LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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LAS ROSAS DE HELIOGÁBALO –Lawrence Alma-Tadema- (de Jesús Ponce Cárdenas)


Oggi ha l’uomo la morte anco ne’ foiri
Pietro Casaburi

Avizora y oscuramente sonríe,
inerme contiene sus latidos
como un anciano
que sostiene al corcel las riendas
de un ámbar acre
en reflexivo ademán.
Cada risa era un epitafio
en la copa de la pelvis:
los pétalos caían como dulces párpados mortales
en un revuelo de opalinas, vegetales mariposas.

La rosas de Heliogábalo. Luwrence Alma- Tadema, 1888




POEMAS (de Catulo)

II

Catulo en casa de Lesbia
Lawrence Alma Tadema, 1865

Pajarillo, cosita de mi amada,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita agudos picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
Me es tan grato como a la niña el fruto
dorado que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado.


 III
Lesbia llorando a su gorrión
Lawrence Alma Tadema, 1866


Llorad, Venus y Cupidos,
y cuantos hombres sensibles hay:
ha muerto el pajarillo de mi amada,
el pajarillo, cosita de mi amada,
a quien ella quería más que a sus ojos;
era dulce como la miel y la conocía
tan bien como una niña a su propia madre.
No se movía de su regazo,
pero saltando a su alrededor, aquí y allá,
a su dueña continuamente piaba.
Este, ahora, va, por un camino tenebroso,
a ese lugar de donde dicen que nadie ha vuelto.
¡Mal rayo os parta, funestas
tinieblas del Orco, que devoráis todo lo bello!:
me habéis quitado tan bello pajarillo.
¡Oh mala ventura! Pues, ahora, por tu culpa,
desdichado pajarillo, hinchados por el llanto,
enrojecen los ojillos de mi amada.


  


HIPÓLITO (de Filostrato)


(Descripción de cuadros. Libro II, 4.)

Esta bestia salvaje  representa la maldición de Teseo; se ha lanzado contra los caballos de Hipólito en forma de toro blanco, que, como un delfín, viene del mar y cae sobre el muchacho en injusta venganza. Su madrastra, Fedra, inventó una historia falsa contra él; que fue amado por Hipólito –era ella la que en realidad amaba al muchacho-, engañando así, con su relato, a Teseo que quiso vengarse del joven, como se puede ver aquí.
Observa los caballos que, sin obedecer al yugo, levantando sus crines en libertad, no galopan como lo hacen  los caballos, solemnes y sensatos, sino que van desbocados, por el miedo y el terror, y riegan de espuma la pradera; uno, en su huida, se vuelve hacia el monstruo, y el otro se abalanza sobre él; el tercero lo mira con desconfianza y el último emprende la carrera hacia el mar como si se olvidara de sí mismo y de la tierra; los cuatro relinchan con fuerza por sus hocicos levantados, si prestas atención al cuadro. Las ruedas del carro; una ha quedado sin radios por la inclinación del carro sobre ella, mientras que la otra ha perdido el eje y va sola, rodando sobre sí misma en torbellino. Los caballos de los criados están también presos de terror por lo que lanzan a sus jinetes fuera de la montura, pero a los que se agarran a las crines, ¿hacia dónde los llevan?
Tú, joven, tú que amas la castidad y sufriste un castigo injusto de tu madrastra, pero más injusto todavía de tu padre, eres digno de compasión; este cuadro elabora un poético lamento para ti. Las peñas donde cazabas con Artemis toman la forma de mujeres de luto que se desgarran las mejillas, los prados toman el aspecto de muchachos a los que llamabas puros de toda profanación, cuyas flores languidecen por ti; y las Ninfas de estas fuentes, tus nodrizas, se alzan arrancándose a jirones la caballera, con los pechos rezumando agua.

Muerte de Hipólito, 1610
Peter Paul Rubens

Muerte de Hipólito, 1860
Alma Tadema

La muerte de Hipólito
Theodore Gericault
 
La muerte de Hipólito, 1715
Museo del Louvre
Jean-Baptiste Lemoyne


La muerte de Hipólito, 1825
Joseph-Désiré Court
Muerte de Hipólito, 1876
Jean-Eugène Buland