Blog elaborado por Santiago Elso Torralba: santielso2@yahoo.es y poesía-pintura.blogspot.com
LA POESIA Y LA PINTURA, 1626. Francesco Furini. Galería Palatina, Florencia. "La armonía es más fuerte que la luz"
Descripción de cuadros para Guillermo
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LOS NENÚFARES DE MONET (de Jesús Górriz Lerga)
Absorto ante la tela, contemplo este prodigio
que hizo el viejo pintor en el jardín risueño
de Giverny y, en trance de consagrar la magia,
de hacer este milagro acariciado y limpio
que elevó a las ninfeas a su cénit de gloria.
Agradecido, dejo que mis ojos se gocen
con estas flores puestas en el puro silencio
de un verdor sosegado, dormido en el estanque
del jardín, en la tarde de un otoño dorado,
y avive en su regazo el esplendor radiante
de un nácar luminoso dibujando las flores
que seducen el aire y brillan de tan limpias
en el cristal dispuesto para alzar su armonía.
Flotando en la ternura del agua que se empeña
en mantener en vilo la gracia inmaculada
de la flor que se posa, se ofrece y se confia
ofrendada a la vista del ojo iluminado.
¡Oh, tú pintor poeta, creador de las luces,
en tu trazo de ensueño nos mostraste las flores
extasiadas y puras, de un palor desmayado,
como expuestas al dulce mirar de la mirada
que habría de acogerlas forzosamente al punto,
cual caricia amorosa mantenida en los ojos,
besándomos la luz de tus blancos y rosas,
esa armoniosa luz con que brilla entre nubes
cualquier atardecer de finales de octubre.
¡Oh, tú, Claudio, maestro, pincel enamorado,
poeta luminoso de cuantas luces brillan,
resuelto ya a dejarnos tu postrer testamento,
nos dejaste estas bellas ninfeas deslumbrantes,
lucientes como estrellas encendidas por siempre,
como constelaciones de un color tan genuino
que parecían todas brotadas de lo eterno.
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Jesús Górriz Lerga
LA URRACA (de Santiago Elso Torralba)
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| La urraca, 1869 Claude Monet |
En 1869
-¿no la oyes?- Monet pintó La Urraca.
Advierte que el autor no la destaca;
le sirve de contraste de una nieve
tan pura y noble que, esa sí, conmueve.
El ave, a la que siempre se le achaca
que dé con sus graznidos la matraca,
en esa valla se detuvo un breve
tiempo. ¿No te parece un pentagrama
y que ella da la nota pues declama
su lamento vestida de etiqueta?
Cierto, no tiene público. No obstante,
un rasgo aún mantiene de poeta:
que roba todo lo que brillante
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Santiago Elso Torralba
MONET REHUSA LA OPERACIÓN (de Lisel Mueller)
![]() |
"Doctor, Ud. dice que no hay halos
alrededor de las farolas de París
y que lo que veo es una aberración
provocada por la vejez, una enfermedad,
Yo le digo que me ha tomado toda mi vida
llegar a ver las lámparas de gas como ángeles,
suavizar y confundir y finalmente desvanecer
los bordes que Ud. lamenta que yo no vea,

aprender que la línea que llamé horizonte
no existe y el cielo y el agua,
tanto tiempo separados, son el mismo estado de ser.
Cincuenta y cuatro años antes de poder ver
que la catedral de Rouen está construida
por rayos paralelos de sol,
y ahora Ud. quiere que restaure
mis errores juveniles: ideas
fijas de arriba y abajo,
la ilusión del espacio tridimensional
hiedra separada
del puente que cubre.
¿Qué puedo decir para convencerle
de que el edificio del Parlamento se disuelve
noche tras noche para volverse
el sueño fluido del Támesis?
No regresaré a un universo

de objetos que no se conocen entre sí,
como si las islas no fueran los niños perdidos
de un gran continente. El mundo
es flujo, y la luz se vuelve lo que toca,
se vuelve agua, lirios sobre el agua,
por encima y por debajo el agua
se vuelve lámparas
lilas y malvas y amarillas
y blancas y cerúleas,
pequeños puntos que se pasan la luz solar
tan rápidamente del uno al otro
que haría falta tan solo
un largo y
sedoso cabello
inserto en mi cepillo para atraparla.
Pintar la velocidad de la luz!
Nuestras formas medidas, estas verticales,
arden para mezclarse con el aire
y transformar nuestros huesos, piel, ropas
en gases. Doctor,
si tan sólo pudiera ver
cómo el cielo atrae la tierra hacia sus brazos
y cuán infinitamente se expande el corazón
para reclamar este mundo, azul vapor sin fin"
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Lisel Mueller
CUATRO CHOPOS (de Octavio Paz)
i
![]() |
| Cuatro chopos. Claude Monet |
Como tras de sí misma va esta línea
por los horizontales confines persiguiéndose
y en el poniente siempre fugitivo
en que se busca se disipa
—como esta misma línea
por la mirada levantada
vuelve todas sus letras
una columna diáfana
resuelta en una no tocada
no oída ni gustada mas pensada
flor de vocales y de consonantes
—como esta línea que no acaba de escribirse
y antes de consumarse se incorpora
sin cesar de fluir pero hacia arriba:
los cuatro chopos.
