LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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BOTONES -Soutine- (de Ramón Cote Baraibar)



Basta verte sentado
con las piernas indolentemente abiertas
para saber que no te importa en lo más mínimo
que de todas partes del hotel te reclamen.

Por ser el último botones
del único hotel de la tierra,
y por haber atendido con suma cortesía
a la mayoría de los viajeros de los cinco continentes,
es comprensible que a estas alturas
el rabioso llamado de la campanilla
del conserje octgogeneario
se haya convertido en un sonido adicional
que repite su rumor en la jaula de tu mente.

Y eso que hoy ha sido un día como cualquier otro:
por la mañana te abofetaron como de costumbre
banqueros de levita y monóculo,
y antes de la cinco un grupo de baronesas
recriminaron tu torpeza y tu tardanza
cuando con gesto ausente
les serviste un invisible postre de nubes
de color violeta.

Desde que tienes memoria
has alzado detestables caniches blancos de princesas rusas,
has recorrido verticalmente miles de kilómetros
en un ascensor forrado en terciopelo azul,
donde famosas actrices del cienematógrafo
te mostraron sus pechos
que no eran en blanco y negro pero eso sí
absolutamente mudos,  y tan inalcanzables
como sus esbeltas figuras en la tela de la pantalla.

A la espera de algo que todavía no sabes
exactamente  qué es
–una propìna, una declaración de amor,
un aumento de sueldo-
te observas en el espejo del Salón de Huéspedes Ilustres
y sólo ves reflejado un arrugado uniforme
de color rojo que como un cirio de una iglesia bizantina
se ha venido derritiendo durante todos estos años,
desde el día en que empezaste a hacer reverencias
y sonreír estúpidamente
al primer huésped que apareciera por la puerta giratoria.




Del poemario: COLECCIÓN PRIVADA.
III PREMIO CASA DE AMÉRICA DE POESÍA AMERICANA.
ED: VISOR

LA LEOCADIA -Goya- (de Ramón Cote Baraibar)




La Leocadia, 1818-1823
Francisco de Goya
Madrid, Museo del Prado



No se sabe quién está más demente
esta noche de octubre en la Quinta del Sordo:

si la muerte que como un cuervo
poco a poco se acerca por la oscura
barandilla de cobre

o esa mujer tocada por la corrosión
del luto, quien al borde de la cama
donde un hombre cuenta con sus dedos
los últimos latidos de su corazón,

por amor ha decidido ofrecer su cuerpo
para que la muerte a su llegada
la confunda
con la verdadera presa que venía persiguiendo.


ÁRBOL AMURALLADO - Juan Cárdenas - (de Ramón Cote Baraibar)




Árbol amurallado, 1991
Juan Cárdenas



Premeditadamente
                    el primer
pájaro
del amanecer
escogió la rama
                            más alta
de ese árbol solitario
para que las cuatro paredes,
que lo habían mantenido
encerrado desde su nacimiento,
tuvieran que repetir una
y otra
            y otra vez
su canto ensordecedor,
hasta que se les reventaran
                                          los tímpanos.

AZOTEA EN EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES (de Ramón Cote Baraibar)

































Las once letras de neón de un enorme anuncio
de Ballantines, lejos de su legendario resplandor
que alguna vez tuvieron en esa esquina estratégica
de Madrid, permanecían apoyadas y en desorden
contra el muro de la azotea del Círculo de Bellas Artes,
como si la estatua de Minerva que allí habitaba
jugara en solitario y desde las alturas
una prolongada partida de scrabble
con esas lápidas melancólicas de la publicidad.

Eso fue lo primero que vimos al llegar
a escondidas hasta allí, cuando por fin empujamos
la última puerta prohibida que nos permitió ver de cerca
a la diosa vigilante. La ciudad, en ese triste otoño
de principios de los años ochenta, con sus techos oscuros
y sus repetidos campanarios, parecía “un pueblón”
como dijiste con tu acento portugués, ahondando la última sílaba,           
          (mientras un viento frío nos cortaba con sus cuchillos las palabras).

Al aproximarnos con sumo sigilo a Minerva,
y después de recorrer los pliegues monocordes de su túnica
que caían paralelos a sus pies a la manera clásica,
oímos extrañados el rumor de miles de abejas
que habían hecho su panal en las cuencas de sus ojos
vacíos, ignorando que esa imagen misteriosa nos perseguiría
por años y hasta en sueños, como un oráculo
que algún día tendríamos que descifrar.

