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LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"
Descripción de cuadros para Guillermo
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CAPELLA SISTINA (de Jorge Eduardo Eielson)
hay personas
correctamente vestidas de gris
con camisa y corbata ciertamente
que a duras penas son personas
personas que se aventuran
con sus mil ojos cerrados
de escarabajos
bajo la cúpula divina
del florentino
personas que se arrodillan
ante sus pantorrillas
y sus inmensos traseros encendidos
antropófagos sin dientes
que ya no muerden
sino admiran sobre la pantalla atroz de la sixtina
en la carnicería final del buonarrotti
el sangriento banquete de un magnate
o una película en colores
sobre hiroshima
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Miguel Ángel
ANTE LA PIETÀ RONDANINI (de Jesús Górriz Lerga)
| Rondanini Pietà,1564 Miguel Ángel |
Esa desolación, ese vacío,
ese quedarse el alma en un inerte
páramo de silencio que convierte
la luz en luto y el dolor en frío.
Esa orfandad de Madre en el baldío
desierto de tristeza que no vierte
más que una soledad, cumplida muerte
como una desazón en desafío.
Ese desvalimiento es el que muestra
tu cara desolada y aterida
de hielo conturbado, en el momento
en el que Miguel Ángel, con maestra
mano de viejo artista, vio cumplida
su ansia de ver plasmado el sufrimiento.
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Jesús Górriz Lerga,
Miguel Ángel
PARA EL CREPÚSCULO DE MICHELANGELO (de Ramón Gaya)
I
Parece que llegaras, desasido
del cuerpo de la piedra, a doblegarte,
a pasar de este lado, a formar parte
de este mármol de acá, más dolorido,
que es la carne del hombre, y convertido
ya en un ser como todos, recostarte
-rota ya la materia, roto el arte-
en tu propio desnudo atardecido.
Parece que vinieras, liberado
de lo eterno, a mezclarte con los otros,
a caer en la vida y disolverte.
Al borde de un abismo te has quedado:
ya no puedes bajar hasta nosotros,
ni a tu centro de piedra devolverte.
II
Te quedas en lo alto, suspendido
-como un duro celaje ensimismado-
y parece que así, más sosegado,
ya no quieras bajar, que arrepentido
de ser vida o ser mármol sin sentido,
quieras ser ese enigma apretujado,
ese nudo, ese nudo entrelazado
de piedra y animal; así tendido
en la tímida curva de un declive
-como un cielo parado y consistente-
se diría que callas, perezoso.
Eres algo que vive y que no vive.
Ni eterno ni mortal: eres presente
sucesivo, ya quieto, aún tembloroso.
![]() |
| Crepúsculo y Aurora Miguel Ángel |
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Ramón Gaya
LOS FAROS (de Charles Baudalaire)

Rubens, río de olvido, jardín de pereza,
carnal almohada donde es imposible amar,
pero donde la vida emana su belleza
como el aire en el cielo y la mar en la mar.
Leonardo es un espejo de luz que no se nombra,
cargada de misterio, se ven bajo la sombra
de glaciares y pinos que el paisaje suscita.
Rembrandt, triste hospital, murmullo solamente,
con un gran crucifijo tan sólo decorado,
en donde la lacería es un rezo llorado
al que un rayo de sol traspasa de repente.
Miguel Ángel, los Hércules con increíbles músculos,
mezclados con los Cristos, seres para los miedos,
fantasmas poderosos que en los lentos crepúsculos
rasgaran sus sudarios con estirar los dedos.
Impudicias de fauno, iras de luchador,
tú, que supiste hallar del pillo la delicia,
corazón orgulloso en rostro de ictericia,
Puget, de los galeotes pálido emperador.
Wateau, de corazones ilustre carnaval,
que como mariposas vagan centelleando
en decorados donde lucernas de cristal
reflejan la locura de los que están danzando.
Goya, todos los monstruos, todas las pesadillas;
en aquelarres, fetos que se están cocinando;
viejas ante el espejo, y desnudas chiquillas
que tientan al demonio sus medias ajustando.
Delacroix, lago rojo, de ángeles malos lleno
por un bosque de abetos siempre verde, sombreado,
en donde, bajo un cielo gris, fanfarrias sin freno
pasan igual que un Weber apenas suspirando.
Estas blasfemias, estos llantos y maldiciones,
estos éxtasis, gritos, tedéum estremecido,
son un eco por mil laberintos venido,
que es como opio divino para los corazones.
Un grito que repiten mil y mil centinelas,
consigna por millares de voces transmitida
es un faro que alumbra sobre mil ciudadelas,
clamor de muchedumbre en un bosque perdida.
Porque es Señor, el sumo testimonio que pueda
ofrecer nuestra humilde, contrita dignidad:
este ardiente sollozo que por los siglos rueda
para morir al borde de vuestra Eternidad.
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