Aspirados
por la altura vacía y allá abajo,
en un charco hecho cielo, duplicados,
los cuatro son un solo chopo
y son ninguno.
Atrás, frondas en llamas
que se apagan —la tarde a la deriva—
otros chopos ya andrajos espectrales
interminablemente ondulan
interminablemente inmóviles.
El amarillo se desliza al rosa,
se insinúa la noche en el violeta.
Entre el cielo y el agua
hay una franja azul y verde:
sol y plantas acuáticas,
caligrafía llameante
escrita por el viento.
Es un reflejo suspendido en otro.
Tránsitos: parpadeos del instante.
El mundo pierde cuerpo,
es una aparición, es cuatro chopos,
cuatro moradas melodías.
Frágiles ramas trepan por los troncos.
Son un poco de luz y otro poco de viento.
Vaivén inmóvil. Con los ojos
las oigo murmurar palabras de aire.
El silencio se va con el arroyo,
regresa con el cielo.
Es real lo que veo:
cuatro chopos sin peso
plantados sobre un vértigo.
Una fijeza que se precipita
hacia abajo, hacia arriba,
hacia el agua del cielo del remanso
en un esbelto afán sin desenlace
mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro.
Latir de claridades últimas:
quince minutos sitiados
que ve Claudio Monet desde una barca.
En el agua se abisma el cielo,
en sí misma se anega el agua,
el chopo es un disparo cárdeno:
este mundo no es sólido.
Entre ser y no ser la yerba titubea,
los elementos se aligeran,
los contornos se esfuman,
visos, reflejos, reverberaciones,
centellear de formas y presencias,
niebla de imágenes, eclipses,
esto que veo somos: espejeos.
por los horizontales confines persiguiéndose
y en el poniente siempre fugitivo
en que se busca se disipa
—como esta misma línea
por la mirada levantada
vuelve todas sus letras
una columna diáfana
resuelta en una no tocada
no oída ni gustada mas pensada
flor de vocales y de consonantes
—como esta línea que no acaba de escribirse
y antes de consumarse se incorpora
sin cesar de fluir pero hacia arriba:
los cuatro chopos.
Aspirados
por la altura vacía y allá abajo,
en un charco hecho cielo, duplicados,
los cuatro son un solo chopo
y son ninguno.
Atrás, frondas en llamas
que se apagan —la tarde a la deriva—
otros chopos ya andrajos espectrales
interminablemente ondulan
interminablemente inmóviles.
El amarillo se desliza al rosa,
se insinúa la noche en el violeta.
Entre el cielo y el agua
hay una franja azul y verde:
sol y plantas acuáticas,
caligrafía llameante
escrita por el viento.
Es un reflejo suspendido en otro.
Tránsitos: parpadeos del instante.
El mundo pierde cuerpo,
es una aparición, es cuatro chopos,
cuatro moradas melodías.
Frágiles ramas trepan por los troncos.
Son un poco de luz y otro poco de viento.
Vaivén inmóvil. Con los ojos
las oigo murmurar palabras de aire.
El silencio se va con el arroyo,
regresa con el cielo.
Es real lo que veo:
cuatro chopos sin peso
plantados sobre un vértigo.
Una fijeza que se precipita
hacia abajo, hacia arriba,
hacia el agua del cielo del remanso
en un esbelto afán sin desenlace
mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro.
Latir de claridades últimas:
quince minutos sitiados
que ve Claudio Monet desde una barca.
En el agua se abisma el cielo,
en sí misma se anega el agua,
el chopo es un disparo cárdeno:
este mundo no es sólido.
Entre ser y no ser la yerba titubea,
los elementos se aligeran,
los contornos se esfuman,
visos, reflejos, reverberaciones,
centellear de formas y presencias,
niebla de imágenes, eclipses,
esto que veo somos: espejeos.
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Octavio Paz
COMISIÓN DE SERVICIOS ( Jaime Siles)
En la orilla del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay.
La arena de los mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Henri Fantin-Latour hizo su Breda
de Rimbaud, de Verlaine. De Baudelaire
era el foulard sonoro de la seda
que bordaba en el aire aquel vaivén.
De todo aquel momento solo queda
Son un mástil, las velas, la carena,
los veloces tacones de sus pies.
Los veloces tacones de sus pies
son las medias que suben, las caderas,
el collar en el cuello, las hombreras
con el bolso en el brazo como bies.
