LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"

Descripción de cuadros para Guillermo

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PESCANDO EN EL SUSQUEHANNA EN JULIO ( de Billy Collins)

Pescador amarrado a un banco. Jean Baptiste-Camille Corot

Para ser completamente sincero,
nunca he pescado en el Susquehanna
ni, de hecho, en ningún otro río.

Ni en julio ni en ningún otro mes
he tenido el placer -si es que es un placer-
de pescar en el Susquehanna.

Es más probable que me encontréis
en una habitación tranquila como ésta,
con el cuadro de una mujer en la pared

y un frutero con mandarinas en la mesa,
intentando manufacturar la sensación
de pescar en el Susquehanna.

No tengo ninguna duda
de que otros han pesacado
en el Susquehanna:

de que han remontado la corriente en un bote de madera,
y sumergido los remos en el agua,
y luego los han levantado, haciendo que gotearan a la luz.

Lo más cerca que he estado nunca de
pescar en el Susquehanna
fue una tarde en un museo de Filadelfia,

en la que pasé un buen rato
delante de un cuadro
En él, ese río trazaba un meandro

bajo el cielo azul, alborotado de nubes,
y los árboles se apiñaban en las riberas,
y un tipo con pañuelo rojo en la cabeza,

sentado en una barquita
verde, de fondo plano,
sostenía el fino látigo de un caña de pescar.

Eso es algo que yo probablemente
nunca haría, recuerdo
decirme a mí mismo y a la persona que estaba a mi lado.

Entonces parpadeé y me acerqué
a otras escenas americanas
de almiares y aguas espumeantes sobre las rocas,

incluso a una de una liebre parda
que parecía tan alerta, tan encendida de atención,
que me la imaginé saltando de repente del marco.


AGOSTO EN PARÍS (de Billy Collins)



Me he detenido aquí en la rue des Écoles
a unos pasos del boulevard Saint-Germain
a mirar sobre el hombro de un hombre
con camisa de franela y sombrero de paja
que ha puesto caballete y silla de lona
en la acera para pintar desde un ángulo insólito
el perfil de la iglesia de Santo Tomás de Aquino.

Pero ¿dónde estás tú, lector,
que no te has detenido en tu andar
a mirar sobre mi hombro
qué es lo que escribo en este cuaderno?

A solas en esta ciudad
me pregunto a veces cuál será tu aspecto,
si vistes una camisa de franela
o una falda cruzada de color azul sujeta con un alfiler.

Pero siempre que me giro
te has fugado por un pliegue del aire
a un cuarto sigiloso con las persianas cerradas
contra el calor vespertino
donde se oye sólo el rumor de tu aliento
y de vez en vez el pasar de una página.


 

CLASE DE DIBUJO (de Billy Collins)



Si alguna vez me preguntases
cómo van mis clases de dibujo,

te diría que disfruto
identificándome con la silueta de una cosa,

para bajar por la pendiente de un pera
o la curva de un piano lacado.

Y me encanta pasar la mano
por la suave membrana del papel,

la inteligente y reducida trinidad
de mis dedos asiendo el extremo del lápiz

mientras los otros dos quedan colgando
debajo como las rollizas piernas de un nadador menudo.

Añadiría que puedo perderme
difuminando la sombra de una silla

o trazando y remarcando
la leve curva inferior de un pecho.

Incluso los preparativos me animan mucho –
pegar el papel a un tablón de madera,

limpiar con un cepillo la superficie,
y sacar una punta afilada a unos cuantos lapiceros.

El fino lápiz hexagonal
es más poderoso que el bolígrafo,

porque puede modular de sólido a difuso
y cambiar de estrecho a ancho

siempre que se apoye más en ángulo sobre el papel –
el lápiz amarillo chillón,

que es también más poderoso que la espada
puesto que no puede borrarse lo que la espada hace.

Todos empezamos con la caja y la pelota,
luego proseguimos con la taza y la lámpara,

la hoja con dientes de sierra, la bellota y su sombrerete.
Pero quiero licenciarme con la licorera de cristal

y aprender a inmovilizar en carboncillo
las cortinas translúcidas que se levantan con el aire.

Quiero dibujar
cuatro líneas rectas que me conectarán

con los cuatro puntos cardinales,
con los relucientes chapiteles de las ciudades,

con los enrejados que se entrecruzan,
con los radios del mundo en pleno giro.

Un día quiero dibujar a pulso
una figura continua

que comenzará en mí
cuando la punta negra toque el papel

y acabará contigo cuando la levante
y la coloque junto a una luminosa ventana de la mañana.


