morir sino ser eterno
un príncipe dorado de una guerra pictórica.

NO MI MEJOR PERFIL (de Ursula Askham Fanthorpe)

San Jorge y el dragón
Paolo Ucello



























                    I.

No es éste mi mejor perfil, mucho me temo.
El artista, como puede verse, no me dio
la oportunidad de posar debidamente.
Pobrecillo: tenía la obsesión de los
triángulos, y me dejó dos patas fuera.
No dije nada entonces
(¿qué son, después de todo, dos patas
para un monstruo?) pero a la larga
lo sentí por aquello de la publicidad negativa.
¿Por qué, me dije, ha de ser quien me venza
tan ostentosamente imberbe, y montar
un caballo de cuello deforme y cascos cuadrados?
¿Por qué tiene mi víctima tan poco
atractivo que resulta incomestible?
Y, ¿por qué ha de llevarme, literalmente,
atado a una cadena? No me importa morir
de manera ritual, puesto que siempre resucito,
pero habría preferido un poco más de sangre
para dejar claro que se me toma en serio.


                    II.

Es difícil para una chica estar segura
de que quiere ser rescatada. Vamos,
que le tomé afecto al dragón. Es agradable
que una guste, ya saben a qué me refiero. Tenía
tan buena presencia, con sus garras,
su deliciosa piel verde, y esa cola tan sexy...
Y su manera de mirarme me hacía
sentir que estaba del todo dispuesto
a comerme. A cualquier chica le gusta eso.
Así que cuando se presentó el muchacho,
con todos los adelantos de la técnica,
sobre un caballo de verdad peligroso,
no me pareció, si he de ser sincera,
muy atractivo. Quiero decir,
¿cómo era por debajo de todo aquel metal?
Quizá tuviera acné, espinillas o incluso
halitosis por lo que a mí se me alcanzaba,
mientras que el dragón...
vaya, se le veía todo el equipo
de una ojeada. Pero, ¿qué podía hacer yo?
El dragón se dejó vencer,
y una tiene que mirar por su futuro.


                   III.

Cuento con diplomas en Gestión
de Dragones y Rescate de Vírgenes.
Mi caballo es del último modelo, con
Transmisión Automática y Obsolescencia
Incorporada. La lanza está hecha a la medida,
y mi armadura es un prototipo todavía
en la lista secreta del fabricante. Hoy en día
no es posible hacerlo mejor que yo.
Estoy preparado y equipado hasta
las cejas. Por tanto, ¿a qué viene poner dificultades?
¿no queréis morir o ser rescatados
de la manera más contemporánea?
¿no queréis desempeñar los papeles
que la sociología y el mito han diseñado para vosotros?
¿no os dais cuenta de que, si os ponéis demasiado exigentes,
hacéis peligrar puestos de trabajo
en la industria fabril de las lanzas y de los caballos?
De todos modos, ¿qué me importan,
vuestros deseos? No sois más que un estorbo.

INTERVENCIÓN DE MICHELETTO DA COTIGNOLA EN LA BATALLA DE SAN ROMANO (de José María Álvarez)



Tríptico de La Batalla de san Romano. Intervención decisiva al lado de los
florentinos del condottiero Micheletto da Cotignola
Paolo Uccello, 1456

























Adios, Ángel mío. Debo escribir varias
cartas además de la vuestra.
-Madame de Sévigné-

“No estas aquí” dijiste,
con esa desmedida pretensión
tan femenina (¡Que no se escape, que no se me escape!), y

encendiste con rabia
un cigarrillo, y te apartaste como
para demostrar disgusto (pero
tampoco mucho, no
vaya a
recelar; lo suficiente para
que sepa lo importante
que es que yo me abra
de piernas). Y bueno, sí, llevabas
razón: No estaba
allí. Escuche tus suspiros, notaba
tus piernas enredadas como lianas en mis lomos,
el golpear de nuestros cuerpos en la cama, la uña inmensa
de la lujuria arañando
dentro de mi vientre, y tus besos en mi garganta, y,
                                                                                                    sí, sin
duda, oí
el crujido del vacío al helarse. Pero
lo siento, querida, yo no estaba
allí. Yo estaba
contemplando una pintura
de Ucello, recreándome en mi memoria, y
cuando volví a aquel lecho
y te besé –“y dónde iba a estar te
dije-, de la fogosidad de mis abrazos
–y esto no es poner en duda tus encantos-
un cincuenta por ciento, me imagino,
era de Uccello, de la plenitud
que me había invadido recordando
la belleza sin par de esa batalla.


(del poemario "El botín del mundo". 
Editorial Renacimiento)
(