En un escaparate reverbera
una figura que es y que no es
He de tomar un autobús. Y un tren.
Y un avión. Y un barco, por el Sena,
Soy el avión y el barco y soy el tren.
Soy esta sensación que me encadena
con la cabeza llena, llena, llena
de imágenes y ritmos en vaivén.
Para que entiendas todo tú también
te escribo esta postal. Tú no la leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te creas
que esta postal lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven!, ¡ven!
Cenaré en la Embajada con las damas
y no en Maxim's. Te compraré Chanel.
No traigas camisones ni pijamas:
te cubriré de tinta y de papel.
Tengo en la mesa cinco telegramas,
dos despachos urgentes y, en la piel,
resueltos todos los crucigramas
del diluvio a la Torre de Babel.
Si me llamas, hazlo por la mañana
de seis a siete, no de nueve a diez.
Estoy aquí al pie de la ventana
esperando el télex color grana
cifrado sobre el tacto de tu tez.
No me digas la clave: sé que emana
de la combinación del diorama
de música, de labios y de cama
con la carne inventada cada vez.
Como las letras, si, del anagrama
del saturnio que somos, ama, ama
estos signos que sobre las semanas
de tu cuerpo militan como grama
de mi vegetación sobre el cuartel
de la memoria, que tendrá sus canas
-tu cintura, tu zinc, tu cronograma-
en las olas de todas las mañanas
de la espuma que fui sobre tu piel.
Escrito por los días en las granas
pestañas y pistilos y ventanas
de la vidriera virgen del papel,
el oro de tu cuerpo se derrama
en tacto, en tinta, en texto, en tez, en trama
sobre la lengua líquida que llama
con un rumor de ríos y de rama
la basa, el plinto, el fuste, el capitel
del gótico jinete que reclama
la enseña y la divisa de su dama,
los colores, la cinta, la retama
para el torneo y justo redondel,
combinación de música y de cama
con ese delicado diorama
que, bajo las enseñas de la grama,
gleichzeitig langsam und gleichzeitig schnell,
ejecuta en nosotros -pentagramas,
hiperbólicas sumas, cronoramas-
el vidriado Bolero de Ravel.
El ministro firmó. Una llamada
dice que el protocolo es de chaqué.
Toma el avión y tráeme, planchada,
la camisa de seda y, RESERVADA,
manda por la valija, bien lacrada,
la chequera, la Visa y tu corsé.
Acaba de llegar un telegrama
que dice que decreta una semana
el gobierno de fiesta. ¡Ven!, ¡ven, ¡ven!
El Oro de sus cuerpos es un falso
engendro tahitiano de Gauguin.
El Oro de tu cuerpo -also, also!-
el oro de tu cuerpo y tu vaivén,
tu ritmo de amazona y tu melena
abierta por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil, las velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
Con los ojos llenos de gasolina
y del vapor del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quaid'Orsay.
Navegaré al compás de la bolina,
grímpolas en los estayes izaré.
Por tu carne -como una golosina,
un circuito de nata, un canapé-
navegará mi lengua submarina
las escotas, las jarcias, el bauprés
en el cock-tail de la carta marina
-entremeses, ahumados y terrina,
Gänsleber, caviar, Cháteau Sauternes
y, de postre, tarta de mandarina,
Peras Duquesa con hojaldre y miel
polvorones de almendra y espumosa
Viuda servida en copa. Minué
para ti, mandarina de la China.
Para ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado tu mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que le pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
En esta sala sola, sin salida,
donde la craquelada simetría
que veo dibujada en el pincel
del oro de tu cuerpo y no en la guía
del museo, ni en la idolatría
de los lejanos mares ni en Gauguin,
me hacen saber que la soberanía
del territorio está en la monarquía
de la carne del cuerpo de la vida
y no en el bronce pensante de Rodin.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que en un ritmo de imágenes desvía
la cortina y la saca del riel.
Ese grisú de gas de cada día
es el que quiero hoy para el pincel:
no la nata montada ni la fría
ordenación de la caballería
en un desfile militar. Plein air!
La dotación de mi artillería
no dispara sus salvas, sino envía
la munición contra la batería
del tiempo atrincherado en el cuartel
de la memoria y del mediodía
que soy en este instante de mi vida
ante este cuadro. Junto al Quai D'Orsay
quiero que sepas que no sé si sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce. ¿Quién, cuál, qué
quedará en la orilla junto al Sena:
si tú, si yo, si el barco o la sirena.
Pero esto -sólo esto- sí lo sé:
tu ritmo de amazona, tu melena
abierta por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
La arena de tus mares son los pies
que sostienen el ritmo del poema
con el mismo fulgor de diadema
que las manos sostuvieron el pincel.
¿Qué importa que Gauguin ya no lo vea,
si la imagen es centro de la idea
y, en la idea, respira aquel vaivén?