No sé por qué hasta ahora lo recuerdo
ni por qué razón lo había olvidado. Quizás
porque de repente me pregunté qué habrá sido de ti,
mi amigo el pintor portugués que vivía en la calle Bustamante,
con quien también una tarde descubrí, detrás de un muro,
un desolado cementerio de trenes donde las locomotoras,
con sus costras adheridas de carbón, no se resignaban
a su reclusión obligatoria, a su detención definitiva,
a su cadena perpetua.

El tiempo tiene su manera particular
de hacer que las cosas sean visibles nuevamente,
para que esta noche de alcohol, en la que se agitan
las abejas videntes del olvido, todo ocupe
su lugar y pueda escribirte estas palabras que,
como las letras de un anuncio de neón,
tardan torpemente en encenderse,
una a una, igual que la memoria.



CÁRCELES DE LA INVENCIÓN -G.P. Piranesi- (de Ramón Cote Baraibar)

































Alimentado en el desague gris de las cloacas,
adherido fuertemente a las exclusas,

un animal, mitad anfibio, mitad parásito,
ha venido creándose, creciendo

durante siglos en la descomposición.

Por azar de la naturaleza un día recibe el don
de la existencia: respirar,

extenderse, reproducirse. Ahora ya
se le puede catalogar

como un cuerpo vivo más entre los vivos. 
 
Ubicado como un intruso en el primer peldaño
de la evolución
abre lentamente los párpados
y sólo ve hacia lo alto

puentes colgantes, cadenas, poleas, palancas,

estructuras de madera que se repiten
como una pesadillla, infinitamente.

También oye gritos, cientos
de sombras lamentándose, retorcerse

en los potros de tortura.

Así es el mundo que el animal desde el fondo mira
y al que ha sido destinado.

Debido a que esa confusión no parece
tener fin cierra los ojos

y su cuerpo alargado, su membrana
gelatinosa se estremece de satisfacción

porque todo lo que repite bajo sus párpados
le servirá algún día de alimento.

JARDÍN DE VILLA MEDICIS -VELÁZQUEZ- ( de Ramón Cote Bariabar)


Vistas del jardín de la Villa Medicis, en Roma. 1630
Museo del Prado
Diego Velázquez


































Ya no soy ese joven que llegara a Italia
para aprender en sus talleres y claustros y palacios
los codiciados secretos de la pintura.
Ahora ocupo el cargo de pintor de cámara de la corte
y he venido nuevamente a Roma
con el único propósito de adquirir obras de arte
para la colección de su majestad Felipe IV.

Esta tibia tarde de septiembre
regreso como entonces al Jardín de Villa Medicis
y mientras repaso en mi memoria
los nombres de algunos pintores ilustres
—Tiziano, Veronés, Correggio, Caravaggio—
observo a un par de hombres cancelar con unas tablas
una noble puerta de piedra que se alza delante de unos pinos.

Al respirar en el jardín el dulce aroma del azahar
que me hace revivir de repente mi infancia en Sevilla,
una voz me pide que abandone por un momento mis funciones,
que me olvide de mi dedicación y entrega a los demás
y guarde sólo para deleite mío testimonio de estas horas.

Entonces cierro los ojos y suplico al cielo
que sea capaz de repetir más tarde en la tela
esta efímera felicidad que ahora me acompaña,
antes de que mi propia memoria,
como la puerta de piedra que están cubriendo,
no me reconozca y me impida la entrada.

Al verme contemplar la pintura desde lejos
el rey me pregunta qué singular acontecimiento allí se refleja,
qué oculta alegoría pretendo enunciar,
pero solamente acierto a responder que es la tarde, Majestad,
solamente la tarde romana que pasa.




TEATRO ROMANO DE MÉRIDA (de Ramón Cote Baraibar)


La noche se cerraba sobre tu hombro
como una piedra ardiente
en el agua.

Tú, de julio, momentánea prisionera
de mis ojos feroces.

Lo que más me dolía
no era la tragedia de Eurípides
que los actores representaban,
sino saber que bajo tu vestido blanco
resonaba
como nunca y para nadie
la impaciente percusión de las ruinas
de Mérida.

LA NIÑA DEL BALÓN - Felix Valloton- (de Ramón Cote Baraibar)



A su edad y con ese cielo y en ese jardín donde los árboles susurran de rama en rama el secreto del verano y su fragancia, una niña ha venido lanzando hacia lo alto un balón sabiendo que tres pasos más adelante lo volverá a atrapar entre sus brazos, porque a esa edad el cielo y los árboles y el aire le pertenecen y todas esas cosas que la rodean, como una ráfaga de golondrinas, la consideran como una de las suyas.