ESTUDIOSO DE LAS NUBES (de Billy Collins)





























Hay emoción en las nubes,
y no en la verde solidez de las colinas empinadas,
ni en las grises rúbricas de los ríos,
según Constable, que fue un estudioso de las nubes
y llenó estantes enteros con los bocetos de sus movimientos,
de sus gestos elevados y de sus repentinas consecuencias en el tiempo.

Fuera, debe de haber mirado el cielo miles de veces,
procurando que su lápiz siguiera el curso de su alto viaje
y reprodujera la silenciosa conmoción de su remansarse y su fluir.
Las nubes iban más allá de los dibujos que esbozaba,
puesto que se morían dentro de sí, desplomándose en su centro
y arremolinándose, en los bordes incandescentes, en vapores
que se disipaban en el azul universal del cielo.

Hoy podemos, con la fotografía, detener toda esta agitación
lo suficiente como para etiquetarlas con sus nombres latinos:
cirros, nimbos, estratocúmulos
-vertiginosos, románticos, autoritarios-,
títulos que despliegan sobre los colegios
en los que se memorizan sus formas y significados.

En el azul celeste de los lienzos de Constable
las constriñen los pigmentos, pero aún parecen
desplazarse, impulsadas por el viento de su pincel,
huyendo de Inglaterra y del siglo diecinueve,
y navegando por encima de los prados por los que ahora camino,
con la cabeza descubierta bajo esta cúpula en movimiento
y los pensamientos extendidos como pintura por un techo
intensamente azul.

(del poemariode Billy Collins  "Navagando a solas por la habitación". DVD ediciones, poesía)


Algunas muestras del arte de Constable pintando nubes.












SOMBRERO CON VELAS (Billy Collins)

En la mayor parte de los autorretratos es el rostro lo que domina:
en Cézanne son dos ojos nadando en pinceladas,
Van Gogh mira fijamente desde un oscuro halo en torbellino,
Rembrandt asoma como si se tomara un respiro
el cuadro Sansón cegado por los filisteos.

Pero en éste, Goya está bastante alejado del espejo
y se nos muestra ante la mesilla de su estudio
frente a un lienzo recostado en un alto caballete.

Parece dirigir una sonrisa hacia nosotros, como si supiera
que nos divertiría contemplar su extraordinario sombrero,
cuya cinta a todo alrededor está llena de sujetavelas,
un artilugio que le permitía trabajar de noche.

No puedes sino preguntarte cómo sería
llevar un candelero así en la cabeza
como si fueras un salón o una sala de conciertos andante.

Mas una vez has visto este sombrero, ya no necesitas leer
ninguna biografía de Goya ni memorizar fechas.

Para comprender a Goya sólo tienes que imaginarlo
encendiendo las velas una a una, y luego poniéndose
el sombrero, preparado para una noche de trabajo.

Imagínalo sorprendiendo a su mujer con el nuevo invento,
la risa como ante un pastel de cumpleaños cuando viera ella el resplandor.
Imagínalo parpadeando a través de las habitaciones de su casa
en compañía de sombras que vuelan por los muros.
Imagina que un viajero perdido llamara a su puerta
una oscura noche en la colina, país de España.
‘Pase’, le diría, ‘estaba retratándome a mí mismo’,
parado en el umbral y sosteniendo el mango de un pincel,
iluminado bajo el fulgor de su famoso sombrero de velas.













EL MUSEO DE ARTE DE BROOKLYN (Billy Collins))






Pasaré por encima del cordón de suave terciopelo,
penetraré en este enorme cuadro de Río
Hudson y me abriré camino por las Empalizadas
con el bastón recién arrancado de un árbol caído.

Evitaré los pueblos recoletos y humeantes,
y buscaré siempre los senderos que se alejen más,
hasta que me pierda y ya no haya esperanza
de encontrar el camino de vuelta al museo.

Subiré a los riscos, vestido como en el siglo diecinueve:
seré un enano entre peñascos, colinas y arroyos;
pescaré en la las riberas, tocado con un sombrero de paja,
que sentiré en la cabeza como una pincelada.

Me esconderé en lo más profundo de los bosques,
para que ningún adepto de Frederick Edwin Church,
inclinado sobre el cordón de suave terciopelo,
advierta, en la quietud del cuadro, el movimiento de mi diminuta figura
y grite y me señale a los demás,

y así no lo tomen por loco ni lo metan en una celda
en la que no pueda explorar paisaje abovedado alguno,
ni escuchar el canto de los pájaros, como éste por el que ahora me detengo,
ni contemplar el amplio meandro de este río que dirige
mis pasos hacia un neblinoso punto de fuga.



Del poemario “Navegando a solas por la habitación” DVD ediciones, 2007.
Cuadro: Looking East Over the Hudson Valley from the Catskill Mountains, de Frederick Edwin Church