El oro de sus cuerpos en la acera
es la inmovilidad de la tijera
que nos corta y recorta en el andén.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del Sena,
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
Ya ves que todo es una cadena
de símbolos, y suena, suena, suena
el codaste, la cofa, la carena
de la turgente urgencia de tu piel.
En este mediodía junto al Sena
la tijera que corta la cadena
me ha dejado escrita en el papel
toda la carta que es este poema
y, en el aire, abierta la melena,
tu nombre resumido en una E.
Tu nombre como una diadema
que destella en la ele de tu Ela
mientras no sé si viene o vuelve o vuela
este tan kilométrico poema
pintado por un mástil sin su vela
en el agua del Sena en Quai D'Orsay.
Hazme caso: no quiero que lo leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te creas
que este poema lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven, ¡ven!
Arroja al fuego esta postal-poema.
Yo sé que mis jazmines en tu gema
son el mejor salón que tiene el tren.
El tren es lo que corta la tijera.
Y el oro de tu cuerpo en la acera,
la única razón para mi espera
sobre el gres, gris de nieve, del andén.
Por eso, mientras vienes, mientras llegas,
construyo este edificio, esta quimera
de palabras que trazan la frontera
en el tiempo que soy sobre el papel
con la tinta de tantas noches ciegas
de leer en tu cuerpo la primera
sombra de luz y página de cera
del día que, en su día, vio Gauguin.
Sobre la margen gélida del Sena,
tahitiana miniada, niña buena,
bailaremos sin fin un minué
antes de que la muerte -la tijera
que recorta las sombras en la acera-
nos deje sin la la vida y sin vaivén.
Antes de que te hagan prisionera
los faros y la niebla y la fea
escala en el viaje a la vejez;
antes de que seamos anagrama
del telegrama que fuimos una vez;
antes de todo eso, ama, ama,
mandarina, duquesa, tú, mi dama,
este vagón que somos y este tren
que correrá por las mañanas granas,
por los años, los días, las semanas
y dejará, en las estaciones canas,
grises gotas de grasa en el andén.
Grises gotas de grasa dicen: «Ven, ven
por los años, los días, las semanas,
Por el coral pezón de las mañanas
y el traqueteo zíngaro del tren».
Tiene la luz vegetación de alas,
cromatismo de olas, hilos, balas
disparadas al aire. ¿Contra quién
nos herirán los aros de las horas,
los relojes de arena, las auroras
y el sonido del zinc en esta sien?
En esta sien donde una caracola
la sucesión del mar tiene, y de ola
que bate en nieve púrpura tu piel.
Tu piel y tu clavel y tu corola
que pinto sobre el lienzo solo, sola
mientras en la memoria la moviola
del Danubio como una pianola
de címbricos corales en vaivén
me deja en las esloras de las horas
las espuelas y espinas, amapolas
del oro de tu cuerpo y de tu piel
en una floración del rompeolas
de las bombas, fusiles y pistolas
que el tiempo pone dentro de mi sien.
Contra esos misiles de las horas,
contra esos proyectiles, el proel
que he sido por el mar de las auroras
de la página, la tinta y el papel,
dispara hoy las cargas niqueladas,
los torpedos, obuses y granadas
que defienden tu carne cincelada,
el oro de tu cuerpo y la nevada
acuarela de líquenes pintada
que dejaron mis días sobre él.
El Oro de sus cuerpos de Gauguin
se resume en una pincelada:
es el pigmento, el punto, la mirada
que inmoviliza el tiempo en el pincel.
Como él, como tú y como cada
cuerpo que se termina y que resbala
por la página que somos, el papel
de la vida devuelve, bronceada,
la trayectoria roja de la bala
y el recorrido terso de la piel
en fuego graneado que dispara
sobre la posición de nuestra nada
la memoria -el único cuartel
que, dentro de la luz erosionada
por la ceniza del color, prepara
una ventana que no tiene dintel,
una coma conífera y un ala
donde la trayectoria de la bala
y el recorrido terso de la piel
se articulan en una sola sala
que la luz en instantes acristala
en un juego de espejos en vaivén,
donde la coma se convierte en ala,
el ala en bala, y la bala en
la munición que el tiempo nos dispara
en fuego graneado que no para
de recorrer el oro de la piel.
El oro de la piel no para; para
el pintor, y la mano, y el pincel,
pero no la pintura ni el verano
ni la música que es su carrusel.
Lo que detiene el tiempo de la mano,
lo que detiene el cuadro de Gauguin
es el aire que pasa por el vano
del instante que pasa por la piel.
La cordillera del amor humano
está sobre los límites del plano
que, en la aceleración de su aeroplano,
nos inventa la carne cada vez.
El altímetro que mide lo lejano
reduce al escorzo de este plano
la intensidad que fuimos una vez.
Veo cúpulas de todos los veranos,
brújulas, hemisferios, meridianos
escritos en el cuadro de Gauguin.