Fugada de la horas, bajo su sombrero de paja la niña persigue la trayectoria del balón, pasando su mirada una y otra vez de los árboles al resplandor del sol y del sol a la suavidad de la arena y de la arena a las nubes del atardecer y del atardecer al reposo del sueño, hasta llegar nuevamente a esta mañana de verano dode continúa corriendo en la estación que no parece tener término.

El pintor que desde un tercer piso la observa no puede asegurar si la niña verdaderamente está jugando a persguir un balón o si lo que está  viendo es un espejismo que ha logrado escaparse de alguno de sus sueños.

NIGHT WINDOWS -Edward Hopper- (de Ramón Cote Baraibar)

 


A medianoche,
una luz encendida en lo alto

de un edificio
es un imperio.

La orfandad de ese involuntario
faro

es una solitaria prueba de la vida.

 
Night windows
Edward Hopper


UNA PUERTA (TOR) -Paul Klee- (de Ramón Cote Baraibar)

Una puerta - Ein Tor, 1939
Paul Klee


La memoria tiene dos puertas ocultas
como las ciudades sepultadas de los desiertos.

Quien impetuoso entre por el Norte
o sigiloso se deslice por el Sur

sediento de detendrá a beber en el mismo manantial,
y una vez se lleve el agua a los labios
descubrirá una palabra que jamás empieza
porque no ternina nunca.
Pero no es Olvido. Pero tampoco es Recuerdo.

Más allá de los días , de los cuerpos,
de los años, regresará a su boca
el lejano sabor del agua en la fuente
y entonces escribrirá en la arena,
en las paredes, en las calles, en las ventanas
esa palabra circular, esa palabra
que no parece tener principio ni fin:

                                         A

                                 E             E

                                         R

MADRID SUR (1965-1985) -Antonio López- (de Ramón Cote Baraibar)



Madrid Sur (1965-1985)
Antonio López
 

























                                                      Para Adolfo García Ortega


Por mis ojos
y mis manos
      ha pasado
todo el cielo.

Sin embargo
      lo desconozco,
como esta ciudad

      que cada día
se deshace, se esfuma,
      más y más
hacia el sur.

Ignorando las advertencias de Leonardo
al principìo me propuse
detenerla en el tiempo.

Más tarde
intenté que el tiempo
continuara fluyendo en su detención
Pero todo resultó inútil.

Pintar durante veinte años en un mismo cuadro
la cambiante ciudad.
Ese fue mi dasafío y mi condena.
Y esta victoria
                   inasible.



Del poemario: COLECCIÓN PRIVADA.
III PREMIO CASA DE AMÉRICA DE POESÍA AMERICANA.
ED: VISOR



EL MUNDO DE CRISTINA - Andrew Wyeth - (de Eduardo Chirinos; Ramón Cote Bariabar; María Victoria Atencia)



Nota:
He aquí un pintor y tres poetas; un solo cuadro, pero tres distintas voces, tres poemas, tres versiones, tres maravillosas "Ekprhasis" de una misma fascinante pintura. Espero que os guste.

Santiago Elso Torralba



























EL MUNDO DE CHRISTINA   ( de Eduardo Chirinos)


Seguramente recuerdan la pintura.
Un paisaje rural pintado sobriamente,
en el borde superior una colina separa
el verde amarillento del azul atardecer;
a la izquierda el granero (hay cuervos
sobrevolando el granero), a la derecha
la lenta casa inalcanzable. Y Christina,
apoyada en la hierba, con su falda
rosa, el pelo ligeramente despeinado.
Así la dejó el pintor. Arrastrándose
en el aire, los brazos delgadísimos,
de espaldas a nosotros. La que yo
conocí tenía pelo negro, y era hermosa.
Una muchacha brillante y divertida,
ajena a la parálisis, al oscuro dominio
del miedo y la tristeza. ¿Qué sabemos
nosotros del mundo de Christina?
Un día se fue sin decir nada.
Tenía el pelo ligeramente despeinado.
Era otoño. Hacía un poco de viento.


                  *       *       *
 
EL MUNDO DE CRISTINA   (de Ramón Cote Baraibar)

Es poco lo que sabemos de ti: que tu provincia se reduce a una casa de madera y a un granero situados en lo alto de una colina, que en los veranos tienes por costumbre contemplarlos a tres pájaros de distancia, apoyando tus brazos sobre la tierra como un templo al que se le hubieran torcido las columnas de los extremos, que allí , entre los tallos de trigo, no te visitan ángeles sino cientos de saltamontes, que tienes polio y que te llamas Cristina.

