LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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LA SOLITARIA (de Cristina Peri Rosi

(La solitaria, Edvard Munch)






Contemplando la infinitud celeste
de un mar parejo e inabarcable
parejo
      vasto
              inabarcable

la mujer
sola frente al mar

Irristible, le da la espalda
Entonce contempla
la arena azul
la infinitud de la arena
Pareja  vasta inabarcable

Mar y mar



UN TIPO ELEGANTE (de Santiago Elso Torralba)

Franciso de Goya
El marqués de San Adrian, 1804
Pamplona, Museo de Navarra




Con fusta, espuelas, botas de alta caña,
algo tiene de dandi o de galán
el séptimo Marqués de San Adrián.
De cuerpo entero, un poco con desmaña,

desenfadado, amable, con extraña
desenvoltura posa y sin afán
de aparentar, pues mira, su ademán
es más de Lord que de Señor de España.

Cultísimo, tradujo del francés
dos libros: Lógica y Los elementos
del Arte de Pensar, que aquí el Marqués

lleva en la mano; y, aunque ya son cientos,
otra elegancia veo en él: la calma,
que es el donaire con que viste su alma.


LA GENTE SE REÚNE EN EL MUSEO (de Santiago Elso Torralba)



Edvard Munch
Asesino en la alameda, 1919
Oslo, Munch-Museet

Se ha perpetrado un crimen
hace un momento.
Alguien muere en el camino
confundido con la sombra de ese álamo.
Quienquiera que se acerque,
llega tarde para salvarle;
quienquiera que regrese años después,
lo hará de nuevo con un instante de retraso.

Se está alejando el asesino
y, dentro de un momento, ya no veremos más
a quien tiene su mirada abigarrada
con las piedras del sendero.
Aquel que venga tiene aún tiempo
para ver al homicida;
aquel que vuelva años más tarde
lo hará otra vez con un segundo de adelanto.

Aquí la gente se reúne, y nadie acudirá
más pronto ni después que otros;
aquí, al fin, nos encontramos todos: los de ahora,
los que ya se fueron, los que aún no han venido.




UNA TARDE ( de Ole Sarvig)



Atardecer en la calle Carl Johan, 1892
Edward Munch
Los árboles se erguían
solícitos, cuidadosos, grandes,
dubitativos,
por fin verdes.
Detrás de ellos estaba la casa,
grande.

Y alrededor de la plaza
estaban las casas,
extrañas con buhardillas y puertas
como destinos.

Había oscuridad en la oscuridad
y una franja blanca
en la calle
por donde andaban las gentes
con los rostros cerrados.

Y no abren
sus puertas-rostros
cuando llamas.


EL GRITO - EDVARD MUNCH- (de Ricardo Defarges)


Un ser asexuado, medio feto, medio cadáver,
se retuerce en curva paralelas a las del claro cielo del Norte.
Las dos figuras del puente se alejan, ignorando el grito.
La angustia, brotada de un pequeño germen, invade el mundo.
El color, en los lienzos del pintor, es puro y luminoso.
Los humanos, quietos, nos dan frente: sus ojos, abiertos y callados, nada miran.
La angustia, el sexo y la muerte se ven en los cuadros, pero no se dicen.
El solitario de Ekely allí trabajó hasta su fin, en la patria ocupada.
Nos dejó la luz del mundo, la luz del cielo, vivas en el grito.

El grito, 1893
Galería Nacional de Oslo
Edvard Munch


































EL GRITO /EDVARD MUNCH/ ( José Watanabe)

Bajo el puente de Chosica el río se embalsa
y es de sangre,
pero la sangre no me es creída.
Los poetas hablan en lengua figurada, dicen.
Y yo porfío: No es el reflejo del cielo crepuscular, bermejo,
en el agua que hace de espejo.

Oyen el grito de la mujer
que contempla el río desde la baranda
pensando en las alegorías de Heráclito y Manrique
y que de pronto vio la sangre al natural fluyendo?
Ella es mujer verdadera. Por su flacura
no la sospechen metafísica.
Su flacura se debe a la fisiología de su grito:
Recoge sus carnes en su boca
y en el grito
las consume.
El viento del atardecer quiere arrancarle la cabeza,
miren cómo la defiende, cómo la sujeta
con sus manos
a sus hombros: Un gesto
finalmente optimista en su desesperación.
Viene gritando, gritando, desbordada gritando.
Ella no está restringida a la lengua figurada:
Hay matarifes
y no cielos bermejos, grita.
Yo escribo y mi estilo es mi represión. En el horror
sólo me permito este poema silencioso.


(José Watanabe . Elogio del Refrenamiento. Ed: Renacimiento. 2003)