Y veo la distancia de mis manos
y siento la distancia del vaivén.
El que yo fui tiene color lejano,
ceniza encima, el cuerpo tatuado
por el color del oro de tu piel.
Lo que el tiempo me deja entre las manos
es el color de todos los veranos
en la Gare Saint-Lazare de Claude Monet.
En la Gare Saint-Lazare de Claude Monet
los colores resultan tan lejanos
como lo son también los meridianos,
los hemisferios y las mismas manos
en la distancia que divide al quien.
El quien es dividido por lejanos
colores de veranos y de planos
que vemos reunirse en el andén
un día del otoño cuando vamos
al museo del mundo y lo miramos
como un viajero desde el tren
mira los puntos que le son lejanos
e imagina los montes y los llanos
y entra en un túnel y sale a un terraplén.
Así también nosotros nos quedamos
con el olor de todos los veranos
disueltos en el oro de la piel
y tomamos aviones, hidroplanos,
globos-sondas, cohetes y llegamos
no al corazón de zinc de los veranos
disueltos en el oro de la piel,
sino al falaz y turbio mecanismo
que devuelve las balas de uno mismo
repetidas en salvas de papel,
en las que el frenesí de los seísmos
se queda convertido en solipsismo
de la emoción que abre los abismos
y nos deja a un lado del arcén.
Por eso digo que nosotros mismos
somos reflejos de los espejismos
como el poema lo es de este papel
de este papel que me condena al istmo
de la península de un silogismo
de imágenes y ritmos en vaivén.
La arena de sus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil las velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que, en un ritmo de imágenes, desvía
la cortina, y la saca del riel.
Ahora que soy aún mi todavía,
ahora que soy aún y que no sé
si el autobús me lleva a la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay;
ahora que soy aún el que te mira,
ahora que soy aún el que te ve,
ahora que todavía nos admira
El Oro de sus cuerpos de Gauguin;
ahora que aún ardemos en la pira,
ahora que aún el vértigo es un bien,
ahora que la carne aún delira,
imitemos al mundo en su vaivén.
Con el lujo de goces de la China,
con El Oro de sus cuerpos de Gauguin
he trazado una mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que me pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
Los dioses griegos y todos los latinos,
los de Acadia, Sumeria e Israel,
los hititas, egipcios y triestinos,
y el Atlántico, donde mojas tus pies,
darán su bendición a este poema
escrito en el estribo de la E
de tu nombre, tu piel y tu melena
por el aire que suena, suena, suena
con imágenes y ritmos en vaiven
sobre la sucesión de la cadena
de símbolos que pasan por el Sena
como cuchillas pasan por mi sien.
Como las quillas pasan por el quien,
así también el túnel nos espera
en la cartografía que encadena
gotas grises de grasa en el andén.
Gotas grises de grasa dicen «¡ven!, ¡ven!»
En carne o voz o página de cera
quiero llegar hasta la noche ciega
que -mientras viene o va o vuelve o llega-
nos salva del metal de la tijera
y nos lleva, en tu gema, por el tren.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del Sena
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
El oro de tu cuerpo es el tesoro
que bato cuando fundo, fijo, doro
el territorio todo de tu piel.
En la orilla del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsily.
La arena de tus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Contra el tiempo que hace este poema
contra el tiempo que hace que no es,
ante ti, mandarina de la China,
ante ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado el mapa turmalina
en la navegación a la bolina
que disuelve la luz y difumina
sobre el texto del tacto de tu piel
la visión que se me rebobina
en la sesión de cine vespertina
con el lápiz de labios más cruel.
Con los ojos llenos de gasolina
he leído el espacio: una Menina
de Velázquez. Y el tiempo -coronel
de la muerte- me dio, como propina,
el gimnosperma poema de tu piel.
Del poemario "Música de agua" 1983, Ed: Visor
Cuadros: "Régates a Argenteuil" de Claude Monet; "El Sahara" de Gustave Guillaumet; "Un Rincon de mesa" Henri Fantin-Latour; "El oro de sus cuerpos" de Gauguin
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay.
La arena de los mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Henri Fantin-Latour hizo su Breda
de Rimbaud, de Verlaine. De Baudelaire
era el foulard sonoro de la seda
que bordaba en el aire aquel vaivén.
De todo aquel momento solo queda
lo que pienso sentado en el andén
mientras el autobús me dice que sí queda
El Oro de sus cuerpos de Gauguin.
El oro de sus cuerpos en la acera
son balandros que flotan en mi sien.Son un mástil, las velas, la carena,
los veloces tacones de sus pies.
Los veloces tacones de sus pies
son las medias que suben, las caderas,
el collar en el cuello, las hombreras
con el bolso en el brazo como bies.
En un escaparate reverbera
una figura que es y que no es
o de carne o de lienzo o de cera
o la Gala del pintor de Cadaqués.He de tomar un autobús. Y un tren.