Si estos datos parecen suficientes, entonces por qué nos equivocamos durante tantos años creyendo que el día en que nos dejaras ver el color de tus ojos revelaríamos tu misterio, en lugar de pensar que las contadas cosas que miras detenidamente leventando la cabeza como una corza en la colina, te bastan de sobra para vivir.


                  *     *      *



EL MUNDO DE CRISTINA   (de María Victoria Atencia)


                                                                            
                       Tuve también su edad, y tendida en la hierba
supe de un sol a plomo sobre el verde agostado,
de un ardiente silencio en el que me envolvía,
y de una brisa súbita –yerta quizá- de aviso,
hiriéndome las sienes.
                                                             Tuve su edad. Me he vuelto
descompuesta sin duda, sobre mí,
para mirar mi casa alzada en la ladera
–la polilla royendo mi enagua en los armarios-
sin que siquiera a un ramo de glicinias pudiese
detraerle una gota de su zumo.
                                                                                        Me he vuelto,
confundido mi nombre, para salvar mi casa,
aunque siga en un cuadro donde tan sólo espero
que irán a dar razón de mi nuca los ánsares.



RES DESOLLADA (de Ramón Cote Bariabar)

Res desollada
Rembrandt

Cómo sabes que me corrompe el aire.
Por qué te enamoraste de mí ahora que cuelgo
y enumeras cada una de mis costillas,
y con detenimiento observas los nudos de mis tendones
como si me hubieras visto alguna vez
pastar entre los campos
¿Acaso te reconoces en mis heridas?
Si esto llegara a ser cierto, hermano mío, entonces
déjame abrirme en carne viva
para mostrarte mi fragante entrada a la muerte.
Termina de una vez por todas, pintor de cara triste,
mira que muy pronto me llamarán pestilente
y me convertiré en la atracción de todas las moscas
de este matadero de Amsterdam.

EL TRIUNFO DE LA MUERTE - Brueghel - (de Ramón Cote Baraibar)

    





















      No podrá la furia alcanzar la altura temida de tus ojos, ni
tu voz llamar a la guardia, ni siquiera vendrá en tu ayuda el
halcón ancestral de tu linaje, ni el cetro que empuñas o el ar-
miño que cubre tus hombros harán prevalecer en medio de
la rapiña tu condición real.

      Una dinastía más antigua y poderosa que la tuya escarba
con sus manos huesudas la riqueza acumulada por genera-
ciones, y arrojando por el suelo las monedas que rebosan tus
calderos hace manifiesto su desprecio, pesa en su balanza ca-
da uno de los pecados y señala la hora del castigo.

      Si para los ungidos por la majestad piedad no hay ni atis-
bo alguno de gesto cortés, tampoco parece que la habrá con
aquellas pobres gentes que aparecían con pavos en Navidad
y gratas doncellas para tu aprobación en verano. Ahora sus
cuerpos, de los unos y de los otros, se alzan en las colinas ata-
dos a las ruedas de las carretas como alimento para los cuer-
vos que estrechan cada vez más sus círculos en el aire.

      Por toda la extensión de tus ojos reina un color plateado
y lo cubre ese espesor acuoso, de lástima y tormento, de
quien espera en el atrio de una iglesia una vulgar limosna.
Por eso un manso abatimiento, una debilidad ósea te obliga
a abrir los brazos para rendirte sin ofrecer la menor resisten-
cia ante ejército victorioso de la Soberana.

      Sonámbulo, destronado y perplejo has permanecido des-
de entonces, cuando Brueghel te abandonara hace ya qui-
nientos años en la esquina inferior izquierda del Triunfo de
la Muerte.

El triunfo de la muerte (Pieter Brueghel h. 1562)
Museo del Prado
  
Del poeta:
RAMÓN COTE BARAIBAR

De su poemario:
COLECCIÓN PRIVADA.

III PREMIO CASA DE AMÉRICA DE POESÍA AMERICANA.
ED: VISOR






LA JOVEN DE LA PERLA (de Ramón Cote Baraibar)


La muchacha de la perla
Vermeer


Suplicantes me miran tus ojos
como las olas que en alta mar
preguntan entre espumas por sus islas.

Porque ese beso prohibido que todavía aturde
las vocales de nuestros labios
me ha condenado para siempre
a amarte a distancia y a ti,
a permanecer en dolorosa lejanía.

