LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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EL DOLMEN DE EGUÍLAZ ( de Miguel d'Ors)


Andaba yo –calculo- por los dieciséis años;
la edad, como se sabe, de los granos
y de los Ideales.
                               Era cerca de Alsasua.
Cada vez que pasábamos,
a través de la ventanilla del coche y
el sirimiri, aquel fugaz letrero:
“Dolmen de Eguílaz”.
                                           Y mi adolescencia
soñaba allí una enorme y ancestral tosquedad
de piedras euscaldunes (recordaba
la palabra arriak, con su sonido
también tosco y antiguo),
y en torno un territorio trémulo de pasado,
una campa poblada por sombras primigenias:
homínidos velludos, malolientes pellejas,
hachas de torpe piedra, los restos derribados
de algún mamut –como un navío en ruinas-
entre niños desnudos y mujeres
con los pechos colgándoles igual que sacos sucios
y greñas pegajosas.
                                       Pero había
que estar hacia las dos en Puebla de Sanabria,
“ya vamos con retraso”, “el próximo viaje”…
y así fueron pasando los próximos viajes,
los veranos, los años.
                                         Hasta tuve coche 
-aquel “600” blanco al que en invierno siempre
se le mojaba el delco-, y una vez
la vida me llevó de nuevo por delante
de aquel letrero (entonces indicaba
el dolmen y además mi adolescencia)
y pude al fin pisar mi propio freno
ante aquel nombre mágico.

De lo que vi –después de tantos años
esperando- al final de aquella pista,
en aquel jardincito con rejas y gravilla
que parecía temblar como un gorrión mojado
bajo el otoño vasco,
me da vergüenza hablar. Pero lo que sí digo
es que a partir de entonces para mí
aquel dolmen de Eguílaz viene siendo – supongo
que me entendéis-, un símbolo perfecto
de la vida.

Dolmen de Eguílaz

RETRATO DEL "RETRATO DE CARDENAL" DE RAFAEL (de Miguel D´ors)


Tiene cara de daga. Por su ojos asoma
un oscuro pasado de confabulaciones,
alcobas y venenos. Planean sus pasiones
como águilas sobre las cúpulas de Roma.

Un gesto de esa mano azul y florentina
puede librar a un hombre del horror del Infierno
o hacerle aparecer, cualquier alba de invierno,
inexplicablemente muerto en cualquier esquina.


Retrato de cardenal, 1510
Museo del Prado
Rafael Sanzio


































ANTONELLO DA MESSINA, “LA CRUCIFIXIÓN” (de Miguel D'ors)



Crucifixión, 1475
National Gallery
Antonello da Mesina










Sobre el dolor nunca se equivocaron
los antiguos maestros. Por ejemplo,
esta Crucifixión: Jesús ha muerto. Pende
frío y abandonado –a sus pies ya tan sólo
su madre y el amigo más querido-,
de la cruz todavía.
                                    Y sin embargo,
qué extraña paz, qué luminoso orden
en la mañana.
                            Un gozo misterioso
invade el alma como
un acorde perfecto.
                                       (Antonello sabía
que allí murieron todos los pecados
de la Historia, que una
Humanidad distinta estaba amaneciendo
en aquel cuerpo roto. Que empezaba la Vida.)

PIETER BRUEGHEL, “EL CENSO DE BELEN” (de Miguel D'ors)








Él, que pudo parar el Universo
y entrar con clamoroso cortejo de prodigios
en nuestra historia, prefirió ocultarse
en los comunes trámites de un vientre
de mujer y en el paso gris de una burra sobre
la nieve embarrizada de una tarde
anónima.
                   Ved cómo va acercándose
a nuestra estirpe sin quebrar ni una
ramillas de ese invierno, cómo se va mezclando
con nuestros menesteres: cobertizos,
juegos de niños, carros,
familias y costumbres.
                                           No muy lejos
habrá un pesebre tibio. Nacerá
un niño más.
                         Y Dios cruzará el tiempo
rozándose con todas las cosas de los hombres.

El TURNER DE EGHAM HILL (de Miguel D’ors)

(“Van Tromp Going abaut to Please His Masters, Ships at Sea, Geetting a Good Wetting”)



























Ya nada significan vuestros nombres, y aquellas
horas de ardiente audacia se perdieron
en el olvido. (Injusto, el tiempo iguala
hazañas y derrotas).

Pero sabed que aquello no fue vida
vivida en vano; por aquel arrojo
existe para siempre
esta atmósfera de oro que parece una música.

ORTEGA MUÑOZ, “LA PUERTA Y EL BURRO” (de Miguel D`ors)



La puerta y el burro
Godofredo Ortega Muñoz


Un torpe muro de
piedras amontonadas.
Un burro atónito.
Una desvencijada
puerta vieja. Un retazo
de tierra despiadada
y un cielo pobre.
                                 Negro,
gris, ocre.
                     Casi nada:
tu pincel extremeño
es de pocas palabras.

Pero con qué elocuencia
nos ha pintado España.

UNA PREGUNTA A JACOPO STRADA (de Miguel D'ors)


Retrato del anticuario Jacopo Strada, 1567-1568
Tiziano





Dime: mientras posabas
para el sabio pincel de Tiziano
¿no pensaste un momento siquiera que muy pronto
unas manos futuras e ignotas sostendrían
tu retrato con ese mismo gesto
con el que sostenían -"Antiquarius"- las tuyas
aquella Venus blanca?

PETER PAUL RUBENS MEDITA JUNTO AL FUEGO -1635- (de Miguel D'ors)


La tarde palidece tras los chopos
despojados del Steen.
Siento que ya la vida se retira
de mis miembros. Algún mueble ha crujido.
En el hogar las brasas titubean.
Pronto será mi corazón un astro
ciego. Mis sabias manos, el poder
de mis ojos, mi cuerpo,
que iluminó el amor alguna vez,
tantos recuerdos, todos va acercándose ya
hacia su desenlace de ceniza.

Pues que os perdió mi vida, danzas de juventud,
fulgor frutal de las muchachas, verde
canción de primavera, que os reconquiste mi arte.
Mañana, con el alba, empezaré
a pintar La kermesse.


La Kermesse
Peter Paul Rubens (ha.1630-35)
Museo Nacional del Louvre

VINCENT VAN GOGH TERMINA «CAMPO DE TRIGO CON CIPRESES» (de Miguel D'ors)

  

 


Crepita el amarillo
en el trigal convulso. Los cipreses
como una hoguera negra, y sobre el horizonte
nubes enfurecidas.

Descansa al fin. El título del cuadro
será –se dice- «Campo
de trigo con cipreses». No sospecha
que acaba de pintar un nuevo autorretrato.





UBI SUNT? PARA LA LECHERA DE BURDEOS (Miguel D'ors)

Ya lo ves: toda aquella
gente rica que a ti te confundía
con un poco de nada,
con los muros cubiertos de verdín de las calles,
con los brillantes prados
de las afueras, toda aquella gente,
sus pelucas, sus bailes, sus libros, sus modales
delicados, sus coches, sus cadenillas de oro,
sus chocolates, su fraternité...
son ya -qué pronto- polvo olvidado en el polvo.

Y aquí estás tú, con tu mirada ardiente
y tus mejillas de manzana girondina,
con diecinueve años eternos.
Quién te hubiera
dicho que ibas a ser lo único que quedase
de aquel mundo
aquel día en que aquel extranjero
viejo, gruñón y sordo se empeñó en retratarte.