Y un avión. Y un barco, por el Sena,
deja en el agua escrita la carena
de las quillas que pasan por mi sien.Soy el avión y el barco y soy el tren.
Soy esta sensación que me encadena
con la cabeza llena, llena, llena
de imágenes y ritmos en vaivén.
Para que entiendas todo tú también
te escribo esta postal. Tú no la leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te creas
que esta postal lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven!, ¡ven!
Cenaré en la Embajada con las damas
y no en Maxim's. Te compraré Chanel.
No traigas camisones ni pijamas:
te cubriré de tinta y de papel.
Tengo en la mesa cinco telegramas,
dos despachos urgentes y, en la piel,
resueltos todos los crucigramas
del diluvio a la Torre de Babel.
Si me llamas, hazlo por la mañana
de seis a siete, no de nueve a diez.
Estoy aquí al pie de la ventana
esperando el télex color grana
cifrado sobre el tacto de tu tez.
No me digas la clave: sé que emana
de la combinación del diorama
de música, de labios y de cama
con la carne inventada cada vez.
Como las letras, si, del anagrama
del saturnio que somos, ama, ama
estos signos que sobre las semanas
de tu cuerpo militan como grama
de mi vegetación sobre el cuartel
de la memoria, que tendrá sus canas
-tu cintura, tu zinc, tu cronograma-
en las olas de todas las mañanas
de la espuma que fui sobre tu piel.
Escrito por los días en las granas
pestañas y pistilos y ventanas
de la vidriera virgen del papel,
el oro de tu cuerpo se derrama
en tacto, en tinta, en texto, en tez, en trama
sobre la lengua líquida que llama
con un rumor de ríos y de rama
la basa, el plinto, el fuste, el capitel
del gótico jinete que reclama
la enseña y la divisa de su dama,
los colores, la cinta, la retama
para el torneo y justo redondel,
combinación de música y de cama
con ese delicado diorama
que, bajo las enseñas de la grama,
gleichzeitig langsam und gleichzeitig schnell,
ejecuta en nosotros -pentagramas,
hiperbólicas sumas, cronoramas-
el vidriado Bolero de Ravel.
El ministro firmó. Una llamada
dice que el protocolo es de chaqué.
Toma el avión y tráeme, planchada,
la camisa de seda y, RESERVADA,
manda por la valija, bien lacrada,
la chequera, la Visa y tu corsé.
Acaba de llegar un telegrama
que dice que decreta una semana
el gobierno de fiesta. ¡Ven!, ¡ven, ¡ven!
El Oro de sus cuerpos es un falso
engendro tahitiano de Gauguin.
El Oro de tu cuerpo -also, also!-
el oro de tu cuerpo y tu vaivén,
tu ritmo de amazona y tu melena
abierta por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil, las velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
Con los ojos llenos de gasolina
y del vapor del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quaid'Orsay.
Navegaré al compás de la bolina,
grímpolas en los estayes izaré.
Por tu carne -como una golosina,
un circuito de nata, un canapé-
navegará mi lengua submarina
las escotas, las jarcias, el bauprés
en el cock-tail de la carta marina
-entremeses, ahumados y terrina,
Gänsleber, caviar, Cháteau Sauternes
y, de postre, tarta de mandarina,
Peras Duquesa con hojaldre y miel
polvorones de almendra y espumosa
Viuda servida en copa. Minué
para ti, mandarina de la China.
Para ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado tu mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que le pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
En esta sala sola, sin salida,
donde la craquelada simetría
que veo dibujada en el pincel
del oro de tu cuerpo y no en la guía
del museo, ni en la idolatría
de los lejanos mares ni en Gauguin,
me hacen saber que la soberanía
del territorio está en la monarquía
de la carne del cuerpo de la vida
y no en el bronce pensante de Rodin.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que en un ritmo de imágenes desvía
la cortina y la saca del riel.
Ese grisú de gas de cada día
es el que quiero hoy para el pincel:
no la nata montada ni la fría
ordenación de la caballería
en un desfile militar. Plein air!
La dotación de mi artillería
no dispara sus salvas, sino envía
la munición contra la batería
del tiempo atrincherado en el cuartel
de la memoria y del mediodía
que soy en este instante de mi vida
ante este cuadro. Junto al Quai D'Orsay
quiero que sepas que no sé si sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce. ¿Quién, cuál, qué
quedará en la orilla junto al Sena:
si tú, si yo, si el barco o la sirena.
Pero esto -sólo esto- sí lo sé:
tu ritmo de amazona, tu melena
abierta por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
La arena de tus mares son los pies
que sostienen el ritmo del poema
con el mismo fulgor de diadema
que las manos sostuvieron el pincel.
¿Qué importa que Gauguin ya no lo vea,
si la imagen es centro de la idea
y, en la idea, respira aquel vaivén?