Antes de iluminar con tu perla
la sombra que te reclama y te castiga
te detienes para mirarme por última vez

pidiéndome que te haga compañía,
como si yo, impedido a este lado del tiempo,
pudiera acompañarte,

como si tú, atrapada en un cuarto
de la vieja ciudad de Delft,
hubieras olvidado por completo
que únicamente existes

para despedirte.

 
 
 
(del poemario " Colección privada" Ed: Visor)
 

BELLA FERRONIERE (de Ramón Cote Bariabar)

Bella Ferroniere
Leonardo da Vinci


No fue debido a la blancura cegadora
de la nieve
que desviaras la mirada.
Herida mujer de amores,
protegida por una cierta cinta negra que sostiene tu frente
te asomas decidida a la ventana de la torre
intentando contener ese llanto que sólo el corazón produce,
que sólo del engaño emana.
Las fugaces alondras
que cruzan sobre tu tristeza
nada pueden hacer por aplacar
esa brasa que atormenta el fondo de tus ojos.
Como si te acusaran de olvido
volteas a mirar con rabia, con fiereza,
esa voz alguna vez amada
que ahora te separa de la nieve.

EXPULSIÓN DEL PARAÍSO - Masaccio- (de Ramón Cote Baraibar)



Expulsión del paraíso
Masaccio
                                    Para Renato Sandoval



Ni siquiera las lágrimas,
     espesas como el mercurio,

ni el yunque ardiente
     que les quemaba muy adentro,

ni los kilómetros de zarzas,
    que hicieron sangrar sus tobillos,

ni la prolongada llovizna
    que los recibió de pie en la intemperie.

Nada, nada de eso, ni las semanas ni las arenas,
    ni las sucesivas generaciones

han podido borrar de nuestros cuerpos
     ese aroma a jazmín que un día muy lejano

trajeron del Paraíso.

KATIA LEYENDO (de Ramón Cote Baraibar)

Katia leyendo.
Balthus

No existe mayor placer en la vida
Katia, que espiarte

en las tardes de los sábados
cuando en tu cuarto lees solitaria

ese libro de pastas amarillas.

Por cada página que pasas
deslizas como un gato angora

las plantas de tus pies sobre la alfombra,
mientras tus piernas que suben

que bajan que se encogen que se estiran
van descorriendo poco a poco tu falda,

milímetro a milímetro,
hasta aproximarse peligrosamente a tu sexo,

a tu bahía secreta, a tu pócima mágica,
a tu jardín incluso por ti desconocido.

No existe otro placer en la vida
como éste, Katia, de los sábados

cuando espiándote detrás de una pared
esperamos el momento en que reconozcas

que la edad de la inocencia
ha llegado a su fin,

que por todo tu cuerpo una serpiente
te ofrece la más tentadora de las manzanas

y decidas entonces desnudarte y descubrir
con tus dedos y ante nuestros ojos

esa llama oculta que arde de deseo,
y mires desafiante con pavor y placer

el mundo al que ahora perteneces.



(del poemario "Colección privada" Ed: Visor)



GINEVRA BENCI -Leonardo da Vinci- ( de Ramón Cote Baraibar)



Ginevra Benci
Leonardo da Vinci
 
Hay algo superior
al amor
                      y es el olvido
porque silenciosamente
va limando
                    puliendo
                                    despojando
todo lo que por pasión
o soledad
consideramos alguna vez eterno.

Un día cualquiera lo advertimos
cuando al querer recordar la cara
de una mujer mil veces besada,
en lugar de repasar sus párpados,
extraviarnos en la profundidad de su boca,
recuperar el doble salto de corza de sus cejas,
para nuestro desconcierto encontramos
solamente
                    un óvalo
balanceándose en el aire del pasado
como una fruta solitaria.

Entonces la memoria
en una desesperada maniobra de rescate,
emplea palabras verdes
como enebro
                         enredadera
                                               boscaje
y se vale de una mandolina
como música de fondo
para lograr su restitución.

Pero el veredicto del tiempo es inapelable.
Y traicionero el trabajo del olvido.

Ahora te comprendo
dolorida Ginevra Benci,
cuando en la oscura sala de un museo
norteamericano miras hacia nadie,
sin esperanza, como una lámpara encendida
en pleno día,
soportando impasible
las parejas que pasan de largo sin detenerse a mirarte,
los cumplidos que hacen de otras madonnas.

De nada te ha valido tener la cara más perfecta,
la más delicada salida de manos de Leonardo,
porque cargas como una maldición
la marca indeleble
del óvalo
                               del olvido.