LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

Mostrando entradas con la etiqueta Watteau. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Watteau. Mostrar todas las entradas

SONETO WATTEAU (de José Juan Tablada)

Peregrinación a la isla de Citera , 1717
Watteau






¡Manón, la de ebúrnea frente,
la de cabello empolvado
y vestidura crujiente,
tus ojos me han cautivado!

Eco de mi amor ardiente,
el clavicordio ha cantado
la serenata doliente
y el rondel enamorado...

¡Ven! ¡El Amor que aletea
lanza su flecha dorada,
y en el mar que azul ondea

surge ya la empavesada
galera flordelisada
que conduce a Citerea!

L´INDIFFERENT -Watteau- (de Manuel Machado)



L'ndifferent
Watteau






Galán desmemoriado y elegante,
surge en un grácil paso de gavota,
mientras la fuente frívola borbota
el soso y frío madrigal constante.

A la señora de Tourvel – su filis-
envío, en un billete perfumado,
un acróstico -¡oh celos!-dedicado
a las letras del nombre de Amarilis.

Y ella, furiosa con la Mariscala,
rompió, indignada, dos preciosos Sèvres
y una preciosa túnica de encaje…

El dijo bien una disculpa mala….
Salio; y, huyendo las celosas fiebres,
corre las gratas frondas del paisaje.

LES CHARMES DE LA VIE (de Guillermo Carnero)

Les Charmes de la vie
Watteau

























Que no turben las aves el crepúsculo.
Va a comenzar el vals. Que todo quede
en tinieblas. Que las sedas oculten
las abiertas ventanas, y que alguien desenlace
los gruesos terciopelos. Nada debe
amenazar el flujo de la música:
ninguna arista o mármol o pájaro dormido.
Que nada permanezca. Sólo el aire
ilumine las fuentes ocultas de la noche,
difunda en las estancias un resbalar de remos
en los estanques, prenda el roce de las hojas
que desordena el viento entre las alamedas,
apague los destellos sobre los ventanales,
que las cortinas pongan su caliente aleteo
sobre cada cristal para que los espejos
no descubran de dónde brotan los surtidores,
para que no resbalen hacia las balaustradas
las serpientes del agua, para que en la penumbra
los colores del mármol y de los terciopelos
desprendan un ingrávido gorgotear de luces
y así, por un redondo laberinto de cauces
poco a poco la música, brotando de la oscura
transparencia del aire, irrumpa desde cada
cristal amortajado, desde cada moldura,
libere sobre el musgo las voces de la noche
para que en el silencio girando las corrientes
heladas, ni los dedos ni la curva del torso
de la estatua disientan de la inmóvil presencia
de los vasos que oprimen en las encrucijadas
un puñado de inertes raíces sumergidas.

Anacreonte supo renunciar a casi todos los mitos de su tiempo:
patria, fama, triunfo, dignidad de soldado,
respeto hacia los muertos y amistad con los dioses.
¿Cómo no serenarse si todo está perdido?
Las montañas azules, a lo lejos, van siendo lamidas por la sombra.
Dibuja los contornos de las torres lejanas
la palidez helada de un viento submarino,
iluminando el brillo de los ojos, nítidos y cercanos
pero imposibles, como el rastro de umbría verdura que sugiere
el escondido cauce de un río subterráneo.
Que resuene el laúd, porque las voces
quebrarían el aire de la tarde.
Que los dedos desaten, entre los encajes,
el unánime llanto de las cosas,
pero que nadie intente otra vez pulsar las raíces de la vida.
Con el sol poniente van a lanzar sus últimos destellos, sobre
las hojas amarillas,
las irisaciones de la música,
y los dioses silvestres convocan al silencio en la espesura.
Que nadie intente descubrir los sones
originarios.
                      La noche desciende
sobre las tazas de las fuentes mudas, como las hojas muertas,
y oprime con mano tibia los atributos de la música:
latón pulido de las cornamusas,
resonancias que cierran su corola junto a los bucráneos
festoneados de racimos y cintas.
Ahora resbala por las escalinatas
la múltiple aureola de las luces
(¿y por qué no subir, si todo está perdido?)
y se desgrana el vals entre las risas
mientras las lentejuelas de las máscaras
reflejan un brillante remolino de sedas,
como un enorme espejo alucinado.



(del poemario "Dibujo de la muerte")

EL EMBARCO PARA CITEREA (de Guillermo Carnero)

Embarque para la isla de Citerea.
Jean-Antoine Watteau























Hoy que la triste nave está al partir,
con su espectacular monotonía,
quiero quedarme en la ribera, ver
confluir los colores en un mar de ceniza,
y mientras tenuemente tañe el viento
las jarcias y las crines de los grifos dorados,
oír lejanos en la oscuridad
los remos, los fanales, y estar solo.
Muchas veces la vi partir de lejos,
sus bronces y brocados y sus juegos de música:
el brillante clamor
de un ritual de gracias escondidas
y una sabiduría tan vieja como el mundo.
La vi tomar el largo,
ligera bajo un dulce cargamento de sueños,
sueños que no envilecen y que el poder rescata
del laberinto de la fantasía,
y las pintadas muecas de las máscaras
un lujo alegre y sabio,
no atributos del miedo y el olvido.
También alguna vez hice el viaje
intentando creer y ser dichoso
y repitiendo al golpe de los remos:
aquí termina el reino de la muerte.
Y no guardo rencor,
sino un deseo inhábil que no colman
las acrobacias de la voluntad,
y cierta ingratitud no muy profunda.



LOS FAROS (de Charles Baudalaire)



Rubens, río de olvido, jardín de pereza,

carnal almohada donde es imposible amar,

pero donde la vida emana su belleza

como el aire en el cielo y la mar en la mar.



Leonardo es un espejo de luz que no se nombra,

donde ángeles esbeltos, de sonrisa exquisita,

cargada de misterio, se ven bajo la sombra

de glaciares y pinos que el paisaje suscita.




Rembrandt, triste hospital, murmullo solamente,

con un gran crucifijo tan sólo decorado,

en donde la lacería es un rezo llorado

al que un rayo de sol traspasa de repente.




Miguel Ángel, los Hércules con increíbles músculos,

mezclados con los Cristos, seres para los miedos,

fantasmas poderosos que en los lentos crepúsculos

rasgaran sus sudarios con estirar los dedos.



Impudicias de fauno, iras de luchador,

tú, que supiste hallar del pillo la delicia,

corazón orgulloso en rostro de ictericia,

Puget, de los galeotes pálido emperador.



Wateau, de corazones ilustre carnaval,

que como mariposas vagan centelleando

en decorados donde lucernas de cristal

reflejan la locura de los que están danzando.




Goya, todos los monstruos, todas las pesadillas;

en aquelarres, fetos que se están cocinando;

viejas ante el espejo, y desnudas chiquillas

que tientan al demonio sus medias ajustando.



Delacroix, lago rojo, de ángeles malos lleno

por un bosque de abetos siempre verde, sombreado,

en donde, bajo un cielo gris, fanfarrias sin freno

pasan igual que un Weber apenas suspirando.




Estas blasfemias, estos llantos y maldiciones,

estos éxtasis, gritos, tedéum estremecido,

son un eco por mil laberintos venido,

que es como opio divino para los corazones.



Un grito que repiten mil y mil centinelas,

consigna por millares de voces transmitida

es un faro que alumbra sobre mil ciudadelas,

clamor de muchedumbre en un bosque perdida.



Porque es Señor, el sumo testimonio que pueda

ofrecer nuestra humilde, contrita dignidad:

este ardiente sollozo que por los siglos rueda

para morir al borde de vuestra Eternidad.