El oro de sus cuerpos en la acera
es la inmovilidad de la tijera
que nos corta y recorta en el andén.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del Sena,
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
Ya ves que todo es una cadena
de símbolos, y suena, suena, suena
el codaste, la cofa, la carena
de la turgente urgencia de tu piel.
En este mediodía junto al Sena
la tijera que corta la cadena
me ha dejado escrita en el papel
toda la carta que es este poema
y, en el aire, abierta la melena,
tu nombre resumido en una E.
Tu nombre como una diadema
que destella en la ele de tu Ela
mientras no sé si viene o vuelve o vuela
este tan kilométrico poema
pintado por un mástil sin su vela
en el agua del Sena en Quai D'Orsay.
Hazme caso: no quiero que lo leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te creas
que este poema lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven, ¡ven!
Arroja al fuego esta postal-poema.
Yo sé que mis jazmines en tu gema
son el mejor salón que tiene el tren.
El tren es lo que corta la tijera.
Y el oro de tu cuerpo en la acera,
la única razón para mi espera
sobre el gres, gris de nieve, del andén.
Por eso, mientras vienes, mientras llegas,
construyo este edificio, esta quimera
de palabras que trazan la frontera
en el tiempo que soy sobre el papel
con la tinta de tantas noches ciegas
de leer en tu cuerpo la primera
sombra de luz y página de cera
del día que, en su día, vio Gauguin.
Sobre la margen gélida del Sena,
tahitiana miniada, niña buena,
bailaremos sin fin un minué
antes de que la muerte -la tijera
que recorta las sombras en la acera-
nos deje sin la la vida y sin vaivén.
Antes de que te hagan prisionera
los faros y la niebla y la fea
escala en el viaje a la vejez;
antes de que seamos anagrama
del telegrama que fuimos una vez;
antes de todo eso, ama, ama,
mandarina, duquesa, tú, mi dama,
este vagón que somos y este tren
que correrá por las mañanas granas,
por los años, los días, las semanas
y dejará, en las estaciones canas,
grises gotas de grasa en el andén.
Grises gotas de grasa dicen: «Ven, ven
por los años, los días, las semanas,
Por el coral pezón de las mañanas
y el traqueteo zíngaro del tren».
Tiene la luz vegetación de alas,
cromatismo de olas, hilos, balas
disparadas al aire. ¿Contra quién
nos herirán los aros de las horas,
los relojes de arena, las auroras
y el sonido del zinc en esta sien?
En esta sien donde una caracola
la sucesión del mar tiene, y de ola
que bate en nieve púrpura tu piel.
Tu piel y tu clavel y tu corola
que pinto sobre el lienzo solo, sola
mientras en la memoria la moviola
del Danubio como una pianola
de címbricos corales en vaivén
me deja en las esloras de las horas
las espuelas y espinas, amapolas
del oro de tu cuerpo y de tu piel
en una floración del rompeolas
de las bombas, fusiles y pistolas
que el tiempo pone dentro de mi sien.
Contra esos misiles de las horas,
contra esos proyectiles, el proel
que he sido por el mar de las auroras
de la página, la tinta y el papel,
dispara hoy las cargas niqueladas,
los torpedos, obuses y granadas
que defienden tu carne cincelada,
el oro de tu cuerpo y la nevada
acuarela de líquenes pintada
que dejaron mis días sobre él.
El Oro de sus cuerpos de Gauguin
se resume en una pincelada:
es el pigmento, el punto, la mirada
que inmoviliza el tiempo en el pincel.
Como él, como tú y como cada
cuerpo que se termina y que resbala
por la página que somos, el papel
de la vida devuelve, bronceada,
la trayectoria roja de la bala
y el recorrido terso de la piel
en fuego graneado que dispara
sobre la posición de nuestra nada
la memoria -el único cuartel
que, dentro de la luz erosionada
por la ceniza del color, prepara
una ventana que no tiene dintel,
una coma conífera y un ala
donde la trayectoria de la bala
y el recorrido terso de la piel
se articulan en una sola sala
que la luz en instantes acristala
en un juego de espejos en vaivén,
donde la coma se convierte en ala,
el ala en bala, y la bala en
la munición que el tiempo nos dispara
en fuego graneado que no para
de recorrer el oro de la piel.
El oro de la piel no para; para
el pintor, y la mano, y el pincel,
pero no la pintura ni el verano
ni la música que es su carrusel.
Lo que detiene el tiempo de la mano,
lo que detiene el cuadro de Gauguin
es el aire que pasa por el vano
del instante que pasa por la piel.
La cordillera del amor humano
está sobre los límites del plano
que, en la aceleración de su aeroplano,
nos inventa la carne cada vez.
El altímetro que mide lo lejano
reduce al escorzo de este plano
la intensidad que fuimos una vez.
Veo cúpulas de todos los veranos,
brújulas, hemisferios, meridianos
escritos en el cuadro de Gauguin.
Y veo la distancia de mis manos
y siento la distancia del vaivén.
El que yo fui tiene color lejano,
ceniza encima, el cuerpo tatuado
por el color del oro de tu piel.
Lo que el tiempo me deja entre las manos
es el color de todos los veranos
en la Gare Saint-Lazare de Claude Monet.
En la Gare Saint-Lazare de Claude Monet
los colores resultan tan lejanos
como lo son también los meridianos,
los hemisferios y las mismas manos
en la distancia que divide al quien.
El quien es dividido por lejanos
colores de veranos y de planos
que vemos reunirse en el andén
un día del otoño cuando vamos
al museo del mundo y lo miramos
como un viajero desde el tren
mira los puntos que le son lejanos
e imagina los montes y los llanos
y entra en un túnel y sale a un terraplén.
Así también nosotros nos quedamos
con el olor de todos los veranos
disueltos en el oro de la piel
y tomamos aviones, hidroplanos,
globos-sondas, cohetes y llegamos
no al corazón de zinc de los veranos
disueltos en el oro de la piel,
sino al falaz y turbio mecanismo
que devuelve las balas de uno mismo
repetidas en salvas de papel,
en las que el frenesí de los seísmos
se queda convertido en solipsismo
de la emoción que abre los abismos
y nos deja a un lado del arcén.
Por eso digo que nosotros mismos
somos reflejos de los espejismos
como el poema lo es de este papel
de este papel que me condena al istmo
de la península de un silogismo
de imágenes y ritmos en vaivén.
La arena de sus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil las velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que, en un ritmo de imágenes, desvía
la cortina, y la saca del riel.
Ahora que soy aún mi todavía,
ahora que soy aún y que no sé
si el autobús me lleva a la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay;
ahora que soy aún el que te mira,
ahora que soy aún el que te ve,
ahora que todavía nos admira
El Oro de sus cuerpos de Gauguin;
ahora que aún ardemos en la pira,
ahora que aún el vértigo es un bien,
ahora que la carne aún delira,
imitemos al mundo en su vaivén.
Con el lujo de goces de la China,
con El Oro de sus cuerpos de Gauguin
he trazado una mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que me pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
Los dioses griegos y todos los latinos,
los de Acadia, Sumeria e Israel,
los hititas, egipcios y triestinos,
y el Atlántico, donde mojas tus pies,
darán su bendición a este poema
escrito en el estribo de la E
de tu nombre, tu piel y tu melena
por el aire que suena, suena, suena
con imágenes y ritmos en vaiven
sobre la sucesión de la cadena
de símbolos que pasan por el Sena
como cuchillas pasan por mi sien.
Como las quillas pasan por el quien,
así también el túnel nos espera
en la cartografía que encadena
gotas grises de grasa en el andén.
Gotas grises de grasa dicen «¡ven!, ¡ven!»
En carne o voz o página de cera
quiero llegar hasta la noche ciega
que -mientras viene o va o vuelve o llega-
nos salva del metal de la tijera
y nos lleva, en tu gema, por el tren.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del Sena
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
El oro de tu cuerpo es el tesoro
que bato cuando fundo, fijo, doro
el territorio todo de tu piel.
En la orilla del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsily.
La arena de tus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Contra el tiempo que hace este poema
contra el tiempo que hace que no es,
ante ti, mandarina de la China,
ante ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado el mapa turmalina
en la navegación a la bolina
que disuelve la luz y difumina
sobre el texto del tacto de tu piel
la visión que se me rebobina
en la sesión de cine vespertina
con el lápiz de labios más cruel.
Con los ojos llenos de gasolina
he leído el espacio: una Menina
de Velázquez. Y el tiempo -coronel
de la muerte- me dio, como propina,
el gimnosperma poema de tu piel.
Del poemario "Música de agua" 1983, Ed: Visor
Cuadros: "Régates a Argenteuil" de Claude Monet; "El Sahara" de Gustave Guillaumet; "Un Rincon de mesa" Henri Fantin-Latour; "El oro de sus cuerpos" de Gauguin
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LA CASA DE LOS ADUANEROS (Eugenio Montale)
Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre el barranco profundo de la escollera:
en que entró allí el enjambre de mis pensamientos
y se detuvo inquieto.
El sudeste azota hace años los viejos muros
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira enloquecida a la aventura
y el cálculo de los dados ya no vuelve.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.
Aún tengo un extremo; pero se aleja
la casa y sobre el techo la veleta
tiznada gira sin piedad.
Tengo un extremo; pero tú estás sola,
no respiras aquí en la oscuridad.
¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende
rara la luz del petrolero!¿Está aquí el paso? (la marejada insiste
aún sobre el barranco que se derrumba...)
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y no sé quién se va y quién se queda.
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